Bogotá, Colombia -Edición: 642

 Fecha: Viernes 17-05-2024

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\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL

 

PARAISOS DE ENSUEÑO

 

A Colombia no la mata la pereza en sí misma. Para entender qué es lo que asesina a Colombia, debemos entender nuestro país como base de un experimento químico, a la cual dependiendo el tipo de reactivo que se le agregue, el funcionamiento de la base variará y con ello los efectos de las partículas.

En este orden de ideas podríamos afirmar que el reactivo que se le ha estado añadiendo a Colombia es la viveza, y está a su vez es sólo una variable del reactivo que normalmente llamamos pereza, y de la misma manera esta variante de la pereza; la viveza funciona de forma particular, siempre buscando acortar caminos, sólo ve fines nunca los medios, medios que en un país con una moral tan deteriorada siempre terminan lesionando todo lo que toca mientras va de camino hacia el fin.

De hecho, esto de que el fin justifica los medios, es la expresión más hilarante que el colombiano ha podido malversar. Lo malversa en muchos sentidos, pero siempre utilizado desde el deseo de estar bien, por lo tanto, el pensamiento se toma en serio esta frase, pero como la memoria de los colombianos es olvidadiza, se pasa por alto a todo el que tuvo que atropellar en su camino y cuando llega al fin, a la cúspide, simplemente se ve sólo y se queda protegiendo su trono.

Es así como la base colombiana permanece reaccionando con químicos que sólo dañan más y más al mismo, destrozando cualquier tipo de valor, para sólo dejar el malestar cultural que ahora vivimos, unos en donde la culpa es totalmente externa, los políticos se culpan entre sí, los ciudadanos desconocen al resto y así todos se van por las calles sin autoreferirse como parte de algo llamado Colombia,

En conclusión, no es en sí la pereza la que mata a Colombia, sino las diferentes manifestaciones de la pereza, entre ellas la viveza, el deseo por obtener para ya las cosas, sin construir un camino realmente positivo, sin llevarse a nadie, sin robar, sin matar o desaparecer, en otras palabras, a Colombia le hace falta amar el proceso, disfrutar de cada paso que da y no sólo caer en la vigilia que produce el vivir entre edificios de ensueño.

 

 

 

 

Como hacer las cosas bien

Por: Zahur Klemath Zapata

zapatazahurk@gmail.com  

 

En un principio todo estaba en orden y las cosas estaban en su lugar. Todo funcionaba bajo un orden natural siguiendo normas y leyes nacidas de la experiencia en la evolución de las cosas. Pero llegamos un día y todo cambió.

Un municipio, una región o un Estado se administran bajo ciertos principios que la misma sociedad va imponiendo. Y bajo ese orden de acciones el conjunto social establece sus necesidades y prioridades.

En un Estado primitivo las cosas funcionan sin altibajos y todos sobreviven bajo su propio entorno, pero cuando la sociedad evoluciona y aparecen todo tipo de encantadores de culebras y crean mitos estableciendo un orden que no corresponde a la parte humana. Nacen todo tipo de enfermedades sociales que maltratan a quienes viven en esas sociedades.

Estamos en una era donde la desigualdad es trascendental y todos creen entender que las cosas van bien, aceptando las indicaciones de unos pocos que se llaman gobernantes y que solo establecen leyes para beneficio del establecimiento.

El desamparo y el abandono es el conjunto de principios que siempre están como un fantasma que reclama en nombre de todos los desprotegidos. Y quienes están empoderados no ven las raíces de donde nacen todos los crímenes que el Estado crea convirtiéndolo en el creador del crimen organizado.

La falta de razonabilidad de quienes manejan la cosa política, se ven obligados a buscar recursos de quienes laboran para poder sostener el andamiaje estatal y creando infraestructuras que absorben más capital del que recogen de los impuestos y sobretasas impuestas.

Una nación manejada por estacionarios mentales es difícil que prospere o establezca rutas que permita que la sociedad madure o crezca. Estas sociedades vivirán dependiendo de otras como mascotas, sobreviven de lo que las ya establecidas paguen por la compra de materias primas y que revenden al vendedor original.

Quienes han gobernado a Colombia desde su nacimiento, no han sido gobernantes, han sido individuos que han pretendido asumir unos cargos sin el conocimiento del manejo de una nación. Marco Fidel Suarez es un ejemplo y seguido de él no hay con quien contar. Colombia ha sido un país de individuos en el poder que la han llevado de guerra tras guerra sin poder establecer una nación unida.

En las regiones los gobernantes han mamado del Estado porque no saben cómo convertir estas regiones en autónomas y prosperas, porque prefieren vivir del presupuesto nacional. La falta de capacidad

 

 

 

mantiene en vilo la economía y sobreviven por la recolección de impuestos que los ciudadanos pagan bajo amenazas y extorsión de los políticos.

 

EL DIA QUE NOS QUEDEMOS MUDOS
Crónica #882

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

Audio:

 

https://www.youtube.com/watch?v=W6KYaGK87DU

 

El fin de semana anterior la tierra parece que estuvo a un pelo de encontrarse con la terrible realidad de hallarse muda y tal vez ciega.

No se dio la repetición del cacareado Efecto Carrington pero hasta la NOA le advirtió a un mundo que ya no se conmueve que la tempestad solar que estábamos soportando era de categoría 5 G, la máxima y, por supuesto, nadie tomó precauciones.

Apenas si algunos alistaron sus trípodes fotográficos para tomar testimonio de las auroras boreales que se aparecen al amanecer del día siguiente, pero a nadie le preocupó por ir al cajero a sacar efectivo o readquirir uno de los añejos radios de AM y FM, que podrían sobrevivir con sus tenues voces a lo que se podría venir.

Por supuesto a los apocalípticos de las redes o a los señores mandamases de Pekín y Washington no les iba a interesar un pánico mundial que develara sus debilidades. Pero estuvimos a punto.

Llegó un momento, dice la página de Solar Ham, que la velocidad del electromagnetismo que vomitaba el sol sobre pasó los 2.000 kilómetros por segundo, es decir que estuvimos cerca de repetir lo de Carrington en el siglo 19. Claro que habría sido mucho peor.

Cuando aquello sucedió apenas había unos cuantos kilómetros de líneas eléctricas y telegráficas. No existían los 40 mil satélites de Musk ni los otros miles que hoy nos controlan, nos manejan el flujo del Internet que mueve los computadores, las señales de celular y, la intercomunicación que nos ha hecho un planeta global.

Es decir, con una tempestad solar de esa magnitud, habríamos quedado sordos y mudos y todo el aparataje electrónico que nos da comodidad, y sobre todo intercomunicación, se habría podido venir abajo.

La esperanza es que no se sabe aún ni cuándo ni por cuánto tiempo nos podría suceder el próximo vómito solar y si los daños a la telaraña de satélites que rodean la tierra serían irreversibles.

Pero lo cierto es que no pasó y ni nos dimos cuenta que podía haber pasado. Sigamos viviendo.

El Porce, mayo 17 2024

 

 

 

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