Bogotá, Colombia -Edición: 395

 Fecha: Domingo 16-10-2022

 

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\\ Opinión //

 

 

 

 

EDITORIAL

 

La situación no da tregua en el Perú

 

La posibilidad de que Pedro Castillo continúe como presidente de Perú es cada día más complicada. El mandatario de izquierda, que a duras penas ha podido superar dos procesos de destitución por parte del Congreso, ahora fue denunciado por la Fiscalía General que lo acusa de dirigir una organización criminal de tráfico de influencias y apropiación de recursos públicos mediante el tamaño de la contratación oficial.

Los cargos son muy graves. Según la denuncia constitucional que presentó la fiscal general Patricia Benavides ante el Congreso, al Jefe de Estado se le sindica como presunto autor de los delitos contra la tranquilidad pública en la modalidad de organización criminal agravada por su condición de líder. El documento judicial señala que se encontraron indicios sólidos de
la “presunta existencia de una organización criminal enquistada en Palacio de Gobierno con la finalidad de copar, controlar y direccionar procesos de contrataciones para obtener ganancias ilícitas".

La denuncia, que también sindica a los exministros de Vivienda así como de Transporte y Comunicaciones, empezó a ser estudiada ayer por la Subcomisión de Acusaciones Constitucionales, que tiene un plazo de diez días para analizar el acervo probatorio y, en caso de encontrarlo procedente, dar paso a un antejuicio político-judicial contra Castillo, que podría durar de dos a tres meses, con el riesgo de que, al final, pueda ser suspendido del cargo mientras se adelanta el proceso formal, lo que
podría significar que no termine su periodo a mediados de 2026.

Aunque Castillo, que lleva apenas 15 meses en el poder, rechazó la imputación -la primera que la Fiscalía peruana hace en la historia contra un mandatario en ejercicio- e incluso acusó a la entidad de ser parte de una especie de “golpe de estado”, lo cierto es que el poder judicial ya tiene avanzados sendos procesos sobre corrupción en la contratación
oficial e incluso lavado de activos, que involucrarían no solo al mandatario sino a su esposa, cuñados, sobrinos, otros familiares así como altos funcionarios estatales. Ya varios están imputados y presos. De acuerdo al ordenamiento constitucional, el Congreso es la única instancia que puede decidir sobre este tipo de denuncias. Una vez el pleno analice el expediente, debe votar la posibilidad de suspender a Castillo, para lo cual se necesitaría el respaldo de 66 de los 130 integrantes de la instancia legislativa.

Los analistas políticos sostienen que la permanencia del Presidente en su cargo está en vilo, no solo porque la Fiscalía tiene una causa probable muy consolidada desde el punto de vista probatorio, sino porque la coalición parlamentaria que lo apoya no tiene la fuerza para bloquear un posible llamado a antejuicio y la respectiva votación para separarlo del cargo. El bloque gobiernista ya sufrió la baja, meses atrás, del partido Perú Libre, colectividad que avaló su candidatura el año pasado y a la cual, incluso, renunció en julio pasado. Las bancadas de derecha, centro y una facción de izquierda encabezan la oposición.

Perú, lamentablemente, está acostumbrado al procesamiento de sus presidentes. Alberto Fujimori purga una larga condena por delitos de lesa humanidad, en tanto Alejandro Toledo está con casa por cárcel en Estados Unidos y pendiente de ser extraditado a su país sindicado en el escándalo de sobornos de Odebrecht. Alan García prefirió quitarse la vida antes que ser arrestado por el mismo caso de coimas.

 

 

Ollanta Humala también estuvo en proceso por dineros ilegales en su campaña y gobierno. Igualmente, Pedro Pablo Kuczynski se vio forzado a renunciar por el caso de la multinacional brasileña y Martín Vizcarra, que lo reemplazó, fue destituido por el Congreso debido a contratación anómala cuando fue gobernador. Ahora Castillo está a punto de engrosar esa lista.

 

Esta inestabilidad política peruana no había, pese a todo, afectado duramente el impulso económico inca en las dos últimas décadas. Sin embargo, hoy por hoy la pandemia, el coletazo inflacionario y la crisis constante en el gobierno Castillo tienen a esa nación sumida en la incertidumbre, con la población polarizada, la inversión extranjera frenada, los índices de pobreza e inseguridad al alza así como la sensación generalizada de que el país perdió el rumbo y es necesario un timonazo a todo nivel.

 

La responsabilidad no es de todos es de quienes tienen la habilidad de hacer las cosas bien

 

 

 

Por: Zahur Klemath Zapata
zkz@zahurk.com

 

Una gran mayoría de mujeres tienen la habilidad de mantener el orden en la casa, esa organización se ve desde el momento en que se cruza la puerta y se está en la sala. Los hombres están más dedicados a las cosas que llaman prácticas aunque los habilidosos mantienen un entorno y una presentación que refleja su personalidad, poder y visión de la vida.
En el manejo de la cosa pública de los países existe una combinación de habilidades en el personaje que asume la responsabilidad de administrar los bienes sociales y sí sabe ejecutar y alcanzar las metas impuestas. A diferencia del demagogo que se presenta con un cartel de habilidades y títulos que no demuestran en realidad haber logrado una premiación por haber sacado adelante un proyecto del cual la sociedad se ha beneficiado de él.


Colombia está en un proceso de maduración intelectual y social. Ha pasado por una serie de decantaciones quemando etapas que otros países no han tenido la oportunidad de vivirlas y superarlas. Casi un siglo de violencia ha marcado a la sociedad y todos están tocados por ese signo maligno y no lo pueden apartar como quien se baña y sale limpio a ponerse ropa sin ninguna mancha para asistir a la boda de uno de sus hijos.


Estamos en el comienzo de otra etapa social. Los temores y los rumores golpean a diario y crean desconfianza. Pero la realidad es que no hay una unidad que mueva a toda la sociedad a sacar adelante el país. Es como si el pasado se repitiera y los enemigos y los resentidos nuevamente se aglutinaron a ladrar como el perro en la noche lo hace en medio de su soledad. Estamos en el momento preciso para recogernos y trabajar bajo una sola bandera que nos permita demarcar el camino que nos conduzca a alcanzar el bienestar que todos anhelamos. De esta forma nos hacemos fuertes y podemos obligar a quienes nos representan para que actúen no bajo el signo de la corrupción y el despilfarro de los bienes sociales sino para que juntos podamos construir esta nación que lo tiene todo y que hace falta que la vuelvan productiva.


Los días llegan y se van al igual que las protestas, al final solo queda el vacío que provocamos y nadie lleva nada a casa. La mesa siempre estará esperando que sea servida y que los comensales puedan disfrutar de haber cumplido con haber participado con algo que está sobre la mesa.

El odio y la envidia son los mejores cosechadores de amarguras, pero al final como un barco abandonado por la peste todos ellos terminaran a la deriva mientras las playas se alejan de los salvavidas.

 

 

EL FINAL DE LAS COSAS PERDIDAS

 


Por: Gustavo Alvarez Gardeazábal

 

 

Reseña de Mario Williams, editada por Intermedio.

 

Audio:

https://www.spreaker.com/episode/51582468

Esta tarde en el marco de la Feria del Libro de Cali, que nunca antes había estado tan congestionada y repleta de ideas, decires, libros y mamelucos como lo está hoy, presentaré la novela del abogado Mario Williams, EL FINAL DE LAS COSAS PERDIDAS, que aunque he leído dos veces y la última con mucho más cuidado crítico que la primera, no deja de asombrarme.

Estamos en presencia de una manifestación literaria pretérita. Es una novela enciclopédica en pleno 2022. Es una novela tarro de basura, como las querían hacer a comienzos de los años 60 del siglo pasado, donde todo cabía porque, según ellos, y según Williams todavía, la verdadera regeneración de la narrativa está en atiborrar lo que más se pueda para que de cualquier esfuerzo salga otro Ulises de Joyce o revivan Gargantúa y Pantagruel.

Como tal, esta novela presenta desde la descripción minuciosa de un viaje a Gorgona, buceo incluido, cuando era isla-cárcel, hasta la dolorosa prisión a que fueron sometidos en las épocas fulgurantes del M-19, Ivan Marino Ospina y Fanny Gómez de Ospina, los padres de dos niños desamparados que acaso ayudó a sobrevivir Bienestar Familiar.

Pero eso es poco, porque la novela comienza y se desarrolla en dos terceras partes durante un viaje en carro de una pareja formada al calor de unos tragos, a las diez de la noche, en plena época de guerrillos y traquetos entre Cali y Buenaventura. Y durante esas largas horas, o páginas que dura el viaje, Nicolas, que conduce el coche, le dicta a Felicidad, la copiloto, una prolongada cátedra de historia de los derechos humanos a quien el lector espera que seguramente coronará con tremebundo acto sexual en el hotel de la ciudad del mar, como la llama eufemísticamente para no situarla o para perderse más fácilmente en la narración.

Pero como lo que sucede no es lo esperado, la novela se mete en la evolución periodística del personaje femenino hasta volverla un personajón de locutora, con un programa como el de Pardo Llada o el padre Hurtado Galviz, para denunciar toda clase de torturas y atropellos contra los derechos humanos, hasta que le ponen una bomba de gran poder, vuelan la emisora y ella se salva para que la brumosa narración tenga, como debe ser en una obra así, un final feliz y no su funeral.

 

El Porce, octubre 15 del 2022

   

 

 

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