Bogotá, Colombia -Edición: 607

 Fecha: Domingo 25-02-2024

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\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL

 

Bajo el agua, el fuego y el viento

 

El antropocentrismo pensaba que había una jerarquía de los elementos: “la tierra encima del agua, el fuego encima de la tierra, el aire por encima del fuego”, y, quizás un dios o dioses junto con sus demonios orquestando el mundo de los muertos. Es el mundo de todo aquello que se encuentra bajo la superficie terrestre o acuática, el mundo del medio terrenal o de los vivos en donde poder y vanidad realizan su destino y el mundo de arriba en donde ese dios o dioses crean los mundos y establecen las leyes que traen las recompensas y los castigos.

 

El biocentrismo es el reconocimiento del valor inherente de todas las formas de vida para que la naturaleza sea sujeto de valores y de derechos ya que el mundo es una unidad entre materia y energía, donde la persona y la sociedad, la sociedad y la naturaleza no están separadas. Es por lo cual la humanidad no puede hacer lo que quiera en la naturaleza: talar selvas, bosques, explotar yacimientos mineros, construir metrópolis o depredar océanos. La vida de la humanidad depende de la vida de otras especies de animales y plantas.

 

El mundo en el que habita la vida al ser una unidad entre materia y energía carece de jerarquías. El fuego del magma y los volcanes está bajo la tierra. La tierra que emerge a la superficie modelando el paisaje está bajo el agua. El agua de los ríos aéreos que precipitan la lluvias está sobre la tierra y el aire está por todas partes impulsando todos los movimientos. El planeta tierra es un hogar maravilloso iluminado de luz y de calor por la fusión nuclear del sol.

 

Y la vida de lo humano a lo que el saber nada le es ajeno para enfrentar el tiempo del devenir, asiste al debate entre los creacionistas y los evolucionistas, respecto a cómo enfrentar las inclemencias del clima que ponen en riesgo el esfuerzo del trabajo realizado durante siglos por sucesivas generaciones.

 

Los creacionistas, pertenecientes a la rama del judaísmo cristiano, consideran que la variable climática no los afectará porque Dios, después del diluvio universal le aseguró a Noe que una catástrofe de esas dimensiones no volvería a suceder, por más que se vierta a la atmosfera monóxido de carbono. Por lo tanto, ellos niegan toda responsabilidad humana que tenga que ver con el fin de la vida, porque eso sólo puede ser una decisión divina.

Los evolucionistas consideran que la humanidad está transformando la tierra a gran escala en un periodo de tiempo muy corto por la combustión de enormes cantidades de combustibles fósiles, la contaminación del medio ambiente por residuos tóxicos, la destrucción de los bosques y de los hábitats de la vida silvestre, las guerras, y el crecimiento explosivo y sin control de la población humana. Es de tal manera que el hombre es la fuerza individual más destructiva sobre la faz de la tierra.

 

Y aquí y ahora regresamos al eterno retorno de lo mismo en la diferencia, al inevitable ciclo de vida y muerte de todos los individuos y de todas las especies que están sometidas al influjo del agua, la tierra, el fuego y el viento, en el que al decir del poeta: “todos llevamos un bufón y un ángel, un santo y un verdugo, un borracho y un sabio”. Así que: ¿Quién tiene la jerarquía de terminar con el mundo? ¿Dios, la humanidad o los elementos naturales?

 

 

 

La riqueza de un país está afincada en el espíritu emprendedor de sus ciudadanos

Por: Zahur Klemath Zapata

zapatazahurk@gmail.com  

 

Los imperios en el pasado se solidificaban por el espíritu guerrero y emprendedor del líder y de su habilidad para organizar sus ejércitos y todo su entorno administrativo. La fuerza bruta, la habilidad en el manejo de las armas y su capacidad de estratega llevaban al líder a conquistar extensos territorios y su riqueza. Todo funcionó bien de esta manera hasta la segunda guerra mundial.

Pero con el nacimiento el 4 de julio de 1776 de los Estados Unidos se abrió una nueva era en el desarrollo de la economía, tecnología y bienestar humano. Pero todo no se quedó ahí. La gente huía de Europa a norte América en la búsqueda de tener una oportunidad de poder realizarse y vivir una vida fuera del manoseo de los reyes y principados que absorbían toda la productividad del ser humano.

Norte América abrió caminos y puertas para que la mente pudiera expresar y crear todo lo que se anidaba en el intelecto de esta nueva sociedad. Aquí todo era posible, pero a la vez también había desmanes que no se podían controlar por la libertad que en la constitución acuñaba.

Lo que hoy vemos en el concierto mundial tiene raíces en estas tierras que aman y odian al mismo tiempo.


Una bancada de seres humanos ha evolucionado y se han alejado de la gran multitud que aún permanece suspendida en el tiempo y lo único que ha pasado en ellos es que han se añejado por razones de naturaleza. Estos son los que mantienen el establecimiento y continúan creyendo en la superioridad de fuerzas intangibles que mueven el universo.

Nada será posible que ellos cambien, porque no hay nada que cambiar y hay que aprender a vivir con ellos como las mascotas del sistema. Aquí no es de hablar de estratos sociales como sucede en muchos países, ni de clases sociales como se plantea en ciertos movimientos políticos. La realidad es que somos una sola clase humana con diferentes matices que nos mueven nuestros propios instintos y pasiones en la búsqueda de la felicidad. Felicidad que solo existe en nuestra imaginación.

Cuando una sociedad se integra y comienza a funcionar como un equipo que quiere ganar su propio espacio es cuando todas las fuerzas humanas se van integrando como las moléculas del cuerpo humano. Y es aquí cuando la prosperidad se comienza a ver en todos los sentidos. Ya esto está demostrado en el pasado y sigue siendo demostrable.

Hoy en día es la sociedad que hace grande a las ciudades y los países porque ellas son las que van imponiendo su ritmo a lo que ellas quieren llegar y ser. Los políticos retrasan la prosperidad con su voracidad económica.


Los grandes edificios, los centros comerciales, toda la infraestructura de embellecimiento de una ciudad están hechas por personas que ponen su empeño 
 

 

 

en colocar esos monumentos. Pero los políticos son los que al final son los que destruyen todo en la búsqueda de impuestos y bienestar para ellos.

 

QUÉ LEE GARDEAZABAL

Reseña de Brisas del Atardecer de Gustavo Páez Escobar
editada por La Serpiente Emplumada.

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

Audio:

 

https://www.spreaker.com/episode/que-lee-gardeazabal-brisas-del-atardecer-de-gustavo-paez-escobar-24-02-2024--58802655

Antes de estudiar Letras en la Universidad del Valle aprendí a leer cuentos, muy tradicionales y decimonónicos por cierto, en los libros de Adel López Gómez y Euclides Jaramillo Arango, escritores del antiguo Caldas.

El hada madrina de mis primigenios pasos literarios, Otto Morales Benítez, me enganchó personalmente con este par de autores y mantuve, con los dos hasta sus muertes, más de una conversación o un variado cruce de cartas mientras aprendía más de la naturaleza del cuento y lo comparaba con los fundamentos constructivos que identificaba en Cortázar y en todos los cuentistas universales que me devoré.

Esos mismos elementos identificatorios del buen cuento lo ha tenido espaciadamente a lo largo de su vida Gustavo Páez Escobar a quien conocí personalmente en casa de Euclides en Armenia, cuando Páez ejercía su profesión de banquero en el Quindío.

Desde entonces he seguido sus pasos y fui lector de sus escarceos literarios, sus cuentos y su columna semanal en El Espectador, que mantuvo hasta cuando cumplió los 80 años.

Jubilado en la tranquilidad del deber cumplido, ha editado ahora este libro donde reúne cuentos de distintos momentos de su vida, encabezados por ese cuento maestro del Sapo Burlón, a quien acolitan otros de tan excelsa calidad como Humo y la Copa Rota.

Casi todos los relatos que incluye en esta antología son hechos en el perfeccionismo del lenguaje tradicional, con la mesura delicada para dosificar la tensión, ajustar la verosimilitud y verter personajes apoyándose en la descripción física y la metáfora eficaz.

Leerlo entonces resulta revivir una Colombia que ya pasó, en donde el humor era decente, la sociedad no la había descarriado la traquetería y el futuro se miraba con alegría y no con el pesimismo de hoy.

Para muchos de mi generación será un placer reencontrarse con el cuento clásico de nuestros paisajes campesinos. Para mi una oportunidad de añorar todo lo que Gustavo Páez y yo y muchos alumnos de las escuelas campesinas del país andino aprendimos de la sabia pluma de Euclides Jaramillo Arango, sus plataneritos y sus juegos infantiles.

El porce, febrero 25 del 2024

 

 

 

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