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COLUMNISTA |
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Amante latino del español
Por: Jotamario Arbeláez
Poeta nadaísta
No recuerdo haber
pasado un día de mi vida, desde que aprendí a leer y escribir,
en que no haya leído y escrito así sea una página. Como mi
abuela analfabeta me pagaba un centavo por cada hoja que le
leyera antes de dormirnos, me aprovisioné de los libros más
copiosos de la literatura, como Los miserables, de Víctor Hugo,
Cumbres Borrascosas de Emily Bronte y la saga de Alejandro
Dumas, con lo que obtuve para comprar esclava de plata y patines
con freno. Pero cuando le hube leído todos los libros, me tocó
hacer la pantomima de que le leía unas historias interminables
de un tomo en blanco de los que papá utilizaba en la sastrería
para apuntar las medidas. Cuentos chimbos de mi invención que la
pobre viejecita me pagaba munífica. Y después me tocó
escribirlos, en el mismo cuaderno, para volverlos a leer, ya en
familia, ante los elocuentes comentarios acerca del escritor
fantasma por parte de la timada sexagenaria. |
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Por eso nunca tuve el terror de la página en blanco, que ataca a tantos escritores, en especial de los medios de comunicación, que son los que tienen el compromiso de parir a una hora fija. Todo lo que uno ha leído vuelve a salir con otras palabras hacia otros ojos, como todo lo que uno vive ya lo vivieron en la ficción otros personajes.
Cuando comencé a hacer frases celebres expresé que no practicaba
la literatura como un oficio sino como un ocio, no para sobrevivir a todo sino
sobre todo para vivir, para divertirme, para jugar. No se si las vueltas de la
vida o los giros de la literatura me han cobrado la paradoja. Ahora debo
permanecer sentado tecleando para pagar el agua y el pan y los boletos del circo
y las zanahorias para el conejo. Cuando a uno no le pagaban nada por escribir y
escribía con toda irresponsabilidad lo que le daba la gana ¡qué divertido era!,
aunque a veces corriera el riesgo de ir a parar a la cárcel. Porque tiempos hubo
en que las palabras mal combinadas para el régimen gubernamental, académico o
religioso, nos hacían reos de terrorismo verbal y objeto de consejo verbal de
guerra. |
de Cristo. Que no es la rubicunda del Corazón de Jesús, sino la que he recibido en forma de cristal en mi corazón.
Yo quiero tener un millón de libros, cantaba parafraseando a Roberto Carlos. Y por mi abuela que los tendría, si no fuera por todos los que me robaron. Pero no me hago mala sangre. Yo también me robé unos cuantos, y cuando tuve dinero me devolví a pagarlos a las librerías afectadas. Algunas no me lo recibieron, por darle mayor crédito a mi inmerecida fama de mitómano.
Ya no escribo contra Dios ni contra el tirano. Ni en loor del bandido, del eterómano o del erotómano. Me contento con mirarme mover las manos por sobre las teclas ya borrosas de mi escritorio, errantes por el silencio. Mis manos transparentes de tocar todo lo que tenían que tocar, menos música.
Como nunca aprendí
otro idioma, me siento todo un señor castellano provisto de ocho tomines. Nada
amo tanto en el mundo como mi lengua. Con la que he llegado, llego y llegaré a
todas esas partes que también amo.
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