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Los ídolos idos

Por:
Jotamario Arbeláez
Hace 45 años murió Gonzalo Arango, de 45. De 45 murieron también
Amílcar Osorio y Darío Lemos, fundador e integrantes de ese
movimiento ilusorio que se denominó Nadaísmo
y que no ha periclitado luego de 64 años porque como nunca se
definió -así se quejaran los camaradas y los editores de
diccionarios-, nadie supo qué era ni adónde iba.
Tal astucia lo salvó de la quiebra de las ideologías. Los que
quedamos andamos por la ochentena y cada vez que nos sentamos a
la mesa pensamos en esa cena inconmensurable de la que el
doliente de Dariolemos hablaba.

A los 80 y 1 piquitos de mi existencia, consagrada desde los 18
al cultivo del espíritu filosófico nádico, esa especie de
alquimia que nos permitió transustanciar nuestras cagadas
literarias en oro puro,
en mi retiro de las montañas azules me siento sobre la llamada
piedra del cansancio, acompañado de mis dos caninos carnívoros,
Dina y León,
a remembrar esa aventura de muchachos desnivelados y rebeldes sin
cauce que los jóvenes de ahora celebran en Colombia y el mundo
bajo el nombre de La Internacional Nadaísta/Nadaísmo en
Todaspartes, comandada desde New York por Michael Smith con su
archivo de los tesoros,
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cuya novena versión acaba de celebrarse en el Eje Cafetero
dirigida por Wahider Cardona, y en Santa Elena de Medellín por Andrés Uribe
Botero y Sarah Beatriz.
Y Fabián Paz y Manuel Moreno preparan las de Cali y Bucaramanga.
Con videos de celebración a la vida y la obra de los inmortales amorales caídos
y con lecturas de jóvenes seguidores o perseguidos por “el inventico”, por el
que desde un principio nadie apostaba un centavo de trascendencia. Nos tocaba
cantar derrota.
Qué pandilla formamos alrededor del Profeta Gonzaloarango y su carnal Amílcar
Osorio, con epicentros en Medellín y Cali, como después nos imitarían bergantes
más industriosos.
Qué opulencia la de nuestros flacos espíritus al estar contra todo,
contra todas las creencias e instituciones por puro instinto, así no tuviéramos
sobre qué caer muertos, drogomareados o borrachos de sueño.
Éramos la locura en conserva. Habíamos perdido la razón en los
casinos de la Academia. Hasta contra Dios nos fuimos de bruces, con el
irrefutable argumento de X-504 de que “Dios existe, pero nosotros también
existimos”.
Gonzalo había cometido la inocentada de gritar mirando al cielo en
la isla de Providencia: “Dios no existe”. Y, según lo cuenta en sus confesiones,
había recibido como respuesta: “¡Ok, Gonzalo, con eso basta!”. X le corrigió que
“con eso basta” sobraba.
Media hora después le aparecería Angelita, caminante descalza del
eterno retorno, quien le pondría en las sandalias del pescador.
Con cada uno de estos discípulos del evangelio de la nueva
oscuridad anduve largos y cortos trechos, buscando con nuestras conversas que
los atajos fueran más largos.
Algunas oraciones gramaticales de mis ídolos idos me quedaron
talladas en el corazón de piedra:
“Pateamos la piedra tumbal y resucitamos. Llegó la hora de bautizar
la tierra con una nueva barbarie purificadora”, Gonzalo;
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“Somos santos un poco extraños que por boca de hombres profetizan la oscuridad
nueva”, Amílkar;
“Ya tengo mi silla de ruedas. Y ya tengo mi gangrena”, Darío Lemos;
“Haz el ridículo, pero hazlo bien hecho”, Elmo Valencia;
“Qué va a saber el reloj en qué horas anda uno”, Humberto Navarro; “,
“Éramos el más oscuro yacimiento de palabras, agua podrida de cualquier
florero”, Alberto Escobar;
“Dios es grande como King Kong”, el Gigoló de los dioses;
“La vida resplandece hasta que se va”, María de las Estrellas;
“A un joven que escribe poemas hay que tenerle lástima. A un viejo que escribe
poemas hay que tenerle miedo”, Jaime Jaramillo Escobar;
“Éramos inmortales y todos teníamos absoluta fe en el triunfo. ¿Acaso Jesucristo
y Fidel no empezaron las suyas con doce?”, Jaime Espinel.
Como se ve, los nadaístas hubiésemos podido ser más famosos que Jesucristo y los
Beatles juntos, pero no tuvimos los recursos del primero ni el desprendimiento
de los segundos.
Ahora, en vez de cantar u orar, bendecimos.

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