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EDITORIAL
Brasil define su
futuro
En las pasadas elecciones presidenciales en
Brasil, correspondientes a la primera vuelta, las encuestas
fueron las grandes derrotadas. Durante meses pronosticaron un
triunfo amplio del exmandatario Ignacio Lula Da Silva y la
derrota del presidente Jair Bolsonaro.
El resultado de las urnas, evidenció una distancia apenas de
cinco puntos porcentuales entre el dirigente de izquierda y el
jefe de Estado candidato a reelegirse. Se demostró así que los
sondeos tenían un sesgo muy marcado y cercano a la manipulación
política. Fue evidente que las mayorías silenciosas, que no se
manifiestan en las calles, no participan de la turbulencia
colectiva ni se expresan en las redes sociales, se inclinaron a
la hora decisiva por una propuesta de derecha que defiende la
estabilidad política, institucional y económica.
Una cosa piensa la gente de São Paulo, con un desarrollo
industrial avanzado, y otra muy distinta quienes habitan zonas
más periféricas e incluso selváticas, por más que unos y otros
estén unidos por un fervor nacionalista y la convicción de hacer
parte de una potencia regional.
Todos saben que en las urnas está en juego garantizar la
continuidad de la democracia moderna y garantista que abandera
Bolsonaro o el riesgo de cavar la tumba de la libertad si vuelve
al poder un gobierno de izquierda, clasista y excluyente, con
tesis revanchistas y anacrónicas.
Es claro que el presidente-candidato y el exmandatario tienen un
lenguaje diferente para dirigirse a las multitudes. Cuando
Bolsonaro sostiene que el nordeste del país, que favorece a
Lula, tiene más analfabetos y eso explica que se vote allí por
su contrincante, al mismo tiempo resalta las campañas de su
gobierno para elevar el nivel educativo de la población y
facilitarle ayuda social y económica.
En Brasil, como en otros países, se apela al feminismo radical
para convocar a la izquierda contra el presunto machismo de los
políticos tradicionales. Esa estrategia polémica y otras de
diverso calibre han sido usadas contra el presidente, que pese a
ello sigue teniendo millones de mujeres que lo acompañan y no se
dejan embaucar por los falsos dilemas de género. Muchas
brasileñas piensan en el futuro del país y en las cualidades
objetivas de Bolsonaro como gobernante, esposo y padre de
familia.
Por lo mismo, la primera dama, Michelle Bolsonaro, evangélica y
madre de la única hija del mandatario, se erige como un elemento
electoral formidable. Las multitudes entran como en estado de
trance cuando rezan con ella por el futuro de Brasil y el
triunfo de su esposo como barrera contra la corrupción del líder
del Partido de los Trabajadores. Michelle encabeza grandes
manifestaciones rodeada de diputadas, senadoras y líderes
regionales. Muchas aseguran que en São Paulo escogerán
gobernador a Tarcisio Freitas, lo que facilitará la reelección
presidencial.
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Los líderes solo
velan por sus propios intereses

Por: Zahur
Klemath Zapata
zkz@zahurk.com
Se ha tenido un buen concepto de los líderes,
ellos como una fuerza defensora de los intereses de la gran
mayoría. Esto venía haciendo parte de la historia de la
humanidad como los personajes bíblicos y sociales que defendían
los intereses de los subyugados. Todo esto funcionó muy bien en
el pasado porque la sociedad no había alcanzado el estatus que
hoy tiene en su desarrollo intelectual. El proceso ha sido lento
en alcanzar el individuo su propio reconocimiento y su equidad
individual. En el pasado era una masa que funcionaba bajo las
necesidades de techo y comida, quien ofrecía esto tenía a su
merced vasallos que estarían allí confortablemente sin importar
el trato que se les diera. Eran simplemente cosas que hacían
parte del líder o patrón.
Hoy vivimos una era donde los niveles intelectuales permiten ser
independiente y en cierta medida autónomos y vivir bajo la regla
que nos imponemos en nuestro propio entorno. El Estado es
independiente conformado por otros personajes que ejercen su
poder porque la sociedad se los da y ellos se exceden pensando
que son los amos de la cosa pública. Aquí es donde nace la
confusión entre el Estado y el individuo. Son dos entidades que
conviven en el mismo territorio como una simbiosis de partes que
se necesitan para poder administrar el territorio donde se
regentan. El uno sin el otro no podría existir, pero la parte
que ejerce la administración se aprovecha en este caso de la
ignorancia de quienes los contratan y los avasallan como
mascotas de trabajo.
Un líder hoy es un elemento peligroso por el empoderamiento que
él se toma y ejerce frente a quienes lo han elegido. A su
alrededor crea un ejército protector que obliga a todos los
estamentos civiles y estatales a que funcionen según su criterio
y su psicopatía.
El temor al enfrentamiento y la incapacidad de
poderse defenderse más la falta de poseer herramientas que
puedan combatir al agresor, en este caso al líder, prefieren
huir y perderlo todo antes que la vida. Hay un doble juego en
que se amparan estos personajes, la constitución.
Normalmente ella está elaborada como un tratado de derecho donde
no permite que el pueblo y sus legisladores puedan cambiar las
leyes que van en contravía al beneficio de la sociedad. Ella se
ve acorralada e indefensa frente a los criminales y la
corrupción que el mismo Estado ha creado bajo leyes represivas.
El líder o cabecilla siempre vela por sus intereses personales y
sus secuaces, sus negociaciones van enfocadas a sumar |
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apoyo de donde venga, con tal de poder asumir el
poder y luego repartir el botín, este es el principio de la
democracia. Y como tal se ha visto porque no ha habido filósofos
que esclarezcan estos puntos. Una minoría social y que trabaja
organizadamente está entendiendo que los líderes son los que se
quedan con la productividad de todos o destruyen lo que ya está
elaborado y que la gente viene disfrutando.
BUENA PERO MAL
TITULADA

Por: Gustavo
Alvarez Gardeazábal
Reseña de la última novela de Juan Alvarez en qué
está leyendo Gardeazábal.
Audio:https://www.spreaker.com/episode/51652754
Juan Alvarez es miembro de la guardia pretoriana
que custodia el idioma desde el Instituto Caro y Cuervo, tiene
34 años. Dos de sus novelas anteriores, “La ruidosa marcha de
los mudos” y “Aun el agua” me impactaron y las comenté en estas
notas semanales mías.
Ahora se viene con una novela atrayente pero pésimamente
titulada “Dónde viven las preguntas que seguimos sin hacernos”
cuando bien podía haberse llamado “Luis o Lucía” porque
fundamentalmente trata de la vida de Luís un adolescente trans
que las emprende con tanta gana con la vida y a tal velocidad
que cuando acaba la novela ya ha sido elegido congresista, pero
como Lucía, pues ha logrado transformarse vertiginosa y
exitosamente.
Narrada por un amigo íntimo de Luís, desde un espacio de clase
media opaco, con pocos elementos ancla que determinen pareceres
y arbitrariedades, logra agarrar al lector desde las primeras
parrafadas, hasta que al narrador, cuando Luís termina el
bachillerato y se pierde en el mundanal ruido bogotano para
llegar a ser Lucía, se queda musitando, rumiando su batalla
filosófica, psicológica, novelística o de frustrado sexual,
frenando totalmente la narración que venía tan acelerada. El
éxito empero es que el lector, así no le interese resolver el
conflicto sicomoral del narrador frente al fenómeno del
travestismo queda amarrado y termina con cara de satisfacción la
novela.
No es un obra tan rutilante como la marcha de los mudos ni tan
experimentalmente inquietante como la del agua, pero como Juan
Alvarez, pese a correr diariamente el peligro de quedar
acartonado por ser defensor del idioma en una institución de
tanto peso decimonónico como el Caro y Cuervo, tiene soltura en
la prosa, humor en los giros y sonrisa permanente en las frases
poco elongadas, la novela resulta buena, pero no tiene nada que
ver con el título que le puso sino en el aburridor espacio donde
se abandona a volverle importante al lector el tema que menos
interesa de esa cascada luminosa: a resolverle al narrador (o
quizás al propio escritor) su problema psicomoral.
Editó Alfaguara. 140 páginas. |
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