Bogotá, Colombia -Edición: 392

 Fecha: Domingo 09-10-2022

 

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\\ Opinión //

 

 

 

 

EDITORIAL

 

En Colombia tenemos un complicado panorama económico 

 

Prácticamente todas las agencias y entidades que acostumbran hacer pronósticos económicos coinciden en que el mundo entrará en el 2023 en una caída de su crecimiento económico. Y Colombia no será una excepción. El Banco de la República, por ejemplo, estima que, si bien el crecimiento en el 2.022 en nuestro país estará entre 6% y 7%, en el 2023 habrá un derrumbe vertical del PIB hasta niveles inferiores al 1%.
Cifras similares se avanzan para los demás países. Estados Unidos, por ejemplo, ha comenzado a transitar por los terrenos de una recesión económica técnica, que se considera cuando dos trimestres consecutivos arrojan resultados negativos en el crecimiento del PIB.
Varios factores están confluyendo para crear este panorama de perspectivas brumosas para el año entrante. En primer lugar, el combate a la inflación generalizada que experimenta el mundo, con guarismos inéditos. En nuestro país, por ejemplo, septiembre cerró en 11,44%. La respuesta que no se ha hecho esperar ha venido por parte de los bancos centrales. Todos, prácticamente sin excepción, vienen subiendo drásticamente sus tasas de interés de referencia en un esfuerzo para enfriar sus respectivas economías.

Esta medida, que debe surtir sus efectos saludables en el mediano plazo, ha generado en el corto, paradójicamente, una asombrosa subida en el costo del dinero de todo el conjunto económico, lo cual, obviamente, acentúa las fuerzas depresivas del aparato productivo.
Otro factor que ha confluido para forzar un bajo crecimiento económico es, naturalmente, el derivado de los efectos de la guerra en Ucrania, que ha traído como consecuencia una elevación inédita en los precios de los combustibles, así como de las materias primas y alimentos básicos, con lo cual el escenario recesivo se ha visto abonado prácticamente en todo el planeta.
Tenemos que ser conscientes en Colombia de los negros nubarrones que se ciernen en el comportamiento económico global. Cada vez estamos más interrelacionados, para bien o para mal, con la evolución de la economía mundial. No somos un país inmune a las tormentas que arrecian en el exterior.

Que el año entrante vayamos a tener un crecimiento económico por debajo del 1% del PIB no es un dato menor que podamos pasar inadvertido. La capacidad de la política fiscal, que tan dinámico papel jugó durante la pandemia, ya está virtualmente agotada. Todas las informaciones que se recogen dan cuenta, además, de una presión violenta por más gasto público que, incluso contando con el recaudo derivado de la reforma tributaria en trámite, será muy difícil de atender. A la inflación aún no se le ha cortado la cola resonante que la impulsa. Por el contrario, las alzas de los combustibles y de las tarifas de energía eléctrica apenas empiezan a afectar con dureza el bolsillo de los hogares colombianos. A esto habría que sumarle la fuerte devaluación del peso (la moneda más depreciada de América Latina) fenómeno que, naturalmente encarece las importaciones de materias primas y bienes de capital.

Es claro que la lucha contra esa hidra de mil cabezas que es la inflación apenas está comenzando. Hay que seguir librándola con tenacidad y -sobre todo- coherencia. En pocas semanas comenzará la discusión del aumento del salario mínimo para 2023. Será, probablemente, la decisión más delicada que el país tiene entre manos en el frente económico y social. Es evidente que los asalariados han perdido gran parte del poder adquisitivo de sus ingresos como consecuencia de la fuerte inflación que hemos tenido a lo largo de este año. Esto debe corregirse. Pero sin populismos ni atropellos. Un alza inmoderada del salario mínimo para el año entrante atizaría el desempleo y, sobre todo, la informalidad que ya ronda por los niveles del 60%.

 

 

Los de a pie andan descalzos y los descalzos andan en 4X4

 

 

 

Por: Zahur Klemath Zapata
zkz@zahurk.com

 

La desigualdad en una sociedad que presume ser igualitaria pero con el antecedente de que actúa bajo estratos sociales donde los unos y los otros se mezclan como un buen salpicón.

La campaña política que se está celebrando en estos días es un carnaval donde los actores van vestidos dependiendo donde es la fiesta. Unos llegan en bicicleta, otros a pie, o en avioneta o en un dron de última generación. Y como buenos mercaderes ofrecen todo tipo de arreglos y dádivas a los electores pensando que aún están en la era de ignorancia y que no saben de historia.

Muchos creen que hacer una buena campaña es salir a la calle a repartir hojas volantes impresas, colocar vallas, repartir camisetas e insultar a sus contrincantes para luego negociar su apoyo. Olvidando que una buena campaña nace desde muchos años atrás por el trabajo realizado con un ideal que es beneficioso para todos y que se demuestra por los logros alcanzados.

Hoy son unos inversionistas que salen en los últimos meses a enarbolar una bandera buscando ser elegidos y luego desaparecer en su 4X4 para perderse en sus fincas que solo ellos saben dónde está. Colombia es un país que vive del cuento. Esto no es nada nuevo, porque cada uno está en el rebusque para poder sobrevivir y los que no están viven ajenos a la realidad de los que andan a pie descalzos.

Ya no hay partidos políticos que aglutinan unas mayorías porque no hay una ideología que establezca bases a seguir y criterios que marque la diferencia. Hay una multitud amorfa siguiendo lo que creen que es correcto pero con dudas que no pueden apartar de la mente.

Hablan de democracia y no saben el verdadero sentido de ella, de socialismo y se imaginan un Estado de igualdad, hablan de liberalismo y lo confunden de libertinaje. No hay un orden de ideas sino muchas ideas vaciadas en un personaje que propone y no es coherente con lo que es o representa.

Todos presumen de ser ganadores en una carrera donde la liebre son ellos y la tortuga la sociedad que ya arrancó su carrera en busca de su liberación milenaria. Esta carrera es de dos personajes, los que se lanzan a conquistar el desierto y los que viven de su trabajo y solo esperan llevar comida a la mesa de la casa todos los días.   

 

 

 

CRÍMENES DE PROVINCIA

 


Por: Gustavo Alvarez Gardeazábal

 

 

Reseña del libro de Pedro Badrán en "Qué está leyendo Gardeazábal".

 

Audio:

https://www.spreaker.com/episode/51506944

Solo una persona que haya vivido mucho puede escribir una novela tan suave, tan tierna y tan atractiva, pese a lo mal titulada que está, sobre un asesinato que nunca se resuelve y al mismo tiempo baraje, como en una gran novela policiaca de Agatha Cristhie, todas las posibilidades y sea el lector, no el narrador, quien debe tomar la determinación de encontrar al asesino.

En esta obra del magangueño Badrán, todo sucede en Puerto E, una pequeña ciudad, a orillas del río en la llanura de Bolívar donde existe un gamonal, el senador Maldonado, quien manda, ordena y nadie discute.

La trama se desarrolla alrededor del asesinato del hijo médico del político y latifundista, su escasa familia y sus muy bien descritos enredos de poder y dinero, faldas y amigos. Está narrada por el amigo íntimo del joven médico y parte, como toda esta clase de novelas, de su asesinato y de recordar su vida para tratar de averiguar, en pleno fragor de la violencia guerrillera y paraca de las llanuras de la Costa, quien pudo haberlo matado. Menciona obviamente como causa, el clima de guerra que se vivía entonces.

Pasa a analizar la aventura amorosa en un corregimiento vecino río abajo donde quedó una niña recién nacida. Repasa los amores con una médica izquierdista, celosa y mandona. Vuelve y mira a la tia machorra Maldonado, quien administra el almacén veterinario y recoge en detalle las acusaciones del pueblo que hace recaer la sospecha sobre su padre, el senador Maldonado, porque este septuagenario, enfermo y sin gracia, se casa con la viuda del médico para dejarle la pensión de congresista y así pueda criar a los dos nietos huérfanos.

El gamonal muere y el narrador envejece describiéndonos tan amorosamente a su amigo y colega asesinado y repitiendo tantas veces y por tantos años la frase del senador cuando justificó el asesinato de otro muchacho por su propio padre al hallarlo haciendo el amor con un motociclista de “si yo descubro a un hijo mariquiando también lo mato”, que uno se queda pensando al terminar de leer la obra de Badrán si acaso esa opción homosexual de narrador y asesinado podría ser considerada.

Una novela policiaca para escoger al asesino de acuerdo al gusto y habilidad del lector.

   

 

 

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