Bogotá, Colombia -Edición: 705

 Fecha: Viernes 11-10-2024

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\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL

 

El contrato de la paz.


La paz es el producto de intercambio más antiguo y eficiente de la historia. Desde el principio de las civilizaciones el deseo de la paz ha sido el lienzo desde donde se crean las grandes estructuras culturales, en donde los integrantes de una sociedad inscriben lo que para ellos es la paz, oculto bajo los deseos que manifiesta. Pero, en este juego de conseguir el producto llamado paz se entrega otra característica propia del ser humano su libertad, ya muy bien Hobbes anunciaba este intercambio social, uno en donde en busca de obtener tranquilidad o paz, el ser humano entregaba su libre albedrío, sus derechos naturales y demás, es decir la libertad total. Sin embargo esta libertad no sólo se intercambia sino que pasa a formas parte de otra libertad que ahora tiene la libertad de todos los seres a los cuales les brinda paz.

Estas libertades adquiridas son la razón de los grandes poderes actuales. No obstante, este intercambio se da siempre desde un contrato constante, es decir, siempre y cuando se adquiera paz, la libertad del sujeto es limitada por su proveedor, pero ¿este contrato se cumple en la actualidad? ¿Colombia tiene paz? en efecto,una negativa siempre es la respuesta, en todo el país; de norte a sur, de oeste a este y en todas las combinaciones posibles, colombia es un país con poseedores de un contrato que no se está cumpliendo, pero que si se le está cobrando, pues la libertad sigue siendo exigida, actuar siempre de acuerdo a la voz de las grandes reglas que nos rigen y dicen como ser.

La conclusión de esta reflexión es que somos acreedores de un contrato incumplido, promoviendo de esta manera la necesidad de exigir nuestra libertad para así volverla a intercambiar de nuevo, con alguien que sí cumpla el contrato que me traiga paz.

Que nuestra libertad regrese significa la posibilidad de una reorganización de principios y bases de lo que entiendo como paz y no simplemente seguir adquiriendo una paz anticuada y vieja, que ya impide que mi intercambio sea equivalente.
 

 

 

 

Se están robando a la ciudad y el gobierno no se da por enterado

Por Zahur Klemath Zapata


Las tapas de alcantarillado, el alambre de cobre de las líneas eléctricas más todo el metal que esté a la vista desaparece a los ojos de quienes se suponen son los que protegen a la ciudad. En el centro de la ciudad y en cualquier sitio no se puede dejar nada a la vista porque desaparece.

La ciudad está enferma y hablamos de clases sociales como si esto fuera orgulloso pertenecer a uno de estos estratos.

¿Estrato de qué?


Si los unos y los otros se cuidan para que el vecino no lo robe o el ladronzuelo no se robe la ropa tendida al sol. Todo es un concierto de delincuentes que están de fiesta pregonando que los otros son unos ladrones y hay que cuidarnos, aunque haya que sonreír para no perder la amistad.

El alcalde y todo su séquito andan protegidos por temor a un secuestro o que un raponero se les quede con el reloj o quizás con la cadena de oro que pende en su cuello. Todos se protegen, pero quienes tienen el poder de poner orden en casa se resguardan tras su guardia pretoriana.

El centro de la ciudad es cuna de bandidos y Ali Baba tiene sus oficinas donde controla a sus esbirros para que traigan la mercancía robada y como buen reducidor paga miserablemente lo mal habido porque todos al final ganan.

¿Para qué el pueblo los eligió?

Todos sabemos que ese cargo es de mucha responsabilidad y deberes que hay que cumplir, si no se pone orden en la casa hasta el ratón se come el queso y juega con la trampa. En las manos del burgomaestre, el concejo municipal, la policía y la fiscalía está el buen manejo del bienestar de la ciudad y la tranquilidad de los ciudadanos.

Todos pagamos impuestos como cuota de manejo del bienestar de la ciudad. Lo menos que pedimos es que se sienta que estamos en una ciudad que esté administrada por gente que sí sabe hacer su trabajo profesionalmente y que en las próximas elecciones si puedan dar la cara y no salir a refugiarse donde el diablo se perdió en la maraña.

Al pasar por el frente de la alcaldía da la sensación que la ciudad está en guerra no declarada. Todo parece que estuviera en acuartelamiento de segundo grado llegando a primero. La alcaldía es el símbolo de la libertad y que todo está en orden, pero
cuando la vemos enrejada y con barreras y guardas por todos lados la percepción cambia. Desde allí se puede

 

 

 ver el temor que tienen los que están adentro.

¿Y los de afuera como se sienten?

Que algo raro está pasando en una ciudad que antes era la ciudad de las puertas abiertas.

 

 MERMÉMOSLE A LA EXAGERACIÓN
Crónica 983


Gustavo Alvarez Gardeazábal
Audio:

 https://www.youtube.com/watch?v=mELXJXfG3ao


En Colombia estamos exagerando demasiado. Petro y sus alfiles exageran cuando llenan las redes de declaraciones rubicundas volviendo un golpe de Estado la determinación de abrir una investigación por haber sobrepasado los topes en la campaña electoral.

El solo hecho de que el mismo presidente en su alocución presente elementos para defenderse ante el Consejo Nacional Electoral y pretenda demostrar su inocencia, constituye la evidencia que se está actuando dentro de unas normas establecidas y respetando el derecho a la defensa.

Convocar a quienes lo eligieron para que salgan a la calle a rechazar el juicio que se está abriendo, no solo es una exageración peligrosísima para la tranquilidad pública que como gobernantes están obligados a conservar, sino que termina por romper el equilibrio básico de nuestra democracia que es el respeto entre los poderes establecidos constitucionalmente. Exageran también los opositores al gobernante cuando pregonan en lenguaje altisonante que la equivocación cometida al gastarse más plata de la permitida para llegar a la presidencia, convierte al presidente y al gerente de su campaña en delincuentes.

Mérmemosle a la exageración. El presidente no puede salir a pregonar que el hecho de ser presidente le da inmunidad frente a la Constitución y las leyes. El Consejo de Estado se lo dijo. En Colombia no rigen las normas gringas a ese respecto.

Y si el presidente desconoce la Carta Magna y convoca a quienes votaron por él para que se la salten, sus jueces, el Congreso de la República, pueden considerar que el mandatario está entrando en rebelión flagrante contra la Constitución y llevarlo, ahí sí, a juicio político.

No exageremos a esos extremos. Permitamos y apoyemos que el presidente se defienda con la ley en la mano ante quienes lo cuestionan administrativamente y legalmente. Nada ganamos exagerando la persecución o promoviendo la rebelión.
 

El Porce, octubre 10 del 2024

 

 

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