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La verruga

Por:
Jotamario
Arbeláez
Para Ana Lu

En un tiempo estuve dedicado de lleno a la
hechicería, a la nigromancia, al ocultismo y la magia negra.
Quería que mis
deseos, pretensiones y hasta caprichos tuvieran cumplimiento
inmediato, y no esperar a graduarme para comenzar a buscar
futuro.
Había
leído deslumbrado Las clavículas de Salomón y las Centurias de
Nostradamus
y me había
sumergido en las vidas alucinantes de Simón el Mago, de Apolonio
de Tiana, de Cornelius Agrippa, de Merlín, de Paracelso, de
Cagliostro, de Eliphas Levy, de Papus y del Conde de Saint
Germain.
Me hice amigo de un cura de la parroquia de Santa Rosa
que en sus ratos libres se entretenía practicando las artes
maléficas,
y las
aplicaba conmigo para hacer efectivas mis anheladas conquistas
de vírgenes necias,
embadurnándome todo el cuerpo con un bálsamo compuesto de
elementos viscosos,
de los
cuales recuerdo los nombres mas no la fórmula, para que no
vayáis a caer en la tentación de imitarme y salir pifiados:
engrudo de
cardamomo, acónito, belladona, cicuta, ruda y eneldo, enjundia
de gallina y baba de perro negro.
Estudiaba por entonces el cuarto de
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bachillerato en Santa Librada College,
donde a todos maravillaba por mis
facultades extrasensoriales producto del acceso al conocimiento secreto.
Sabía por ejemplo lo
que me iba a contestar cada persona a cualquiera de mis preguntas, y si quería
que me diera otra respuesta cambiaba el énfasis y tal cual término.
Igualmente para las
argumentaciones más difíciles tenía un recurso que consistía en el retorcimiento
del argumento, lo que dejaba sin juego al opositor
ya fuera profesor, abogado o
acreedor.
Nunca perdía una partida de
ajedrez jugándola con una sola mano y nadie me ganaba haciendo carambolas de
retro
y en los lances de dados el
punto menor era el 5-5.
Todo el mundo pagaba mis
consumiciones como la cosa más natural de este tipo de mundos, casi que sin
darse cuenta, ya fuera en el bar, el casino, el restaurante.
Si bien nunca logré adquirir
la facultad de la metamorfosis para entrar en forma de gato a cualquier casa y
una vez en el cuarto de la requerida convertirme en el perro que era
sí dispuse de la telepatía
que me permitía contactarla en conciencia y espíritu a media noche y en su
cuerpo astral zamparle mi corrientazo.
Con X grado de concentración
óptica podía ver la ropa interior de la chica que tenía enfrente, otra de mis
gabelas solicitadas y gracias a Lucifer concedidas.
Al principio era una
delicia, pero a la larga se me fue volviendo un tormento. Muchas ni siquiera
usaban calzones. Dejé de ir a la casa para no enfrentarme a mi mamá y mis
hermanas.
Un día me apareció, a la altura de la segunda falange del dedo índice de
la mano derecha, muy a la vista de mis amigas que hacían muecas de temor y de
desagrado,
una pequeña verruga que fue
creciendo hasta alcanzar el diámetro de la cabeza de una tachuela
y no pude hacerla desaparecer ni restregándola con piedra pómez,
frotándola con ajos, ungiéndola con baba de caracol ni calcinándola con nitrato
de plata.
Supuse que podría ser obra de un
endiablado minúsculo que se moría de la envidia por mis poderes y me querría
aplicar el mal de ojo.
Entonces acudí a mi libro de
Opalski el Mago —que compré en la plaza de Santa Rosa en una edición rústica
española—, al que le puse toda la fe que había perdido para cosas más
venerandas.
Allí encontré el secreto infalible
para desaparecer las verrugas, remitido al Papiro de Ebers :
se tomaban tres pequeñas
piedras de río que se agitaban como dados contra la oreja, se iba hasta un sitio
por donde no se volvería a pasar en la vida y se arrojaban
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con toda la fuerza,
mientras se pronunciaban las palabra mágicas Hac pak, ensalmo que también
protegía de las mordeduras de perro.
El lugar elegido fue una
casa lujosa al pie del río Pance, donde a todas luces nunca tendría chance de
entrar. A su alrededor crecían sobre boñigas de vaca los hongos alucinantes, a
los que me tocaría renunciar.
Para mayor seguridad, al
otro día viajé a instalarme en Bogotá. Ese mismo día en el bus Galaxia de la
flota Magdalena descubrí que la verruga había desaparecido.
Pasaron cincuenta años y mis dedos capitalinos hicieron todo lo que
tenían que hacer sin el fastidio de la verruga.
Hasta que alguien se acordó
de que yo trabajaba la épica
y fui invitado con toda la
pompa a mi ciudad natal que es Cali, si mal no recuerdo, a leerlos en una
tertulia lírica.
Asistí con todo el
entusiasmo de mis años de nigromante. Con la diferencia de que hace tiempos
corté con las prácticas hechiceras,
con lo que logré salvar el
alma empeñada, desde cuando en la capital me lié con una maga por quien perdí la
conciencia y los superpoderes adquiridos con tanto esfuerzo
para risas de mis amigos que
comentaban con sorna: “¡Qué tal el pobre de Jotamario, tras de marihuanero ‘enyerbao’!”
Una vez logré liberarme de la Circe, por la intervención de San Nicolás y
del Padre Eterno, y de la suerte de animal en que me tenía convertido,
me he entregado a un
misticismo galopante con ligeras referencias al erotismo tántrico, que ha sido
del mejor recibo entre damas de cierta alcurnia.
Después del recital ante un público más que selecto y parco en aplausos,
me encontré debatiendo con
una de ellas acerca del fin del mundo anunciado por el calendario maya
y le dije que estaba
seguro de que de ésta no pasábamos.
Que lo mejor que
podíamos hacer era lo que sabemos, ante un mundo que daba todas las trazas de
terminar hecho trizas.
Estuvo tan de acuerdo que me
invitó a que la acompañara a su casa.
En su Audi blanco Q7 llegamos en
un volar a su residencia de Pance.
¡Qué casona, Dios mío, y qué
mujerona!
Me hizo ver el fin del mundo
por anticipado. Después de lo cual convine con que este mundo no tiene por qué
acabarse.
En la mañana creí distinguir en el jardín tres piedritas redondas,
recubiertas de lama verde. Extrañé los hongos sagrados, como si esa noche me los
hubiera comido todos.
Y en el Airbus 330 de
Avianca, de regreso a Bogotá,
descubrí con pánico que me
había vuelto a aparecer la verruga.
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