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Colombianos que no tienen principios, solo fines

Por:
Hernán
Riaño
Y el fin justifica
los medios, dice el adagio popular. Este hecho quedó reflejado el
pasado 13 de marzo, con las elecciones a congreso de la República y las
consultas presidenciales de las diferentes alianzas, coaliciones o
pactos.
Los rumores de fraude
fueron insistentes en los días previos a las votaciones, fueron
corroboradas en las horas siguientes, con muchas pruebas de ello. Lo
primero que se conoció fue la compra de votos en muchas zonas del país.
Donde el voto llegó a cotizarse muy alto. El periodista Daniel Coronell
fue uno de los que denunció como las maquinarias se impusieron en esta
jornada electoral. ¿Qué principios se le puede pedir a un colombiano
envuelto en la miseria causada por los mismos que le compran el voto
para seguir con la explotación del país y dominio de la nación? Este
ciudadano, que tiene una familia que mantener, que come una sola vez al
día y que nunca ha sido favorecido por el estado, no tiene otro remedio
que vender su futuro a cambio de unos pesos, no lo justifico, es
deplorable, pero esa es la realidad. El fin de esos politiqueros es
mantenerse en el poder.
Con los resultados
del pre conteo, conocidos, básicamente el lunes a primeras horas, hubo
consolidación de las sospechas de fraude, el candidato al senado Cesar
Pachón, quien con su equipo descubrió que, en 29 mil mesas, la
Registraduría no había reportado ningún voto por el Pacto Histórico. ¿De
esa magnitud fue el fraude? ¿29 mil mesas! A Pachón, la Registraduría,
lo había dado como senador el domingo y pocas horas después, lo
“bajaron” de la curul. El pacto Histórico encontró el fraude en un
recuento de votos en los que es posible recuperar la curul de Pachón y
otras más.
Hay reacciones
encontradas. Hay personajes apocalípticos que consideran que es una
derrota catastrófica. Esto se sabía que iba a pasar, o es que en que
país creen que viven, ¿gobernado por quienes?, personas que para
conseguir sus fines hacen todo lo necesario y no escatiman recursos ni
medios para lograrlo, legales o ilegales. Todavía hay ingenuos que
creen que Colombia es una democracia, ¡la democracia mas perfecta de
América! Pero el país está cooptado por todo tipo de carteles que no
quieren soltar la teta del estado. Gustavo Petro dijo recientemente que
Pablo Escobar se le quedo en pañales a Alex Char, “porque Escobar no se
robaba la plata del presupuesto”.
Otros están eufóricos
por la cantidad de curules alcanzadas y hacen cuentas para ver logra la
gobernabilidad. Lo cierto del caso es que, si hubo un avance, que el
uribismo ha perdido
poder y que este podría ser un primer paso para garantizarle una vida
digna a los colombianos.
La otra faceta que se
vio con los resultados, es una cantidad de personas que querían ser
candidatos por el Pacto Histórico y por el proceso mismo no lo lograron
que salieron a manifestar su “alegría”, por la “derrota” del Pacto con
el argumento de que con ellos si hubieran logrado un mejor resultado.
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No quisiera estar en
los zapatos de Gustavo Petro ante una posible presidencia, pues no
solamente va a tener que aguantar se la arremetida de una derecha ultra
conservadora muy ofendida por la derrota, con unos medios de
comunicación muy poderosos económicamente y unos partidos políticos
unidos en el congreso para bloquearle cualquier iniciativa, como ocurrió
cuando fue alcalde de Bogotá, sino a unos “militantes radicales” que
serán su peor enemigo, porque si o porque no, no tienen razones, solo
instinto.
Unos pocos tienen
principios y muchos solo tienen fines.
“Pseudo intelectuales” y polarización,
buena salud social

Por: Carlos Alberto
Ricchetti
A menudo, suelen encontrarse personajes que frente a una impotencia
producto de sus limitaciones intelectuales, de la actitud criminal de
negar la evidencia, aunque en el fuero íntimo la reconozcan, se
encolerizan ante la verdad de los argumentos incontratables para apelar
al descredito del contradictor.
Después de largos análisis sobre tal disyuntiva, de volver una y otra
vez atrás para reconocer cualquier error, apartar ciegamente el mínimo
sentimiento de culpa por alguna injusticia cometida “de palabra, obra u
omisión”, como cita la oración del “Yo pecador”, pueden advertirse
similitudes con la infaltable vecina chismosa del barrio.
No se trata de hacer un comentario de mala fe, ni de comparar a quienes
gustan rebajarse en lo más bajo de la cotidianidad, al punto de hacer
comentarios de terceros por no tener vida propia, con verdaderos
“artesanos de la palabra” que, al margen de la ignorancia, del grado de
mala intencionalidad, buscan superarse a sí mismos tratando de manipular
a otros.
Sin embargo, existe una condición innegable descartando la posibilidad
de establecer un ofensivo retrato paralelo porque, en definitiva, nadie
es completamente igual a nadie a pesar de poseer características
similares, como errores comunes o virtudes hay entre todos los mortales.
El chismoso odia al que no se hace eco del comentario, de una
vulgaridad, del señalamiento despectivo sobre alguien. Se siente
aburrido, ofendido y ni hablar si para su desgracia, se llega a topar
con un interlocutor más directo de lo usual, mandándolo “de paseo” como
si fuera poco.
Igual le ocurre al ignorante, al arribista; al mentiroso, diciendo
sufrir, pero es incapaz de hacer algo por los demás o él mismo para
dejar de hacerlo, así como el fabulador, auténtico profesional del
discurso leproso, impositivo, vacío, que no soporta el mínimo análisis y
como su dueño, parece gozar con la caída de aquel cuyo único pecado, es
intentar vivir dignamente.
Pregoneros
La suma de los extremos es siempre mala, excepto para rechazar el relato
alevoso e
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infundado de los funcionales gratuitos de los intereses gigantescos de
aquellos beneficiándose de cuanto es injusto, gracias al accionar de
pobres infelices sin recibir siquiera los huesos a cambio de su
infatigable labor.
Por más sólidas que sean las bases del poder, los resortes de los
poderosos, como el dueño de la fábrica precisa del esquirol barato,
aunque en el fondo lo odie por traicionar a los suyos, necesita, al
decir de un querido amigo, del “menesteroso con guayabera”, haciendo
ostentación de riqueza disimulando los bolsillos rotos.
Del retrógrado, para el cual el progreso es malo, la abundancia de
bienes materiales a cambio de impuestos, “asistencialismo” o llama
“alimentar vagos” al subsidio, mientras calla cuando los ladrones de
guante blanco, holgazanes si los habrá, tienen el centenario privilegio
de acaparar los negocios del estado, además de vaciarlo, pretender
destruirlo, salvo a la hora evadir sus millonarias deudas privadas.
Pero el máximo peligro lo representa el perverso, el criminal
incondicional, defendiendo de antemano lo incorrecto. Un genuino enemigo
social, gustoso de romantizar la pobreza, de vender la desigualdad como
superación, al ponderar el mal de muchos a través del sufrimiento
crónico para supervivir con lo justo lleno de obligaciones, carente de
derechos, marginados a disfrutar de la vida, víctimas del “culto a la
eficiencia”.
Síntoma
Según los antiguos griegos, los “politikon” eran los hombres preocupados
por el rumbo de la sociedad, las inquietudes de los ciudadanos, los
grandes problemas nacionales. Lo contrario eran los “idiotas”, a los
cuales el genial poeta y dramaturgo alemán Bertholt Brecht llamaba
“analfabetos políticos”.
Hasta el momento aún no hay palabra a fin de definir a los empeñados en
tergiversar, ocultar, calumniar, rendir culto a la mentira, venerar
falsos ídolos, pontificar delincuentes, hacer el juego a los corruptos,
a los abusadores, a los asesinos, a nombre de una libertad de expresión
e ideología que desprecian por no ser democráticos, quedando en
evidencia cuando “les cantan la tabla” y se emberracan al no lograr su
funesto propósito.
De allí a que la polarización no es tan mala. Es la señal inequívoca de
una sociedad comenzando a despertar, harta de tragar basura, de “comer
cuento”, exigiendo una cualitativa dosis de dignidad, vivir con la
frente alta consumiendo cuanto produce, al interior de escenarios
proclives a satisfacer las necesidades del cuerpo, del espíritu, del
alma.
De tal modo, no sería vano ahondar en un grado de desarrollo
psicológico, intelectual o social, cuyo valor sea proporcionar al
rechazo colectivo de estos serviles emisarios de la subordinación
gratuita, la putrefacción de la ética, la miseria humana y el odio
visceral a los que no representan dichos antivalores porque los soportan
como el perro a la cebolla.

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