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EDITORIAL
Escasez de medicinas en Colombia
No
cabe duda alguna que durante las últimas semanas existe
preocupación entre los actores del sistema de salud por el
desabastecimiento de algunos medicamentos e insumos.
Las
autoridades sanitarias y los entes de control encendieron las
alarmas y coincidieron inicialmente en que podría tratarse de un
asunto multifuncional que se resolvería en pocas semanas. Sin
embargo, ante el agravamiento del fenómeno, hoy en día, se
piensa que puede tratarse de un problema más complejo y por eso
todos los colombianos debemos de permanecer vigilantes.
En
primer lugar, se debe advertir que no se trata de un problema
local y mucho menos nuevo. En Colombia, como en otros países, el
desabastecimiento de medicinas se produce por variaciones
importantes en la demanda, cuellos de botella en la adquisición
de materia prima y en el ciclo de producción, o por el cese
definitivo de la manufactura de determinados fármacos.
Teniendo en cuenta este escenario, es una realidad que en este
momento escasean principalmente en nuestro país medicamentos de
uso diario tales como electrolitos, anticonceptivos orales y,
sobre todo, analgésicos locales -acetaminofén y tramadol, entre
otros-, que representan el 42% de las ventas totales. Además,
también existe una poca oferta de vitaminas, cloruro de potasio,
carbonato de calcio, neostigmina y lidocaína.
No
cabe duda que esta crisis tiene indudable conexión con la
pandemia del Covid-19 que inicialmente incrementó la demanda
mundial de algunos medicamentos (anestésicos, relajantes
musculares y antibióticos). Luego se ahondó por las alteraciones
en el transporte y en las cadenas de suministro globales, lo que
produjo escasez de materias primas de países como India y China,
grandes productores de componentes y principios activos, en
especial para medicamentos genéricos.
En
síntesis, esta escasez de alimentos debe de superarse lo más
pronto posible para que muchas personas, especialmente los
pacientes críticos no sufran ante la ausencia de los mismos, es
por esta razón que se debe de actuar lo más pronto posible.
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Continúa la falta de conciencia
en las vías

Por:
Rubén Darío Varela
Sin lugar a dudas los puentes
festivos en Colombia, que por cierto son muy seguidos en
comparación a otros países, se convierte en todo un dolor de
cabeza para las autoridades de tránsito a causa de los numerosos
accidentes en las vías del país.
Y cómo no habría de ser así, si en vez de disminuir el número de
personas fallecidas por esta causa por el contrario continúa
creciendo y para la muestra un botón, en el último puente
festivo en Colombia, las autoridades registraron un total de 64
muertos en diferentes accidentes ocurridos en las diferentes
vías del territorio nacional.
No está por demás afirmar que la mayoría de estos accidentes en
la vía ocurren por la falta de precaución en la vía,
principalmente por la imprudencia de motociclistas que adelantan
carriles de forma acelerada y con frecuencia a los vehículos;
poniendo de esta manera en riesgo su vida.
Pese a que los motociclistas están involucrados en gran parte de
los accidentes que ocurren en las vías rápidas del país, no se
puede negar tampoco que el exceso de velocidad de algunos
conductores de carro, su imprudencia al pasarse de carril y
algunos irresponsables que conducen en estado de embriaguez
constituyen otras causas de accidentes que hace que se pierdan
vidas en las vías.
Aunque es cierto que buena parte de las vías colombianas han
mejorado su estado respecto a los años anteriores y que en la
actualidad existe a nivel general una buena señalización, los
trabajos de prevención vial poco o nada están arrojando buenos
resultados tras realizar el balance de los accidentados.
En definitiva, este trágico saldo de muertos por accidentes en
las calles colombianas representa el fidedigno retrato de una
sociedad inculta en la que la falta de educación se refleja en
la imprudencia vial. Y ni que decir de la gran problemática de
la que poco se habla en medios de comunicación como lo es la
falta de revisión tecno mecánica de algunos vehículos, llegando
a una cifra escandalosa que indica que casi el 50% de los
automóviles que circulan por Colombia carecen de una vigente
revisión técnica mecánica.
Sin embargo; eso no es la más triste, lo más preocupante de este
problema no deja de ser el hecho que no solo se trata de los
carros particulares, sino también de los buses de empresas de
transporte público reconocidos en el país y que no cumplen con
estos requisitos.
Porque si mal no recuerdo ya llevamos varios siniestros fatales
en regiones del país como Bogotá y la costa, territorios en los
que se han presentado ya trágicos accidentes que han cobrado la
vida incluso de niños estudiantes.
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Es hora entonces de tomar
conciencia y que los ciudadanos, especialmente conductores
entendamos de una vez por todas que la vida es lo más sagrado y
que se debe de tener responsabilidad vial a la hora de viajar.
Además, el llamado es también para las autoridades para que se
ejecute campañas mucho más exitosas de las que están llevando a
cabo actualmente.
LA NOVELA DE
DANIEL FERREIRA,
en qué está leyendo Gardeazábal

Por: Gustavo
Alvarez Gardeazábal
AUDIO:
https://www.spreaker.com/episode/51367724
No existe entre los escritores vivos en Colombia alguien que
haga mejores descripciones de personajes, situaciones y perfiles
psicológicos que Daniel Ferreira (Chucurí 1981).
Límpido en el lenguaje. Eficaz en la metáfora. Dúctil en las
comparaciones. Cargado de humor o de tragedia, Ferreira acaba de
darnos una demostración de su impresionante capacidad expresiva
en su última novela RECUERDOS DEL RÍO VOLADOR, editada por
Alfaguara.
Es una novela mamotrética a la que tal vez le pueden sobrar una
tercera parte de las 523 páginas, pero como está hecha con la
estructura del caleidoscopio y mira a los personajes como en una
permanente e inacabada fotografía y detalla las circunstancias,
los espacios y los caracteres con minuciosidad de laboratorista,
la novela termina deleitando pero agobiando al tiempo al lector
porque repite la misma foto, la misma escena, una y otra vez,
mirándola desde distintos puntos de vista y por cuenta de
distintos narradores.
Para él, los recuerdos no tienen orden, pero los exagera tanto
cambiándoles colores, posiciones o sentimientos que a veces uno
cree que algunos de los narradores, o todos, tienen alzheimer.
Pero repetida o no hasta el cansancio, su capacidad descriptiva
es inigualable, ya que su fotografía verbal tiene más píxeles
que las físicas que tomaba Alejandro, el personaje central que
buscan toda la novela y finalmente nunca lo encuentran.
Y como narra el río Magdalena teniendo como epicentro a un tal
Puerto Cacique que no es más que Barrancabermeja, las añoranzas
brotan a flor de lágrima gracias al personajón femenino de
Lucía, la maestra de la escuelita de la vereda al pie del basuro
del horror donde botan los cadáveres de la guerra eterna. Y como
cuenta la historia del petróleo, de los yacimientos, de los
extranjeros aislados y de los sindicatos y de la nacionalización
de La Gringa (tampoco la llama por su nombre de la Troco) y la
cuenta entre los días en que terminaron la Guerra de los Mil
Días, que narró tan estupendamente en su anterior novela EL AÑO
DEL SOL NEGRO, y el 9 de abril de 1948, paga con creces el
tributo que hemos consignado muchos escritores por esa fecha
histórica y por la trasteada fundamental que sufrió el país
desde entonces. Una novela para leer muy despacio aunque todos
aspiran terminarla algún día.
El Porce, septiembre 24 del 2022
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