Bogotá, Colombia -Edición: 604

 Fecha: Domingo 18-02-2024

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\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL

 

Libre extinción

 

Continuar hablando de las diferencias en la economía entre los sistemas capitalista y comunista es un asunto que suprimió la libre competencia, eje fundamental del libre mercado. La competencia es la concurrencia de la oferta y la demanda que a través de la información que proporciona el sistema de precios los agentes económicos van ajustando tales oferta y demanda, tomando decisiones de producción, consumo, ahorro e inversión para optimizar los recursos más escasos. Es ello lo que es inherente al régimen de los gobiernos capitalistas y comunistas.

El libre mercado supone que existe una relación social de producción entre naturaleza, capital y trabajo; que existe la propiedad privada o pública para el control de los medios de producción y que existe un mercado para la producción y compra-venta de bienes y servicios, en el que los precios de las mercancías están asociados a tarifas de salarios y tasas de interés, en el que los competidores deciden concurrir a este libremente en busca de clientela y en el cual los consumidores son libres de escoger y adquirir bienes o servicios ofrecidos en condiciones de competencia.

El libre mercado reproduce las relaciones sociales de producción y reproducción de todas las épocas ligadas a la explotación del hombre patriarcal por sobre el resto de la humanidad: la esclavitud, la servidumbre y el trabajo asalariado. Abarca esto, a las respectivas relaciones de poder, dominación y sumisión vinculados al crecimiento económico sin límite y a la acumulación de capital con la finalidad de consolidar las bases para ejercer poder y regular el consumo que satisface necesidades y deseos.

En un mundo global enajenado por la locura del consumo en el que el deseo no se encuentra jamás satisfecho, el crecimiento y la productividad del libre mercado se convierten en un perverso sistema canceroso que cuanto más innova y se reproduce fingiendo prosperidad, más ruina arroja y ella queda evidenciada por el deterioro ambiental que va dejando a su paso, pues lamentablemente no se pude hacer uso intensivo de los recursos naturales y garantizar la sustentabilidad del crecimiento económico ilimitado.

El libre mercado cuanto más se desarrolla, más se destruye así mismo. Esa autodestrucción es causada por crecimiento, ya que en la confrontación violenta entre plutócratas y pobres se hace manifiesta la pulsión de muerte. El libre mercado con sus reglas llevará al colapso a las civilizaciones presentes, a su libre decisión de ir extinguiéndose, extinguiendo toda parte de la naturaleza que le ha dado abrigo y alimento.

Es imperativo que las personas que hacen parte de la humanidad actúen frente al libre mercado poniendo límites a sus deseos y consumos. Claramente, la nueva forma de esclavitud es el consumo, pero de igual forma los gobiernos mediante regulación ambiental tienen que poner limite al crecimiento económico, asegurando que no se otorgarán títulos mineros ni contratos de concesión para el uso y aprovechamiento de los atributos de la tierra sin que exista en cada actividad productiva contabilidad ambiental y recursos financieros, humanos, científicos y técnicos que garanticen su resiliencia.

Es oportuno recordar que se nace a la vida con destino a la muerte y que trabajar para acumular capital no evita la muerte, por lo tanto, es recomendable despojarse de todo apego, llevar una vida sobria, lúdica, amorosa y bella en la que el tiempo libre sea el principal producto del libre mercado.

 

 

 

Sin el mercado negro Colombia estaría en la miseria

Por: Zahur Klemath Zapata

zapatazahurk@gmail.com  

 

Los economistas viven en una realidad que solo existe en cifras que se mueven en la bolsa de valores y en los datos que suministran las agencias gubernamentales. La realidad es que hay otra economía que se mueve paralela y que no juega en la ruleta rusa económica.

Los gobiernos mueven su economía bajo la potestad de los políticos de turno que manejan los países. Hoy por hoy no hay nada tangible que realmente respalde los valores de las monedas, simplemente es una cotización basada en la demanda y en el flujo de negociaciones que se mueven en el mercado bursátil y en el mercado doméstico.

Bajo esta primicia se mueve un caudal de dinero por las líneas de Internet donde no hay nada físico o tangible a la hora de las transacciones. Solo hay un respaldo de buena fe en los grandes bancos y en quien los maneja, hasta que se descubre la no existencia de respaldo económico y es cuando colapsa el banco o la institución y los dueños de las cuentas quedan sin nada y sin poder reclamar un centavo.

Ya esta experiencia la hemos visto muchas veces, cuando la burbuja explota y todos se quedan sin nada.

Hace un par de años unos bancos de EE.UU. Comenzaron a cobrar por el retiro de dinero de las ATH y la gente se molestó por este abuso bancario y en cosa de horas cerraron las cuentas bancarias más de medio millón de personas y esto comenzó a generar un desencaje bancario porque seguía aumentando el retiro de dinero y el banco comenzaba a no tener liquidez para responder la demanda del retiro de tanto dinero.

Esta es una de las formas que el dinero real aparece y no a través de traslado por Internet.

Todo esto es en el mundo real del dinero. Uno va al banco y retira hasta cierto monto sin problemas, después de diez mil dólares ya hay preguntas e inclusive para viajar con esa cantidad.

Pero en el mundo subterráneo es otra cosa. El dinero no se mueve como en la bolsa, pero está ahí para apoyar con su silencio tres trillones de dólares que circulan bajo el respaldo de esos dineros.

El caso de Colombia es particular, el dinero subterráneo es el que mantiene a flote toda la economía porque el dinero que el erario recibe se gasta en burocracia y en todas las operaciones que hace el gobierno.

La gente del común mueve la economía nacional con el dinero que ingresa por el envío que ellos hacen a sus familiares para
que paguen un sinnúmero de gastos y que no se reportan a la DIAN. Sin ese dinero y el dinero subterráneo Colombia no tendría con

 

 

 

qué sostener la burocracia que el establecimiento mantiene.

Me gustaría ahondar en este asunto y mostrar cómo una economía paralela hace que el país viva en mejores condiciones que lo que el gobierno ofrece.

 

QUÉ LEE GARDEAZÁBAL,
La realidad es absolutamente efímera
de Cecilia Caicedo Jurado
editado por Klepsidra

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

Audio:

https://www.spreaker.com/episode/que-lee-gardeazabal-la-efimera-realidad-de-cecilia-caicedo-jurado-17-02-2024--58711000

Este libro tuve que leerlo dos veces. Inicialmente creí que se trataba de una olvidada estructura de espejos implementada para narrar una consulta psiquiátrica. Pero cómo me causó inquietud, volví a leerlo con cuidado y no en vano porque Cecilia Caicedo es una profesora emérita de la Tecnológica de Pereira, ensayista y narradora consumada y su último texto lo había aplaudido en estas notas.

No estaba equivocado. Es un libro novedoso sobre un problema eterno: el hombre al que declaran loco y que seguramente no lo era. Partiendo de la base admitida que han sido muy pocos los locos de verdad que después de una cura de reposo escriben sobre su locura, la narración se le toma desde distintos ángulos y en 17 breves fotografías verbales oímos las versiones del paciente psiquiátrico, de su cruel y despiadada terapeuta, de su primera novia y de sus mujeres, de sus amigos y socios y de don Pedro Manrique, que bien puede ser el noble castellano o una tomadura de pelo de la narradora.

Entre todos ellos construyen la historia del desquiciamiento del personaje, mirándose uno al otro a través de un espejo invisible, pero sin dejarlo salir del encierro del hospital psiquiátrico donde lo han sepultado en vida mas por incapacidad de la terapeuta que dizque lo ha tratado que por su crisis sicológica.

Poco a poco el libro va volviéndose una denuncia contra esa clase de tratamientos o una diatriba contra los prejuicios de las clases sociales que separan en gustos y gastos pero no en amores, más como es tanta la historia que podría desencadenarse, 17 breves relatos resultan pocos aunque dejan un gran sabor a literatura renovada, a capacidad descriptiva y a pecadillos provincianos que vuelven a veces presumida la prosa.

Un libro para internarse sabiamente en la demencia ajena. Para entender la injusticia de los loqueros y juzgar sin condenar a esa rama de la medicina tan subvalorada como quisquillosa, llamada psiquiatría. Una novela corta meritoria. Aplausos.

El Porce, febrero 18 del 2024

 

 

 

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