Bogotá, Colombia -Edición: 316 Fecha: Viernes 15-04-2022 |
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Columnista |
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El beso. Dibujo de Diego
Pombo En el Día Mundial del Beso
EL BESO EN LOS LABIOS
Jotamario Arbeláez Imagen de Diego Pombo
El último beso me lo dieron ayer y comenzó en los labios. Amparo Grisales Cuando era todavía niño, tímido e inexperto, entre los 11 y los 13, aún sin largarme los pantalones, se acostumbraba entre los vecinos del barrio de esas edades, por los tiempos de Navidad, apostar unos aguinaldos a lo que se llamaba El beso robado, consistente en sorprender a la chica, o ella a uno, en descuido, y chantarle en cualquier parte del rostro, comenzando por las orejas, los cachetes, la nariz o la propia boca, un beso en que se refregaban ansiosamente los labios.
Casi siempre se hacían las ofendidas por el asalto y, malas perdedoras, después no regalaban nada. Pero así fui perdiendo la timidez y me fui preparando para lo que a todo hombre lo está esperando.
2 Me inicié de verdad en las prácticas del baboseo en las salas cinematográficas que en ese tiempo se llamaban teatros, en el San Nicolás, el Sucre, el Belalcázar, el Avenida y el Rialto que no tenía techo, en la chasqueante ciudad de Cali, mirando con la pareja, desde las últimas butacas de palco porque nadie mira para atrás en una película, cómo lo hacían los protagonistas y tratando de emularlos. Mis chupatrompas preferidos del celuloide eran Clark Gable, Víctor Mature, Humprey Bogard, Burt Lancaster, Tyron Power, y Tony Curtis, que era más bien mordelón. Claro que primero había que mirar a la chica en la oscuridad, al amparo del oscilante chorro del proyector, y si ella al mismo tiempo miraba, era imperioso el choque labiodental.
Primero suave, sola la pose de labio sobre labio, luego el refriegue, más adelante la apertura y la introducción de la lengua, el refregamiento bífido, el paseo por el cielo del paladar y un ligero roce de esmaltes. |
La mano al pecho, primero al seno izquierdo con la derecha, luego al derecho y, si el escote lo permitía, sacar uno tras otro el seno del brasier complaciente , acariciarlo suavemente con la palma de la mano y con el pulgar y el índice cada pezón antes de besarlo a su vez.Entretanto la mano al muslo que va subiendo lenta desde el borde de la rodilla para ver de terminar, si no había la protesta de la mano de ella poniendo el freno –lo que implicaba volver a empezar con más tacto–,
hacia esa cálida franja que iba del borde de la media de seda hacia la boca de sombra de la entrepierna. Cuando se lograba llegar al encaje de los cucos que salvaguardaban la cuca, estaba la batalla ganada, dependiendo de la destreza de las yemas del pulgar y del corazón. Hablo de cuando las medias se sujetaban con un par de ligas, antes de la invención del liguero, que todavía era permisivo, y de la más fatal para el masturbador silencioso de la media pantalón que acabó con todo. Para evitar la atención defensiva antes de la toma de posesión de la zona, que una vez alcanzada no tenía pie atrás antes del momento culminante de la película, había que mantener los besos continuos con desplazamientos de la lengua puntuda a la oreja hasta casi alcanzar el tímpano y la parte lateral del cuello perfumado que en la oscuridad es más sensitiva.
3 Logré perfeccionar este arte del besuqueo –hablo de los años 56 al 62– en los bailaderos populares con las jóvenes obreras de la industria textil, tipo La Garantía, que al terminar el bailoteo las madrugadas de los sábados se quedaban con uno en pensiones de 4 pesos, y con las prostitutas de la zona de tolerancia, Acapulco, el Tíbiri-Tábara, Siboney, Milancito, el Farolito, el Danubio Azul, para quienes era preferible el hombre que las excitara besándolas al que sólo las besara follándolas, (era impajaritable que a una cortesana la descrestaba más fácil un buen osculeador que un buen tirador), al son del mambo, el merengue, las guarachas y el cha-cha-chá, en los momentos en que las parejas luego de los pasos despegados se juntan y bien amacizados amagan el introito a la fornicata.
En mi caso eran unos besos eternos, con los rostros en X, que duraban hasta que los demás bailarines se retiraban a sus asientos y empezaba el próximo disco de la Wurlitzer acompañado por el baterista encaramado encima de ella, quien era además un mago malabarista con los palillos.
4 Había los besadores profesionales que encontraban en el mero achuchar el principio y el fin del gozaderal. Y los que lo que buscaban era calentar a la pareja hasta terminar ensartándola. El impulso emocional obedecía a la atracción súbita con la pareja desconocida de la mesa vecina con quien hubo un cruce previo de miradas abrasadoras,
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Porque de la emoción en los labios se pasaba a la permisividad de brillar chapa, como se decía al escandaloso restregar de los genitales, en una parodia del coito que exacerbaba a toda la sala, en particular al parejo titular de la descomedida percanta, que en ocasiones se allegaba a la pista, la tomaba del pelo, la lanzaba escaleras abajo y volví a la mesa a terminar su cerveza. Se respetaba la convención de que en estos casos no habría pelea entre los machos porque tales disputas por putas solían derivar en colectiva trifulca con muertos y malheridos y el combo conducido en radio-patrullas a la Inspección. No le quedaba a uno de otra que sacar a bailar a otra. Y así ad nauseam. Hablo de los bailarines de baja estofa, apenas haciendo el curso para amantes latinos en lugares arrabaleros pero no frecuentados por hampones de categoría, que asistían a lugares más cotizados. Y quienes sí sabían hacer respetar a las damas, así no fueran las de su consumo particular. Los bailarines cancheros se entregaban a la destreza de sus piruetas como la caída de la hoja y la tijereta, a la manera de los actores mexicanos Resortes y Clavillazo, hasta poner a la audiencia de pie celebrándolos con hurras y risotadas.
5. Afuera del bar o cabaret o burdel o pornoseadero el beso se expresaba en otros rituales: no faltaban los excelsos chupadores de trompa por el placer en sí mismo, que no tenían interés en un paso más, muy diferentes de los que utilizaban el beso como trampolín para la clavada. Tuve la suerte de que mi amante primera era recién separada y me adoptó como chupaflor. Y así fui profundizando en el jardín de los deleites del besuqueo. Diany se llamaba y me llevaba diez años y al cine y al hospedaje. Me inicio saludándome con un pico, o piquito, que era el contacto sin lengua, solo de labios proyectados sobre otros de igual figura, pero no por ello menos alborotador. Y pasó al beso mordelón, ya ad portas de la encamada, que fue su forma agresiva de tomar posesión, pues lo dejaba a uno con el labio partido para que no se le ocurriera besar a otra. Y de allí pasamos al beso francés donde, más que los labios, las lenguas de los besucones interactúan. También me instruyo en el beso en la oreja, que despierta zonas erógenas de todas partes del cuerpo, eriza, petrifica, electriza. Y en el beso en el cuello, chupetón, donde después de la aspiración draculesca quedaba una marca roja que se iba tornando morada. Similar podía hacérsele desdeñando el buen gusto en el interior de los muslos. Y el beso en la nuca que hacía vibrar, con el que se celebraba y enaltecía la sumersión internalgatorial cuando se llegaba a lograrla. La última vez que la vi me dijo que mañana me iba a introducir en las profundidades del beso negro. Pero ese día se me apareció la modelito Marlén meneando la cola. Yo ya estaba adiestrado para todo lo que viniera. Y es en este punto donde la historia comenzaría a ponerse buena[i].
La montaña mágica, Enero 2019 - Dic. 2020
[i] Lo malo es que a estas alturas de la vida, a los 80 evocando los 20, aunque me sobran alientos y memoria para acabarla, no soportaría la censura.
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