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EDITORIAL
Precios de la canasta familiar, el dolor de
cabeza de los colombianos
Es una realidad que, en estos últimos meses
debido a la inflación nacional y otros factores externos, los
colombianos en su mayoría se han visto en la obligación de
disminuir su calidad en la alimentación.
Debido a esta inflación que padecemos los colombianos, hoy en
día se puede comprar la mitad de lo que anteriormente se
compraba con $200 mil pesos. Lamentablemente hoy en los hogares
colombianos consumir carne es un lujo que solo se puede hacer de
manera esporádica.
Una característica, de las familias de bajos recursos económicos
consistía en reemplazar la carne por huevos para el consumo
diario, pero gracias a esta alza acelerada de precio, ni
siquiera consumir huevo es rentable para el pueblo colombiano
teniendo en cuenta que en el transcurso de este año este
producto aumentó su precio en un 100%, pasando de $300 pesos a
$600 pesos.
Productos como los tubérculos, las frutas, enlatados, el pollo y
el pescado aumentaron su precio de manera considerable,
afectando el bolsillo de los colombianos. Es por esta razón que
muchas personas temen que la nueva reforma tributaria con la que
se busca recaudar unos 50 billones de pesos toquen los bolsillos
de los ciudadanos de a pie.
Este incremento desmedido de los precios en Colombia no puede
seguir aumentando porque las familias no soportarían motivo por
el cual se hace necesario que el Gobierno entrante encuentre la
estrategia indicada para no permitir que se siga incrementando
el costo de vida de los colombianos, porque ya suficiente
tenemos con un 19% de I.V.A que es uno de los más altos de
Latinoamérica.
La canasta familiar es sagrada para las familias colombianas y
debe de estar libre de otro tipo de impuestos porque se trata de
una necesidad básica para su subsistencia, y mucho más si se
trata de familias que se encuentran en condición de
vulnerabilidad.
Garantizar el acceso a la alimentación debe ser una prioridad
que el mismo Estado debe garantizar, por eso los programas de
como comedores escolares y comunitarios deben seguir estando
vigentes en todos los departamentos del país.
Es importante tener en cuenta que la donación de alimentos que
se desperdician deben ser mejor aprovechados, motivo por el cual
se debe crear una red para recopilarlos y distribuirlos de
manera más organizada y eficiente, garantizando que esta
alimentación llegue a personas que realmente lo necesitan.
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Los electores son los dueños del poder

Por: Zahur
Klemath Zapata
zkz@zahurk.com
Los pueblos están acostumbrados a ser vasallos de quienes
manejan las riendas de las naciones. Esta es una costumbre muy
primitiva arraigada en la conciencia de los seres humanos. Fue
válida hasta que el individuo comenzó a conocerse y a entender
su rol en la naturaleza.
La falta de conocimiento, y no de cultura o educación es la que
hace que el ser humano pueda manejar su condición, es la
capacidad analítica y de razonabilidad que le permite entender
cómo actuar frente a los hechos de la naturaleza y sus
congéneres y así superar hechos que le son adversos y le
permiten vivir en plenitud.
Los hechos políticos son circunstanciales y están limitados
hasta que el pueblo se subleva y cambia el orden que se haya
establecido. Esto ya está demostrado en el último siglo. Donde
los políticos se mantienen más afincados es donde las sociedades
están divididas y hay un poder militar manteniendo a quienes
están en poder.
El poder está en los electores porque son los que definen
quienes van a quedar entronizados. Pero en todo hay un pero. Y
ese pero nace cuando la sociedad se siente amenazada en su
estabilidad económica y de bienestar.
El caso de Colombia es particular por tener una tradición
conservadora y ha actuado bajo presiones religiosas y creencias
que no permiten liberarse de ideas ancestrales y este hecho los
hace ser más violentos para poder reprimir esos fantasmas que
los acechan.
A través de todos estos años se ha venido construyendo dos
sociedades que se han alambicado sin mezclarse por las
directrices que le han imprimido quienes han estado en el
gobierno. Han creado los estratos sociales como si el país fuera
una monarquía y lo que es, es una mezcladora genética de todo lo
que ha llegado por azar o por circunstancias que ni ellos mismos
saben que fue lo que pasó. Porque no es una raza definida ni un
derrotero que marque que es lo que va a pasar en el próximo
siglo.
Todos estamos marcados de una o de otra forma y los que llegan
ya traen sus mezclas que van a ser parte de este cocinarse
genético.
Al final todo esto apresura a que quienes piensen gobernar,
vendrán sorpresas nacidas de todos esos intereses económicos que
se han creado en las últimas 5 décadas y cambiar esa cultura no
se hace en un cuatrienio sino con administradores que entienda
tanto la parte social como económica.
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Crónica de Gardeazábal #465
TODAVÍA QUEMAN LOS LEPROSOS

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Audio:
https://www.spreaker.com/episode/50787671
En un acto miserable, sólo explicable, pero no entendible, un
grupo de colombianos le pegaron candela a la casona museo del
leprocomio de Contratación, en Santander. Creían ellos,
ignorantemente azuzados por el misterio que renació con el
covid, que la lepra todavía se contagia con las cosas y que la
peste podría volver a renacer sino la quemaban.
Fueron tales las historias de la lepra que nos inculcaron desde
la eternidad del ser humano hasta la segunda mitad del siglo 20
que apenas acepto que haya compatriotas tan escasos de seso. Las
leyendas de la lepra se pasearon por las páginas de la Biblia y
por las tradiciones romanas que el mundo medieval iba a ajustar.
Fue de tal extremo el pánico, la persecución y el tratamiento
discriminatorio que dieron todas las sociedades a quien sufriera
lepra, que la literatura y la tradición popular quedaron llenas
de ese repudio mayúsculo.
Como hace 70 años la humanidad se
fue olvidando de los leprosos porque encontraron los
medicamentos dapsona y rifampicina, también dejaron de ser
leprocomios en Colombia los dos pueblos que fueron declarados
como tales y sirvieron para aislar a las personas que sufrían el
llamado mal de Hansen: Agua de Dios en Cundinamarca y
Contratación en Santander.
Allí residió la imagen del extremo marginamiento, las
injusticias y las atrocidades contra los leprosos. Oír de niño
sus leyendas era peor que terrible. Las monedas que circulaban
en esos pueblos no eran las monedas del resto del país.
Las prevenciones y escrúpulos, las
verjas y cercados para que nadie entrara ni saliera. Las
angustias y las tragedias que los enfermos de lepra contaban de
la vida en aquellos dos sitios de la geografía podrían llenar
muchísimas páginas de los libros que alcanzaron a inscribirse.
Yo oí de la boca de Sylvia, la sobrina de mi abuelo, sus
versiones dolorosas en el Tuluá de mi infancia sobre Agua de
Dios, sobre el retén que había a la entrada para controlar a sus
habitantes y las dificultades para conseguir permiso que
permitiera ingresar a visitar un pariente.
Como yo estudiaba donde los
salesianos, quienes cuidaban de los dos leprocomios, el mito lo
crecían diariamente en mi mente y cuando recién se levantó el
veto, la vida me permitió conocer al inolvidable holandés Paul
Van Hassel, que trabajaba en una misión internacional en los
leprocomios y allá fui a dar a conocer Agua de Dios a comienzos
de la década del 70.
Ya el cerco estaba levantado, las monedas eran las del resto del
país pero la marca de las heridas no cicatrizadas en los codos,
las narices, las puntas de los dedos o las llagas en las
piernas, todavía eran visibles.
Mucho más notorio era la huella
psicológica y social, que me detallaron en la casa donde vivió
refugiado y murió el más grande músico de comienzos del siglo
pasado en Colombia, el maestro Luis A Calvo. Todo ello ha venido
a mi memoria cuando viendo arder en la tv la casona del
leprocomio de Contratación entendí que en este país hay quienes
no entienden todavía.
El Porce, agosto 2 del 2022
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