Bogotá, Colombia -Edición: 375

 Fecha: Miércoles 31-08-2022

 

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\\ Opinión //

 

 

 

EDITORIAL

 

    

Cese al negocio detrás de la muerte
 


Cómo dice el dicho ni siquiera estando ‘muertos’ nos liberamos de los negocios de la muerte. En Colombia desde hace mucho tiempo existe una mafia con las funerarias que hacen negocio con la muerte y se aprovechan de las circunstancias de las personas para hacer negocio.


A lo largo de nuestra vida hemos escuchado una serie de mitos y leyendas acerca que los ataúdes que pagamos son reutilizados para su posterior venta.

 

Existen otros mitos que indican que después de enterrados, los ataúdes son sacados para ser utilizados, en fin, existen muchos mitos siniestros que se han referido acerca de la muerte y el negocio que existe detrás de la misma.


Para no ir muy lejos, existen muchas quejas de familias pereiranas que se han quejado por presuntas irregularidades en exhumaciones.

 

Algunos familiares que se encuentran afiliados a la funeraria La Ofrenda han indicado que asesores de esta entidad les han solicitado tener lista una suma mayor de $500.000 en caso que en la exhumación de su familiar fallecido el cadáver salga entero.


En redes sociales, estas familias han manifestado su inconformismo porque algunas denuncias indican al momento de realizar las exhumaciones se ha observado que los cadáveres salen enteros y a un costado de la tumba se ha visto en muchas ocasiones un líquido verde y fresco, situación que lleva a pensar en la evidente probabilidad que este líquido sea vaciado con anterioridad para obligar a los familiares a pagar esa suma de dinero porque el cadáver sale entero.

A este tipo de denuncias se suman otras recientes en la ciudad de Pereira. Por ejemplo, muchas familias en su mayoría humildes y de bajos recursos que usan este cementerio para darle cristiana sepultura a sus familiares se quejan ante una situación que más bien ha pasado desapercibida y que tiene que ver por ejemplo con el cobro de $35.000 por el derecho a la instalación de la lápida a los difuntos.


Cabe recordar que la justificación de este cobro fue una idea de un sacerdote católico de la iglesia Los Dolores ubicada en el mismo cementerio San Camilo por motivos de la pandemia, teniendo en cuenta que era riesgoso la instalación por el Covid-19.

 

La queja se dirige entonces al hecho que, pese a que todos los protocolos de cuidado de la pandemia ya terminaron, en el cementerio San Camilo siguen cobrando la instalación de las lápidas.


La realidad es que este cobro es a todas luces totalmente injustificado, la invitación que realizamos desde este medio de comunicación es para que algunas personas se animen a interponer una denuncia para ponerle fin a esta incómoda situación.

 

 

 

 

         

 

 

 

Mi país del tinto # 5

 

La calle del “tuvo” y mis sensaciones literarias…

 

Por: Rubén Darío Varela

   

En todas las ciudades de mi país del ‘tinto’ sin importar si hace frío o calor, abundan los tinteros a diestra y siniestra, abundan las grecas en panaderías y carros de termos plateados con tapas negras que invaden a diario las esquinas de nuestras urbes y por supuesto; mi ciudad, Pereira, la querendona, trasnochadora y morena no es la excepción.

Las calles céntricas de la capital risaraldense están invadidas por vendedores de tinto, panaderías y café que ofrecen variedad del mismo, sin embargo sentarse en una silla de uno de los negocios ubicados en la denominada Calle del “tuvo”, conocida así por los pereiranos y ubicada en el pasaje Santiago Londoño Londoño en definitiva se trata de un punto aparte.

Y es que sentarse en esta calle peatonal a tomarse un tinto literalmente significa transportar nuestra alma a la percepción de ciertas sensaciones literarias, quizás es como transportarse de inmediato a una calle europea, tal vez parisina adornada con adoquines de ladrillo naranja como evocando una mezcla entre tranquilidad y antigüedad; despertando así la impresión de sentirse en el exterior sin salir de Pereira.

No obstante, estas percepciones literarias no son la única razón que despierta el interés de este sitio exclusivo en la ciudad de Pereira, la historia de la calle del “tuvo”, es una fidedigna evidencia del legado cultural y la conservación de la MEMORIA que quedará en la retina de los anaqueles de nuestra historia.

Cómo no habría de ser así, si aún escuchamos las historias de las personas ya entradas en edad, quienes aseguran que ese nombre de la calle del “tuvo”, como es conocido este mágico lugar tiene sus inicios hace décadas, época en la que nuestros ancestros se solían reunir a tomar tinto y presumir de las propiedades que tenían.

Ahora bien, recuerdo que una vez tomando tinto en la calle del “tuvo”, escuche hablar a don José, un amigo de mi papá y comisionista, quien entre risas al son que bebía café de manera hasta grotesca manifestó que el origen del nombre de la calle del “tuvo”, hacía referencia a una especie de burla entre viejos amigos que habían tenido dinero, fincas, casas, negocios y que según él; ya estaban en la “inmunda” como se dice coloquialmente y que de ahí proviene la particular palabra “tuvo” del verbo tener en pasado.

Hoy en día ya comprendo que este tipo de sensaciones literarias que estoy seguro que no solo siento yo con la calle del “tuvo” con v y la historia detrás de este ameno lugar bien se puede considerar como una especie de patrimonio cultural de los pereiranos, un espacio especial, sin duda, salido de todo contexto y que contribuye a forjar la memoria de nuestra querida ciudad de Pereira.

La calle del “tuvo”, seguirá siendo famosa, testigo de encuentros ocasionales de negocios, de amoríos y des amoríos ,y claro, del impecable paso del tiempo y de la vida de Pereira, una ciudad intermedia colombiana del eje cafetero en el que el tinto es y seguirá siendo un protagonista en el trascurrir de nuestra existencia.

      

 

 

 

¿QUÉ ESTÁ LEYENDO GARDEAZÁBAL?

 

Reseña de

EL FISCAL ROSADO,

de John Saldarriaga

editado por la UPB

 


Por: Gustavo Alvarez Gardeazábal

      

Audio https://www.spreaker.com/episode/51047551

El cronista envigadeño John Saldarriaga, que escribe además una columna de crítica semanal en el diario ADN, ha reaparecido con su personaje el Fiscal Rosado y engrosado la ya larga serie de novelas menudas policíacas que ha venido publicando con éxito relativo.

 

Saldarriaga, con el médico Emilio Restrepo y con el periodista Memo Ángel, han tratado de instaurar desde Medellín, y con el patrocinio editorial de Universidad Pontificia Bolivariana, el género de novela negra o, mejor, de novela policíaca .

 

Exótico para Colombia, donde las novelas por entregas y con personajes que evolucionan no han sido ni costumbre ni de especial atención por los lectores. Pero ahí están y como todos tres escriben bien, se dejan leer. Saldarriaga con Rosado les lleva un poquitín de ventaja.

 

Sus temas tratan de abrir el paréntesis inmediato del episodio, como si fuera no de un caso inventado a lo Agatha o a lo Holmes, sino tomado de la realidad nacional de estos días. Los temas entonces abundan en un país donde tenemos tantas formas de matar y casi todos quedan impunes o en el misterio.

 

En esta oportunidad el Fiscal Rosado, que siempre masca gomitas dulces ,que es un solterón irredento, se toma unas vacaciones en Urabá y se alojan con un par de amigos en una casa de alquiler de las orillas del Golfo de Urabá, donde en la habitación que los alberga guardan una herrumbosa caja fuerte.

 

 La curiosidad del Fiscal por abrirla. De averiguar de quien es la caja y la casa que alquilan y sobre todo de verificar que hay dentro, los lleva a la sorpresa que se convierte en el tema central del libro.

 

Allí en esa caja fuerte están depositadas las falanges de los dedos de muchas de las víctimas de algún período de violencia de guerrillas o paracos en esa zona.

 

Averiguar entonces desde allá, y todo por internet, intriga al lector pero va forzando la verosimilitud del texto, que la requiere a gritos para poder empantanarse en la investigación y prolongar la novela pero, a su vez , para poder proyectarla a la vida real de manera inmediata y con la increíble velocidad averiguatoria que los fiscales ni los investigadores tienen en Colombia frente a los crímenes, lo que la hacer perder la veracidad que requiere un texto de estos, pero se gana a un lector ávido que acude a pasar las páginas para encontrar al maniático cortador de dedos y después a reunir como sacando de un bombín de mago, a todos los personajes que la trama exige y ponerlos de frente en el juzgado de ese pueblo urabeño. Forzada a lo irreal, pero interesante y pegajosa.
 


El Porce, agosto 27 del 2022

 

 

 

 

 

 

 

       

 

 

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