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EDITORIAL
Elecciones en Brasil son toda una incertidumbre
Las elecciones del pasado domingo en Brasil han demostrado, una
vez más, que las encuestas no siempre aciertan. Al mismo tiempo,
los resultados
acabaron con el mito de que Inácio Lula da Silva, dos veces
presidente, era imbatible. La más prestigiosa firma de sondeos
de opinión, horas antes de las urnas, daba por seguro el triunfo
en primera vuelta del político socialista, otorgando apenas un
30% de los respaldos al presidente-candidato Jair Bolsonaro y un
50% al aspirante de izquierda.
Los resultados electorales demostraron que el más reciente
fenómeno político
de Brasil es, precisamente, Bolsonaro, quien se midió de tú a tú
con un candidato dueño del Partido de los Trabajadores, el más
fuerte de ese país por muchos años. Por el contrario, el
mandatario de derecha llegó al cargo en 2018 casi en solitario,
apoyado por una pequeña colectividad en la que casi nadie
creía.
Parte de la estrategia de campaña que desplegó Lula, condenado y
encarcelado por sus escandalosos negociados, pero quien resultó
libre por errores técnicos en el juicio, consistió en atacar al
gobernante sin compasión, tratando de presentarlo como un
monstruo sin sensibilidad social e ineficiente. Ese tipo de
demagogia tuvo fuerte impacto entre sus seguidores, más en el
curso de la contienda Bolsonaro se encargó de demostrar los
inmensos aportes de su gestión para sostener la economía en
medio de la crisis por la pandemia y su duro coletazo productivo
y social. La ciudadanía valoró, igualmente, el apoyo a los
sectores poblacionales más vulnerables en medio de la emergencia
sanitaria.
Al final, aunque le hicieron mella algunas críticas por el
manejo de la pandemia, se revalidó la eficiencia de las campañas
de vacunación y los millones de vidas que se salvaron. Todo
ello, mientras se preservó la producción agrícola e industrial,
salvaguardando millones de puestos de trabajo. Igualmente, el
ciudadano del común destacó la actitud gubernamental al defender
los intereses del país y facilitar que se mantuvieran las buenas
relaciones políticas con las grandes potencias sin importar su
sino político.
Todo ello explica por qué en las elecciones presidenciales el
mandatario de derecha apenas estuvo cinco puntos porcentuales
por debajo de Lula, en tanto que de 27 gobernaciones en juego
Bolsonaro ganó en once y la izquierda solo en cinco. En el
Senado, donde se disputaban 27 curules, la coalición del
gobernante ganó 16 de los escaños y su contrincante solo
conquistó ocho. Incluso, varios de los senadores electos
pertenecieron al gabinete del actual gobierno. En la Cámara, el
partido del presidente-candidato consiguió 23 diputados, para un
gran total de 99, lo que determina que sea el partido con la
mayor bancada parlamentaria.
Este resultado electoral contundente se debe, en gran parte, al
extenuante trabajo político del mandatario, quien recorrió el
extenso país de punta a punta, entrando en deliberación con
partidarios y contrincantes. Este contacto directo
fue clave en la campaña pese a que en la pasada contienda fue
atacado a mansalva y herido por un sicario. Todo ello explica
por qué el fenómeno político brasileño es el gobernante. Ganó en
Rio de Janeiro, San Paulo y Brasilia, así como en las zonas más
industrializadas. Lula, entre tanto, conservó su potencial en
las regiones más pobres, en particular en el nordeste del
país.
Tras los resultados del domingo, ahora los sectores políticos,
sociales, institucionales, gremiales y regionales confiarán más
en el pulso firme del actual presidente, que ha demostrado que
es capaz de defender los valores tradicionales, la religión
católica, la familia, la propiedad, el orden y el rol de las
fuerzas armadas. Al mismo tiempo, prometió avanzar en grandes
reformas para seguir sacando del estancamiento histórico las
regiones más atrasadas.
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El desempeño superlativo de Bolsonaro y el amplio sector
político que lo apoya, es claro que animará, de cara a la
segunda vuelta, a la ciudadanía, sin importar su condición
social. Resulta evidente que los brasileños respaldan su
política de mano firme contra el hampa y la corrupción, junto
con el sentir nacionalista de impulsar a la industria, la
agricultura, el comercio y la voluntad inquebrantable de seguir
creciendo como potencia.
El desperdicio de los bienes de la sociedad un crimen de lesa
humanidad

Por: Zahur
Klemath Zapata
zkz@zahurk.com
Los gobernantes persisten en la actitud de actuar como si ser
elegidos el pueblo los hace ser los nuevos dueños de la nación.
Los franceses lo único que hicieron fue cambiarle el collar de
perro a quien va a gobernar el país.
El pueblo no ha entendido que a quien elige es solo un empleado
público que va a administrar los bienes sociales y no un
propietario de la cosa pública.
Tenemos que educar a la sociedad, en el manejo de los bienes
sociales. La gente piensa y cree que esos bienes no son de su
propiedad sino de la nación y no piensan que ellos son la nación
y por ende esos bienes son su capital representado en el erario
y todo lo que la nación posee.
No podemos mirar para otro lado y hacernos los que no sabemos
nada y que la nación no nos pertenece. Cuando pagamos impuestos,
esos dineros van a un fondo que se supone es el que nos respalda
y con ellos se construye y se mantiene la infraestructura y los
bienes sociales para que todo funcione.
Tenemos que asumir cada uno de nosotros la responsabilidad para
que la nación funcione
correctamente y no dilapiden el esfuerzo de millones de
colombianos en manos de gente que no tiene el menor sentido de
responsabilidad y respeto por ellos mismos y por quienes los han
elegido.
Colombia es un país hermoso con todas las posibilidades de tener
un estándar de viva igual o superior a cualquier país civilizado
y no vivir sus gentes como personas de tercera categoría.
Estar bajo el símbolo de los estratos sociales, clases sociales
o simplemente los desechables del mundo primitivo.
No apoye la corrupción dándoles propinas para que hagan su
trabajo más rápido o saltarse la línea para que el servicio sea
especial, todo tenemos los mismos derechos e igualdad de
respeto. Por eso es importante mantener nuestro pensamiento
dirigido hacia cuidar los bienes sociales.
Ser
un criminal es muy fácil, es simplemente mantener el ritmo de
robarle a la sociedad
pensando que jamás nadie se va enterar que uno es un criminal.
El crimen nunca paga, lo que si da es una temporada en la cárcel
y el desprestigio a toda la familia y a los seres queridos.
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Crónica de Gardeazábal #512
LA PELEA POR LA
CORONA

Por: Gustavo
Alvarez Gardeazábal
Audio:
https://www.spreaker.com/episode/51486438
Cuando se libró la batalla de Ayacucho que le dio
la total libertad a Perú y Bolivia, en diciembre de 1824,
Bolívar tenía dos herederos a la vista, Sucre y Córdova. Ambos
fulgurantes y juveniles guerreros. Buenos mozos, inteligentes y
con futuro garantizado. Los dos hicieron gala de su tino y
sapiencia militares y ayudaron cada cual a su manera al triunfo
en Ayacucho de los ejércitos de Bolívar.
Se cuenta que al concluir la contienda un cura coronó al
libertador con un laurel de oro, recamado de piedras preciosas.
Este se la quitó y delante de sus tropas se la impuso a Sucre
responsabilizándolo como el gestor de la victoria. El mariscal
de Ayacucho tampoco la recibió y se la puso en la cabeza a José
María Córdova, el intrépido general antioqueño repitiendo la
frase que el trágico paisa dizque repetiría un tiempo más tarde
cuando se rebeló contra Bolívar y fue ajusticiado miserablemente
por la Legión Británica: “armas a discreción, paso de
vencedores”.
Córdova había nacido en el partido de La Concepción y su partida
de bautismo en la iglesia de esa vereda, entonces jurisdicción
de Rionegro, así lo hace constar. El 10 de septiembre de 1825,en
un acto propio de su tiempo, y siendo uno de los suyos alcalde
de Rionegro la envió con una nota para que reposara “en la
ciudad donde nací” y aunque nunca la recibió la sala capitular
ni nadie negó que José María Córdova era oriundo de La
Concepción, la corona quedó guardada de familia en familia y
después depositada al Banco de Oriente para su custodia y, como
tal, todos supusieron que la corona era propiedad municipal de
Rionegro, no de La Concha que ya era municipio y en un arqueo de
caja hace unos años, se la entregaron al alcalde de Rionegro, no
al de La Concepción o La Concha, como la llaman los paisas de
verdad).
Hubo alegato judicial que ha reverdecido por estos días porque
Ramón Alcides Valencia, el mismo abogado que fue capaz de
arrebatarle la propiedad de la Iglesia Parroquial de La Concha a
las almas del purgatorio que las habían heredado en el siglo 19,
se ha ganado una miserable e injusta vaciada judicial de Manuela
Ocampo, la subsecretaría de patrimonio de Rionegro, para decirle
que no le entregan la corona de Córdova a su ciudad natal sino
que Rionegro se queda con ella.
Infames garosos hambrientos es lo que son las autoridades de
Rionegro.
El Porce, octubre 6 del 2022
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