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EDITORIAL
En
Colombia tenemos un complicado panorama económico
Prácticamente
todas las agencias y entidades que acostumbran hacer pronósticos
económicos coinciden en que el mundo entrará en el 2023 en una
caída de su crecimiento económico. Y Colombia no será una
excepción. El Banco de la República, por ejemplo, estima que, si
bien el crecimiento en el 2.022 en nuestro país estará entre 6%
y 7%, en el 2023 habrá un derrumbe vertical del PIB hasta
niveles inferiores al 1%.
Cifras similares se avanzan para los demás países. Estados
Unidos, por ejemplo, ha comenzado a transitar por los terrenos
de una recesión económica técnica, que se considera cuando dos
trimestres consecutivos arrojan resultados negativos en el
crecimiento del PIB.
Varios factores están confluyendo para crear este panorama de
perspectivas brumosas para el año entrante. En primer lugar, el
combate a la inflación generalizada que experimenta el mundo,
con guarismos inéditos. En nuestro país, por ejemplo, septiembre
cerró en 11,44%. La respuesta que no se ha hecho esperar ha
venido por parte de los bancos centrales. Todos, prácticamente
sin excepción, vienen subiendo drásticamente sus tasas de
interés de referencia en un esfuerzo para enfriar sus
respectivas economías.
Esta medida, que debe surtir sus efectos saludables en el
mediano plazo, ha generado en el corto, paradójicamente, una
asombrosa subida en el costo del dinero de todo el conjunto
económico, lo cual, obviamente, acentúa las fuerzas depresivas
del aparato productivo.
Otro factor que ha confluido para forzar un bajo crecimiento
económico es, naturalmente, el derivado de los efectos de la
guerra en Ucrania, que ha traído como consecuencia una elevación
inédita en los precios de los combustibles, así como de las
materias primas y alimentos básicos, con lo cual el escenario
recesivo se ha visto abonado prácticamente en todo el planeta.
Tenemos que ser conscientes en Colombia de los negros nubarrones
que se ciernen en el comportamiento económico global. Cada vez
estamos más interrelacionados, para bien o para mal, con la
evolución de la economía mundial. No somos un país inmune a las
tormentas que arrecian en el exterior.
Que el año entrante vayamos a tener un crecimiento económico por
debajo del 1% del PIB no es un dato menor que podamos pasar
inadvertido. La capacidad de la política fiscal, que tan
dinámico papel jugó durante la pandemia, ya está virtualmente
agotada. Todas las informaciones que se recogen dan cuenta,
además, de una presión violenta por más gasto público que,
incluso contando con el recaudo derivado de la reforma
tributaria en trámite, será muy difícil de atender. A la
inflación aún no se le ha cortado la cola resonante que la
impulsa. Por el contrario, las alzas de los combustibles y de
las tarifas de energía eléctrica apenas empiezan a afectar con
dureza el bolsillo de los hogares colombianos. A esto habría que
sumarle la fuerte devaluación del peso (la moneda más depreciada
de América Latina) fenómeno que, naturalmente encarece las
importaciones de materias primas y bienes de capital.
Es claro que la lucha contra esa hidra de mil cabezas que es la
inflación apenas está comenzando. Hay que seguir librándola con
tenacidad y -sobre todo- coherencia. En pocas semanas comenzará
la discusión del aumento del salario mínimo para 2023. Será,
probablemente, la decisión más delicada que el país tiene entre
manos en el frente económico y social. Es evidente que los
asalariados han perdido gran parte del poder adquisitivo de sus
ingresos como consecuencia de la fuerte inflación que hemos
tenido a lo largo de este año. Esto debe corregirse. Pero sin
populismos ni atropellos. Un alza inmoderada del salario mínimo
para el año entrante atizaría el desempleo y, sobre todo, la
informalidad que ya ronda por los niveles del 60%.
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Los de a pie
andan descalzos y los descalzos andan en 4X4

Por: Zahur
Klemath Zapata
zkz@zahurk.com
La desigualdad en una sociedad que presume ser igualitaria pero
con el antecedente de que actúa bajo estratos sociales donde los
unos y los otros se mezclan como un buen salpicón.
La campaña política que se está celebrando en estos días es un
carnaval donde los actores van vestidos dependiendo donde es la
fiesta. Unos llegan en bicicleta, otros a pie, o en avioneta o
en un dron de última generación. Y como buenos mercaderes
ofrecen todo tipo de arreglos y dádivas a los electores pensando
que aún están en la era de ignorancia y que no saben de
historia.
Muchos creen que hacer una buena campaña es salir a la calle a
repartir hojas volantes impresas, colocar vallas, repartir
camisetas e insultar a sus contrincantes para luego negociar su
apoyo. Olvidando que una buena campaña nace desde muchos años
atrás por el trabajo realizado con un ideal que es beneficioso
para todos y que se demuestra por los logros alcanzados.
Hoy son unos inversionistas que salen en los últimos meses a
enarbolar una bandera buscando ser elegidos y luego desaparecer
en su 4X4 para perderse en sus fincas que solo ellos saben dónde
está. Colombia es un país que vive del cuento. Esto no es nada
nuevo, porque cada uno está en el rebusque para poder sobrevivir
y los que no están viven ajenos a la realidad de los que andan a
pie descalzos.
Ya no hay partidos políticos que aglutinan unas mayorías porque
no hay una ideología que establezca bases a seguir y criterios
que marque la diferencia. Hay una multitud amorfa siguiendo lo
que creen que es correcto pero con dudas que no pueden apartar
de la mente.
Hablan de democracia y no saben el verdadero sentido de ella, de
socialismo y se imaginan un Estado de igualdad, hablan de
liberalismo y lo confunden de libertinaje. No hay un orden de
ideas sino muchas ideas vaciadas en un personaje que propone y
no es coherente con lo que es o representa.
Todos presumen de ser ganadores en una carrera donde la liebre
son ellos y la tortuga la sociedad que ya arrancó su carrera en
busca de su liberación milenaria. Esta carrera es de dos
personajes, los que se lanzan a conquistar el desierto y los que
viven de su trabajo y solo esperan llevar comida a la mesa de la
casa todos los días. |
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CRÍMENES DE
PROVINCIA

Por: Gustavo
Alvarez Gardeazábal
Reseña del libro
de Pedro Badrán en "Qué está leyendo Gardeazábal".
Audio:
https://www.spreaker.com/episode/51506944
Solo una persona que haya vivido mucho puede escribir una novela
tan suave, tan tierna y tan atractiva, pese a lo mal titulada
que está, sobre un asesinato que nunca se resuelve y al mismo
tiempo baraje, como en una gran novela policiaca de Agatha
Cristhie, todas las posibilidades y sea el lector, no el
narrador, quien debe tomar la determinación de encontrar al
asesino.
En esta obra del magangueño Badrán, todo sucede en Puerto E, una
pequeña ciudad, a orillas del río en la llanura de Bolívar donde
existe un gamonal, el senador Maldonado, quien manda, ordena y
nadie discute.
La trama se desarrolla alrededor del asesinato del hijo médico
del político y latifundista, su escasa familia y sus muy bien
descritos enredos de poder y dinero, faldas y amigos. Está
narrada por el amigo íntimo del joven médico y parte, como toda
esta clase de novelas, de su asesinato y de recordar su vida
para tratar de averiguar, en pleno fragor de la violencia
guerrillera y paraca de las llanuras de la Costa, quien pudo
haberlo matado. Menciona obviamente como causa, el clima de
guerra que se vivía entonces.
Pasa a analizar la aventura amorosa en un corregimiento vecino
río abajo donde quedó una niña recién nacida. Repasa los amores
con una médica izquierdista, celosa y mandona. Vuelve y mira a
la tia machorra Maldonado, quien administra el almacén
veterinario y recoge en detalle las acusaciones del pueblo que
hace recaer la sospecha sobre su padre, el senador Maldonado,
porque este septuagenario, enfermo y sin gracia, se casa con la
viuda del médico para dejarle la pensión de congresista y así
pueda criar a los dos nietos huérfanos.
El gamonal muere y el narrador envejece describiéndonos tan
amorosamente a su amigo y colega asesinado y repitiendo tantas
veces y por tantos años la frase del senador cuando justificó el
asesinato de otro muchacho por su propio padre al hallarlo
haciendo el amor con un motociclista de “si yo descubro a un
hijo mariquiando también lo mato”, que uno se queda pensando al
terminar de leer la obra de Badrán si acaso esa opción
homosexual de narrador y asesinado podría ser considerada.
Una novela policiaca para escoger al asesino de acuerdo al gusto
y habilidad del lector.
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