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Bienes públicos o mezquindad

Por: Guillermo Navarrete Hernández
El nivel de incredulidad que tienen las instituciones en Colombia por
los recurrentes fenómenos de corrupción, decidía de algunos servidores
públicos, la práctica constante del estupro por parte de quienes se
muestran como mansos corderos y salvadores para luego gobernar a
espaldas de sus electores e instrumentalizar la cosa pública a favor de
intereses personales, ponen de presente entre los ciudadanos la
inquietud de cuál es el verdadero papel del Estado frente a la
posibilidad de vivir en términos de calidad, lo que significa a su vez
contar con una serie de factores que contribuyan en ese propósito y que
de cierto modo debe garantizar el mismo Estado a través de sus
diferentes organismos.
Lo expuesto es objeto de eternas discusiones entre especialistas, las
que se convierten en teorías difíciles de entender para el común de las
personas. Sin embargo, es fundamental tratar de discernirlas para que
con base en las condiciones particulares del territorio determinar el
accionar que debe desplegarse a fin de lograr una transformación
positiva del entorno, la cual se da con base en el uso de diversos
instrumentos, que sin duda y así lo he manifestado en otros artículos,
es la inevitable intervención del Estado en la economía y el devenir
societal.
Según Guido Tabellini (2004, en cita de Acemoglou, Johnson y Robinson,
2001), algunos de dichos instrumentos de carácter macroeconómico que le
corresponden desarrollar fundamentalmente al gobierno nacional, son las
políticas monetaria, fiscal, cambiaria y externa, orientadas a contar
con una moneda estable, controlar los precios de bienes y servicios,
garantizar los recursos necesarios para los gastos de funcionamiento e
inversión estatal, y lograr un flujo de exportaciones favorable frente a
las importaciones.
Otros instrumentos que se emplean tanto en el ámbito nacional como local
son las políticas sectoriales, las políticas públicas o planes
decenales, los planes de desarrollo, los programas y proyectos, todos
con metodologías y mecanismos que deben conducir a la mejora del
escenario en donde se implementen, para cuyo propósito los recursos
monetarios (presupuesto), coordinación, articulación, eficiencia y
participación de todos los actores parte de estos, son vitales, los
cuales se materializan con lo que el autor previamente referenciado
denomina “bienes públicos” y que se definen como aquellos creadores de
valor, bienestar y que benefician a la generalidad -o por lo menos a la
mayor parte- de los ciudadanos,. Razón de ser de la actividad estatal.
Lo contrario se enmarca dentro de la mezquindad.
Lo importante, a mi juicio, no es tanto el tamaño del Estado ni su nivel
de intervención, sino de que quienes tienen a cargo el ejercicio de la
función pública, lo hagan con la aplicación de principios éticos,
transparencia, efectividad y empatía hacía sus semejantes los cuales no
gozan de dichos privilegios.
El falo de «El Jefe»

Por: Agustín Perozo Barinas
«Todos los hombres serían tiranos si pudieran». Daniel Defoe

Dicen que una
leyenda urbana, para ser tal, debe ser contada una y otra vez entre la
gente, o sea, ser popular. Dicho de otro modo: «Es una historia popular
moderna que se transmite oralmente como si fuera cierta aunque no lo es.
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Es un relato
perteneciente al folclore contemporáneo; se trata de un tipo de leyenda
o creencia popular, a veces emparentable con un tipo de superstición,
que, pese a contener elementos sobrenaturales o inverosímiles, es
presentado como hechos reales sucedidos en la actualidad». No sabremos
hasta qué punto la veracidad de la siguiente historia es, o no es...
Se abre el telón:
En el año 1915 Rafael Leónidas Trujillo Molina le solicitó al Dr. Ángel
Morales, médico de prestigio y perteneciente a la alta sociedad de
entonces, que le bautizara a su primera hija de nombre Flor de Oro. El
médico declinó ser compadre de Trujillo Molina...
Ya entrada la
década de los veinte, Trujillo era entonces un prometedor brigadier
(hoy, general de brigada), que soñaba con codearse con la alta sociedad
capitaleña. En un dramático evento, de esos que el destino nos impone,
le impidieron ingresar al exclusivo Club Unión de Santo Domingo por el
voto negativo de uno de los integrantes de la directiva. Cuando hizo la
solicitud se le echó bola negra, es decir, se le negó el derecho de
frecuentar los salones de ese club, porque no pertenecía a ese grupo
social.
El destino aún no satisfecho preparó otro escenario: en la ciudad de La
Vega, Trujillo pidió autorización para ir al baile del Club del Casino
Central en 1929, al que también se le negó la entrada. Esto afectó la
psique del tirano, hombre sensible y rencoroso, quien no olvidó aquellas
afrentas imperdonables.
En la mente de
aquel psicópata que gobernó la República Dominicana desde 1930 hasta su
ajusticiamiento el 30 de mayo de 1961, un desaire a su persona podría
ser una condena de muerte.
El Club Unión fue
desmantelado por órdenes de Trujillo ya embriagado con el poder
absoluto. Posteriormente, en consecuencia a la ofensa, fue asesinado don
Nino Gómez, presidente del Club.
El hecho de
sangre ocurrió en la calle Mercedes esquina Duarte, en la casa del
ciudadano alemán John Abbes, abuelo del temido jefe del Servicio de
Inteligencia Militar (SIM) desde 1958 hasta 1961.
El recuerdo de los presentes en aquella aciaga sesión en el Club nunca
esgrimieron, después de 1961, que Trujillo fuera objetado por su origen
social. Recordaron, en cambio, informaciones tal vez imprecisas pero
insistentes, de acciones de abigeato y violaciones, cometidas en sus
días de oficial subordinado.
En un heroico intento para liberar al país de aquel leviatán que iba en
ascenso, tres hermanos de apellido Perozo, santiagueros de ascendencia
venezolana, junto a otros decididos compueblanos, urdieron emboscarlo en
1932. Fracasó la trama, fueron perseguidos y ejecutados luego de
enfrentamientos a tiros con miembros del ejército. Muchos otros miembros
de esa familia santiaguera fueron asesinados a lo largo de toda la
tiranía: https://acento.com.do/opinion/siete-al-anochecer-14-8631974.html
Trujillo sabría desde ese año que los Perozo eran sus enemigos en acción
y estos querían su cabeza, literalmente.
La ciudad de Santiago de los Caballeros, así como todo el país, se
doblegaría ante un déspota sanguinario durante tres décadas.
No entendieron a Séneca: «Tu poder radica en mi miedo; ya no tengo
miedo, tú ya no tienes poder». A ello se le sumó la ignorancia y el
servilismo. Algo similar a los alemanes con Hitler y los italianos con
Mussolini, entre otros muchos ejemplos en la historia universal.
Como retaliación divina, esos mismos seguidores "incondicionales",
cuando llega la derrota se vuelven contra sus líderes como nuevos
enemigos. En «Orgullo y prejuicio», Jane Austen lo simplificó: «A poca
gente quiero de verdad y de muy pocos tengo buen concepto. Cuanto más
conozco el mundo, más me desagrada, y el tiempo confirma mi creencia en
la inconsistencia del carácter humano y en lo poco que se puede uno fiar
de las apariencias de bondad o inteligencia».
Conjeturan algunos cibaeños que Trujillo llevaría como herida eterna
aquellas humillaciones en el Club Unión de Santo Domingo y en el Casino
Central de La Vega y legaría para la posteridad una mole alegórica a su
falo, el Monumento de Santiago, justo en el corazón de la República; un
símbolo de sí mismo como "Primer Macho Alfa" entre todos los machos
inferiores: https://acento.com.do/opinion/una-largada-de-lambonismo-9000654.html
Como argumento apologista y apañador está la versión de don Rafael
Bonelly de que la idea de construirlo surgió una tarde en que un grupo
de santiagueros lanzó la propuesta
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de erigir un
monumento en el cerro de Castillo, la colina más elevada de la ciudad.
El 30 de abril de 1944, la entonces gobernadora de Santiago de los
Caballeros, Isabel Mayer (montecristeña), realizó el primer picazo para
su construcción. En ese entonces rondó vagamente la idea, a raíz del
centenario de la independencia, que sería un monumento para conmemorar
la gesta independentista, para "guardar las formas".
El proyectista del monumento fue Henry Gazón Bona, mayor del Ejército
Nacional e ingeniero arquitecto, educado en París. El ingeniero Mauricio
Álvarez Perelló fue su constructor junto a su mano derecha, Julio César
Menicucci Rodríguez, maestro de obra.
Es una regia
edificación fálica y desafiante, una torre de unos 74 metros de altura
cubierta parcialmente en mármol de Samaná. Tiene una escalera con 365
peldaños (los días del año en la paz sepulcral de Trujillo), la cual
conduce al tope del Monumento, y sus columnas están diseñadas al más
puro estilo jónico (estilo arquitectónico clásico) donde se pueden
observar imponentes lámparas elaboradas con cristal de roca.
En el tope reposa una estatua con imagen femenina, que representa al
«Ángel de la Paz», a fin de rendirle honor a la paz que Trujillo logró
en el país (sin importar el costo en sangre). Otro objetivo era dar
lugar a los peregrinos provenientes de todas las partes del país a
rendirle culto a la obra y a la figura de “El Jefe”, como era conocido
el tirano dictador:
https://elnacional.com.do/trujillo-en-la-vida-social-de-santiago/
En una de las fachadas se erigió una estatua de Trujillo, de 12 pies de
altura y 4 toneladas de peso, vestido con toga universitaria sosteniendo
un pergamino de Doctor Honoris Causa, simbolizando al "Prohombre de la
paz, al Estadista y gran Maestro de civismo". Estaba montada en un
pedestal con la inscripción: «El pueblo dominicano a Rafael Leónidas
Trujillo, creador de la paz, genitora de progreso, justicia y libertad».
Luego del tiranicidio fue derribada por una multitud de más de cinco mil
personas, amarrándola a una camioneta.
Con la caída de la tiranía el monumento fue vandalizado, profanado y
convertido en un centro de prostitución y delincuencia. Surgió entonces
la disyuntiva de destinarlo a honrar qué o a quién. Más tarde ese mismo
año y por iniciativa del diputado por la provincia de Santiago, Mario
Abréu Penzo, fue proclamado como «Monumento a los Héroes de la
Restauración», anteproyecto aprobado y sancionado por el Poder Ejecutivo
el 29 de diciembre de 1961. Así se libró de ser destruido parcialmente o
saqueado completamente.
A partir de entonces, se iniciaría un largo proceso para desarraigar de
la memoria social el «Monumento a la Paz de Trujillo», e imponer en el
bloque mental colectivo el «Monumento a los Héroes de la Restauración».
Sin embargo, el falo de Trujillo, o su representación simbólica, sigue
erguido erecto en el cerro de Castillo, recordando a los dominicanos un
pasado que muchos desorejados no logran entender en su justa dimensión:
fue una prisión colectiva donde la delación, el miedo, el terror, la
sumisión como obediencia abyecta, eran la norma generalizada.
La superamos pensando rebasar las miserias heredadas de la tiranía solo
para sumirnos en otra larga era oscura: la partidocracia, que como
orfeón ateísta canturrea: «Comamos y bebamos que mañana disfrutaremos
con Plutón en los infiernos», la misma que en los últimos 56 años
(excluyendo el convulso lustro 1961 - 1966) ha convertido este país en
lo que cada quien quiere ver desde su propia óptica.
Se cierra el telón con una reflexión sobre el humano que crea y fomenta
sus propias desgracias: «¹El diablo es optimista si cree que puede hacer
del hombre algo peor. ²¿Es usted un demonio? Soy solo un hombre. Y por
lo tanto tengo dentro de mí todos los demonios». Krauss¹/Chesterton

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