Bogotá, Colombia -Edición: 325 Fecha: Viernes 06-05-2022 |
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Columnista |
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La matanza de la Casa Liberal
Por: Jotamario Arbeláez
Adelfa ha salido en la camioneta de Cicolac con su querido Picuenigua y me han llevado consigo de paseo por el campo. Jorge nos va señalando por el camino las regiones donde ha habido matanzas, que los periódicos titulan genocidios por ser tantas las víctimas. Estamos a dos pasos del holocausto. Comentan espantados la candidatura del "Monstruo" a la presidencia de la república, de Laureano Gómez para suceder a Mariano Ospina. Los campesinos huyen de los campos de exterminio y por eso hay tantos “exilados” en las ciudades. Ahora la violencia será peor. Comienzo a cogerle ojeriza al campo. Para cambiar de tema y ser más amables con el niño, la tía me muestra una sangrienta caída de sol y me pregunta si sé el nombre de ese fenómeno celeste. Arrebol, digo todo orgulloso.
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A lo que ella me contesta a mansalva: ¡Comé mierda con frisol! Y estallan las risas. Se me arrebola la cara de la vergüenza, y el rencor que había empezado a sentir por el campo se me hace extensivo a la naturaleza entera -con todas sus gloriosas constelaciones-, y a las palabras que la nombran. Y empieza mi antipatía por la rima.
Al llegar a casa la abuela se está arreglando para asistir a la Casa Liberal donde está noche hablará Hernán Isaías Ibarra y otros líderes. Mi papá no puede ir porque tiene que entregar un vestido y Picuenigua descubre a un ladrón en el entejado, carga su escopeta y se sube a perseguirlo toda la noche.
Subimos de la mano por la doliente carrera cuarta, la abuela de traje negro y yo con uno de mis primeros pantalones largos, atravesamos el hospital de San Juan de Dios y doblamos a la derecha por la calle 16 donde en un lote vacío con una puerta diminuta en el muro, queda lo que se llama la Casa Liberal, una caseta de dos pisos con un balcón, donde se vienen presentando los ardorosos oradores liberales desde hace meses.
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A partir del asesinato de Gaitán, y luego de la consabida matanza de godos en el departamento, la cosa no está muy mamey para los liberales.
Estamos en las primeras filas gritando vivas al gran partido, recién terminada la oración de Ibarra, cuando se desgrana el tiroteo desde un colegio vecino, desde balcones de la cuarta y desde los propios muros de la casa. Partimos en estampía pisando muertos, entre ellos al doctor Ibarra que se está haciendo, los líderes primero resguardados por sus guardaespaldas, yo escondido entre el chal de la abuela, y logramos colarnos en la cantina de la esquina, que una vez está llena cierra sus puertas y las tranca con muertos. Nos metemos debajo de una mesa y detrás de guacales de cerveza, a rezar el Señor mío Jesucristo, no sé por qué. Las balas entran al recinto por las ventanas y a un señor que nos protege con su cuerpo se le incrusta un balazo en un muslo. Es un ataque de los chulavitas con sus revólveres, pero comentan que se ha dado aviso al ejército para que acuda en defensa de la ciudadanía. Demora una eternidad, mientras siguen cayendo muertos. Al fin llegan y dominan la situación, enviados por el coronel Gustavo Rojas Pinilla. Es la segunda vez que oigo hablar de este tipo.
Estoy seguro que los muertos no alcanzaron a ser tres mil, ni los tiraron a todos al río Cauca.
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