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EDITORIAL
Guerra
Perpetua
El procedimiento militar, con
el que los Gobiernos de los Estados imperiales incitan a la
constante guerra en las naciones subalternas, impacta
absurdamente el panorama de los acontecimientos internacionales
relacionados con el poder político y económico, sus vínculos con
tratados, convenios y contratos firmados por los gobiernos en
representación de los Estados nación y, las normas jurídicas de
naturaleza internacional, vinculantes y obligatorios para los
Estados que los suscriben con el ánimo de establecer un mundo de
paz con la naturaleza y la humanidad, comprometiendo las
relaciones del libre comercio en beneficio de satisfacer las
necesidades básicas de la humanidad.
La guerra entre las ideologías liberal y comunista mantiene la
constante de la guerra fría, en la que las grandes potencias
muestran su capacidad de destrucción masiva, tanto militar como
comercial sobre las poblaciones de los países que hayan elegido
una ideología o religión diferente a la que dicta la metrópoli
que rige para toda su periferia de influencia. Por el momento,
las fuerzas militares imperiales no se atacan de frente entre sí..
El teatro de sus demostraciones lo escenifican bombardeando a
los océanos, desiertos y a las poblaciones disidentes de su
orden permanente, eterno y necesario, para que su enemigo se
entere de su radical maldad ética.
El proyecto de una paz perpetua entre la diversidad étnica y
cultural de todas las poblaciones del mundo lleva muchos años
consolidando la extinción de la humanidad. Gracias a la
inteligente forma de pensar de que si se quiere la paz se debe
estar preparado para la guerra justa, en las fronteras contra el
enemigo comercial e ideológico y en el interior contra los
rebeldes que no se someten a la autoridad del autoritarismo
gubernamental que con veleidad ejerce su voluntad de dominio, el
anhelado propósito queda merced a los procesos electorales de la
izquierda y de la derecha.
De los animales humanos que se encuentran en la última etapa de
vida y que aún gobiernan el mundo multipolar en el imperio de la
democracia de los Estados Unidos, se puede decir que a hoy
constituyen una gerontocracia patriarcal que debate entre la
negación de los efectos económicos de la variable climática y su
apoyo económico y militar a la OTAN.
Gerontocracia patriarcal en la que los más viejos son los
mejores conocedores de todos los ardides de la tradición
patriarcal imperial, con los que a través de su pujante historia
han impuesto la dominación patrimonial. Ejercen dicha dominación
en virtud del derecho propio a la defensa de sus intereses
comerciales y militares, inspirados en el sueño americano de la
libertad, proceden a saquear los recursos naturales de las
naciones y a nombre de la democracia, declarar guerras cuando
considere que no existe el Estado de Derecho o cuando se vea en
la necesidad de atacar una economía de beneficios ilícitos.
Lo cierto del asunto es que la polarización entre la dominación
y la libertad amenaza con escalar la temida tercera guerra
mundial. Y es en este sentido que centro y sur américa y el
caribe, deben procurar mantener efectivas relaciones políticas y
comerciales de amistad entre los Estados nación, constituyéndose
en un bloque humanitario que lidere al interior de la ONU las
políticas de paz y la economía descarbonizada y así garanticen
la continuidad de la existencia de todas las poblaciones humanas
y sus respectivos capitales naturales.
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Los impuestos es el derecho a
la pernada de los políticos

Por: Zahur
Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com
Pagar impuestos es un compromiso que se le ha
creado a todos los seres humanos y ellos ven esta obligación
como algo natural en la vida cotidiana. A pesar que hemos
evolucionado a unos niveles que jamás los seres humanos habían
vivido en tal evolución, seguimos actuando como borregos que van
al matadero sin siquiera cuestionarse si esta obligación debe
mantenerse o cambiar el término.
Los impuestos nunca han sido un derecho que tienen quienes los
recaudan, ha sido una extorsión de quien los impone porque de
ellos se lucran quienes los manejan y no realmente quien los
paga.
Hablar sobre este asunto en términos históricos, habría que
escribir miles de páginas para al final, darles razón a quienes
los cobran actualmente.
El impuesto hoy día es un derecho a la pernada que tienen los
políticos para sobrevivir de lo que recolectan de los ciudadanos
que lo pagan. Porque si ese dinero que se recauda fuera a ir a
los propósitos que se suponen que deben ir, ya no sería
impuestos sino una contribución que cada ciudadano haría para
beneficio de toda la sociedad y para sí mismo en el futuro y
tiempos difíciles.
Ese dinero jamás debería parar en manos de los políticos, porque
ellos no representan a la sociedad, sino a su grupo político y
su entorno familiar. Los intereses aquí son desfigurados a lo
que la sociedad piensa y donde deberían ir. El Estado no son los
políticos, es la sociedad porque es ella quien la integra y
quien sostiene el Estado y establecimiento.
Los impuestos son una imposición, una extorsión
porque si no los pagas terminas en la cárcel y esto ha sido
histórico.
Siempre el Estado ha estado corto de dinero y quienes lo manejan
recuren a todo tipo de artimañas para imponerlos y así vivir en
mejores condiciones de quien los paga.
Cuando un administrador del bien social sabe cómo organizar la
sociedad y recoger no impuestos sino regalías de los negocios
que este hace con otros Estados y empresas para que se
enriquezca el Estado logra un superávit para el Estado y grandes
beneficios para la sociedad y esto se llama autonomía del Estado
y la sociedad.
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QUÉ LEE
GARDEAZABAL
Reseña de la
novela póstuma de García Márquez Editada por Random House

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Audio:
https://www.youtube.com/watch?v=W3WTOjQsteE
Es probable que cuando García Márquez hizo las últimas
correcciones al texto de EN AGOSTO NOS VEMOS no existiera la
Inteligencia Artificial ni que Cristóbal Pera, el encargado de
maquillarla 10 años después de muerto, supiera tanto de la prosa
garciamarquina.
No importa. Rehacer un libro que el autor no dejó terminado es
difícil y uno de nuestro premio Nobel mucho más. Pero resulta
tan delicioso leer esta novela de poco vuelo y saberse de nuevo
cargado en la hamaca insostenible de su prosa, que los detalles
del parto literario se olvidan.
Bien lo dicen sus dos hijos en el prólogo que
hacen para advertir que fue la batalla final contra el alzheimer
la verdadera razón para no haberla terminado.
Y lo reafirma, de otra manera, su restaurador, el señor Pera,
cuando, dice textualmente en el epílogo y explica simplemente
como lo rearmó: “mi trabajo consiste en hacerlo más fuerte de lo
que ya está en la página”. Pero como desde el primer renglón
hasta el último se palpa la habilidad del narrador.
Como la fascinación por el adjetivo exacto enriquece al lector.
Y cómo se llega hasta a oler el inconfundible gesto de la mujer
casada, casi cincuentona, que repite religiosamente año tras año
la visita a la tumba de la madre en una isla, convirtiendo el
viaje en un acto de rebelión sexual contra el buen músico de su
marido.
También deja intuir, en detrimento de la tensión, que acude no a
ponerle flores a la tumba sino a levantarse la bata y
aventurarse con hombre distinto en cada viaje. Pero como solo es
por una noche, uno sabe muy bien que es una novela de García
Márquez, costeño machista pero temeroso de Mercedes Barcha su
esposa de toda la vida.
Tal vez no se trate de una obra maestra y quizás los expertos
críticos del macondiano hasta la pongan en la lista de las obras
menores de un autor tan prolífico. Pero da tanta satisfacción
encontrar el manejo magistral de la descripción y la solvencia
al llevar la trama por entre los vericuetos de una misma tensión
repetida, que cuando se termina la novela, se cierra el libro y
no provoca leer el epílogo de Cristóbal Pera para no caer en la
tentación de comprobar la maestría de las correcciones que
alcanzó a hacerle GGM al margen y que se desparraman en las
cuatro páginas facsimilares del borrador original.
Un libro para pensar en la eternidad del texto literario y en el
gozo fugaz del sexo pactado con el calendario.
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