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Keanu Reeves: el hombre que
aprendió que las tragedias se atraviesan, pero nunca se
superan

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Phoenix lo conoció en 1989 mientras filmaban la comedia de humor
negro Te amaré hasta que te mate. En los momentos

libres conversaban, se sintieron identificados con sus infancias
difíciles, de mudanzas sistemáticas, y eso hizo que surgiera una
empatía que los unió fuertemente. “Hasta ese momento,
prácticamente no tenía amigos en la industria porque no había
conocido a nadie con quien quisiera pasar el rato en privado. Es
más fácil para mí separar mi vida privada de mi vida laboral”,
había manifestado en su momento Reeves. Este pensamiento lo
mantiene hasta el día de hoy.

Al tiempo de la partida de River volvió a trabajar, embarcándose
en proyectos que mantenían su cabeza ocupada. En en 1998 conoció
a la actriz Jennifer Syme. Fue amor a primera vista, y eso se
vio reflejado en los pasos que tomaron juntos. La convivencia no
tardó en llegar, ni tampoco las ganas de formar una familia. Y
entonces, de nuevo la oscuridad.
En la Navidad de 1999 Jennifer, que transitaba un embarazo de
ocho meses, sintió un fuerte dolor abdominal que le impedía
mantenerse en pie. Keanu la llevó de urgencia a un hospital,
donde nació su beba, a la que llamaron Ava Archer. La pequeña
apenas alcanzaría a vivir un par de horas y murió. Syme y Reeves
no solo no pudieron asimilar el golpe: tampoco pudieron
afrontarlo juntos. Al tiempo se separaron, pero siguieron
frecuentándose, ya como amigos.
El 1 de abril de 2001 la actriz tuvo un accidente volviendo de
una fiesta en la casa de Marilyn Manson. Su camioneta chocó
contra tres autos, y murió en el acto. Tenía 28 años. Keanu
estuvo presente en el velatorio y se encargó de portar el cajón
en el cementerio, donde el cuerpo de Jennifer descansa junto al
de su beba.

En los 90, la década de gloria de Reeves en lo profesional,
también acompañó a su hermana cuando Kim fue diagnosticada con
leucemia en 1991. Batalló contra la enfermedad hasta el 2000,
cuando finalmente pudo superarla.
“El duelo cambia de forma, pero nunca acaba. Lo único que puedes
hacer es esperar que el duelo se transforme, y en lugar de
sentir dolor y confusión, exista consuelo y placer allí, no solo
pérdida. La gente tiene la idea errónea de que puedes lidiar con
esto, pero se equivocan. Cuando las personas que amas no están,
estás solo”, dijo alguna vez Keanu Reeves respecto a tanto dolor
vivido.
Se trata de aquel hombre que, siendo muy joven y en la ficción,
entendió que en medio del temporal debía dejar ir a las personas
amadas. Aun comprendiendo cuál era el fatídico destino. Sabiendo
que ya nunca recuperaría la sonrisa. Y comprobando que el único
sendero posible lo conduciría por la arena espesa, en soledad.
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Es
una de las grades estrellas del cine de acción. Pero detrás se
encuentra una vida de resiliencia
Esta nota se inicia con un final. O más bien con su spoiler,
correspondiente a la última escena de una magnífica película:
Punto límite (Point Break).
Allí, el agente Johnny Utah -interpretado por un Keanu Reeves
que lograría su consagración- consigue esposar a Bodhi -un
Patrick Swayze en su madurez actoral- luego de una feroz pelea a
puño limpio. Están en la playa, en medio de un temporal, frente
a un mal bravío con olas colosales. Es un hecho: ese maleante
irá a la cárcel, capturado por aquel policía. Pero claro: ante
todo, Bodhi es amigo de Utah.
Entonces, le pide que lo deje ir. Le promete que se entregará
luego de surfear la ola perfecta, el momento que esperó toda su
vida. Johnny se sumerge en sus contradicciones, cavilando entre
el deber y el querer, entre el destino inevitable y aquel que
puede construir. Y lo mira. Se miran. Utah le quita las esposas.
Bodhi toma su tabla y se pierde entre las olas interminables.
Escuchando los reproches de los otros policías que llegan al
lugar (”¡Lo dejaste escapar! Lo arrestaremos cuando regrese”),
mientras camina en soledad por la arena espesa, Utah suelta una
advertencia que es a la vez un lamento: “Él no regresará”.
Cuando el filme -un verdadero éxito de taquilla y un clásico de
su época- se estrenó, a principios de los 90, la palabra soltar
no se aplicaba casi como un mantra para definir a lo único que
se puede hacer al enfrentar al dolor más profundo de un pérdida
valiosa. O la partida de un ser amado. Y si algo le faltaba a
esa escena para terminar siendo una alegoría de lo que sería la
vida personal del propio Reeves, es la frase que Johnny le dice
-en castellano- a Bodhi, tras liberarlo de las esposas: “Vaya
con Dios...”.
Porque tristemente el tiempo le daría la razón, tanto a Utah
como a Keanu.

Nace una estrella
Keanu -“brisa fresca sobre las montañas” en hawaiano- se asomó
al mundo el 2 de septiembre de 1964 en el Líbano. Su padre,
Samuel Nowlin Reeves, era un geólogo oriundo de Hawai, y su
madre, Patricia Taylor, era una británica que se desempeñaba
como diseñadora de vestuario y corista en un casino de Beirut.
Su infancia no fue nada sencilla y tal vez por esto es que se
refugió en el arte, en la actuación. Comenzó su carrera con tan
solo nueve años haciendo teatro, siendo parte del elenco de la
pieza Damn Yankees. A los 15 cumplió un sueño al protagonizar
Romeo y Julieta.
Hablar de sus primeros años es recordar el desamor por parte de
su padre. Nunca estuvo muy presente y la relación no era la
ideal. Cuando Keanu tenía tres años, el hombre decidió
abandonarlos. Hasta ese entonces iba y venía, pasaba varios días
lejos del hogar sin que nadie supiera de él. Y cuando estaba, no
hacía más que maltratarlos, física y verbalmente.
Sin
dar mayores explicaciones, un día Reeves
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junto sus cosas y se marchó, dejando a toda su familia a la deriva. En
ese entonces la madre de Keanu se tuvo que hacer cargo de todo, aún con
el poco tiempo disponible por la cantidad de horas que le dedicaba al
trabajo, para que a Keanu y su hermana Kim no les faltara nada.

Con el actor ya incursionando en la actuación, a los 17 años decidió dejar el
colegio para dedicarse de lleno a su pasión. La familia ya se había mudado a los
Estados Unidos. Su mamá se puso en pareja con un norteamericano que los ayudó en
sus inicios. Así fue cómo ese adolescente que soñaba con ser una estrella viajó
a Los Ángeles para probar su suerte. Como el dinero que ingresaba no era mucho,
también realizó publicidades para cubrir sus gastos.
El éxito no tardaría en llegar. Para hablar de sus trabajos no hace falta ser un
fanático y de ese modo recordar, además de Punto límite, Máxima velocidad, El
abogado del diablo, La casa del lago y Constantine, entre otros tantos títulos.
Y sobre todos ellos, la saga de Matrix.
Retomando su vida dramática, a los 13 años vio por última vez a su papá.
Mantuvieron una charla profunda y durante una década no supo más de él.
Reapareció en los 90, cuando fue el hombre quien volvió a buscarlo, pero desde
otro plano. Keanu ya era famoso cuando Samuel Nowlin cayó preso por
comercializar cocaína y ser parte de una banda de narcotraficantes. Y recurrió a
su hijo, ya una figura reconocida del cine, para que lo ayudara.
La adolescencia tampoco le resultó sencilla, ya que la inestabilidad laboral de
su mamá los obligaba a mudarse continuamente de una ciudad a otra. Incluso, de
un país a otro. Algunos hasta creen que Reeves es australiano, ya que vivió
mucho tiempo en Sídney. Esta dinámica nómade le trajo inconvenientes en la
escuela: no alcanzaba a afianzarse, a hacerse de amigos, cuando una vez más le
tocaba armar las valijas.
Esta circunstancia no fue nada comparado con la pérdida de seres amados. El
dolor ha sido tan grande que Keanu ha contado en varias ocasiones que ya no
necesita de la felicidad para poder vivir. Aprendió a prescindir de la dicha
para continuar adelante.
Las tragedias
La muerte se le
presentó en más de una oportunidad a Reeves. Y lo hizo desde muy temprano. El
primer dolor fue en 1993, cuando murió el actor River Phoenix, su gran amigo, el
hermano del alma. Keanu ha contado que no forma muchas amistades porque le da
una gran importancia a esa palabra, y cuando alguien llega a ocupar ese rol en
su vida es porque realmente lo siente.
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