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EDITORIAL
Convivir
Siempre que se toman las
partes de una realidad por el todo, se incurre en un sesgo
respecto de la realidad, que es el conjunto de acontecimientos
que se repiten periódicamente, como es el caso de la violencia
en Colombia, país en una guerra civil no declarada, en la que
todo el mundo se da contra el mundo, todos contra todos a la una,
a las dos y a las tres, para cuando sea. Y, todos armados de
razones y armas traumáticas, el amor por el odio y el dinero van
de la mano y llevan a la humanidad de culo pa’l estanco, que es
la borrachera del mercado capitalista que compra y vende trabajo
para hacer de la oceánica tierra una narrativa pobre de economía
de guerra, donde el ciudadano de a pie no puede comprar su
escudo de hierro personalizado antinuclear, que los defienda de
la OTAN y sus adversarios.
Pero volviendo al abigeato, secuestro, extorsión, amenaza,
desplazamiento, robo y hurto callejero, abuso sexual,
feminicidio, violaciones al derecho internacional humanitario y
todos los males y horrores de la violencia en Colombia, se
necesita de hombres que sean guerreros de paz, no pacificadores
que todo lo piensan resolver a tiros creando escuadrones de la
muerte y de limpieza social, práctica y concepción propia de la
ideología militar y policiva de la seguridad. La seguridad es
eliminar la pobreza y constituir en todos los territorios el
buen vivir en paz y amor. Pacíficos así nos quieren el camino de
la paz.
El Estado social de derecho que es en Colombia una apuesta
innovadora de co-creación de la inteligencia colectiva no se
limita a la visón armada y castigadora en manos del gobierno. La
ciudadanía es consciente de que el gobierno es fuerte cuanto
menos se vea en la necesidad de usar la fuerza y el castigo. Y
muchos menos en Colombia en donde la economía política nacional
está atravesada por negocios ilícitos en el también ilícito
negocio de fuente inerte piramidal financiero y monetario en
manos de banqueros codiciosos, ladrones y usureros.
Por eso la propuesta de FEDEGAN, que en esencia clama por un
mayor incremento de armas cortas en manos de la ciudadanía es un
pésimo negocio para la paz y un excelente negocio para los
vendedores de armas y los señores de la guerra que arman
bochinches letales contra la convivencia pacífica de las
multitudinarias ciudadanías que habitan el territorio. Colombia
requiere de manera urgente una justicia restaurativa y digna; y
abandonar la arraigada costumbre punitiva, en el que al delito
común se castiga con cárcel o fosa común.
En Colombia mucha gente está armada, entre otros, los
delincuentes y los defensores entre comillas de la libertad, el
orden y la propiedad privada. Detrás de todos estos conceptos se
amparan los agentes reales de poder en los territorios, incluso
buena parte del pueblo se encuentra armada, y aun así, la
corrupción y el crimen no disminuyen y las prisiones, además de
encontrarse hacinadas, son escuelas de especialización para
delincuentes ordinarios y de cuello blanco.
Está demostrado que cuando se incrementa el empleo y el trabajo
digno de las economías gremiales y de las populares el crimen
disminuye. En lugar de comprar armas, hay que donar esa platica
para el fomento de la justicia social y ambiental con el
objetivo de erradicar la pobreza, el arribismo y la avaricia. A
los pobres no hay que convencerlos que dejen de ser pobres,
ellos ya están convencidos. A los que sí hay que convencer
mediante medidas que los beneficien en algo, es a los super mega
ricos para que dejen de ser tan opulentos. Ya que ni el tiempo
ni el espacio en la barriga y en su hábitat serían suficientes
para consumir todo lo que tienen de más.
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Joe Biden y su discurso a la
Unión de los Estados

Por: Zahur
Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com
A los viejos se les critica por ser viejos y no
por su sabiduría. Ese caminar lento y la expresión más de
recapacitación que esa energía que brota cuando la juventud
aflora porque está todo por hacer.
Hoy los adultos mayores corren con bríos que jamás se habían
visto en el pasado. Los vemos en sus setentas y ochentas
alcanzando las alturas de los noventa y los cien contando
historias pasadas y de haber vivido en dos siglos diferentes.
Escuchar a Joe Biden sin odios y resentimientos y planteando
cómo podemos tener una mejor vida y ofrecer a otros la
posibilidad de alcanzar sus sueños y ambiciones.
Tocó temas de interés mundial como el de la franja de Gaza y
alimentar esa población que sufre por la confrontación de
intereses políticos donde los niños, las mujeres y los hombres
no tienen nada que ver.
Sobre la marihuana y su legalización, pidiéndole al congreso que
la legalice federalmente para que miles de personas salgan de
las cárceles y las familias se vuelvan a integrar. Que no era
justo que alguien estuviera preso por fumar un cigarro.
La vivienda fue otro tema, hay que ayudar a las familias que
puedan adquirir su casa dándole un incentivo para que puedan
pagar la primera cuota. Igual ayudar a los estudiantes.
No es el odio y el resentimiento lo que hace grande a una nación
sino la capacidad de trabajar unidos para que todo funcione.
El apoyo a la tecnología y a nuevos desarrollos hacen que el
dinero fluya y que la gente se enriquezca y pague impuestos para
que el país pueda invertir en él y en sus ciudadanos.
No se puede llegar a ningún sitio sembrando odio y destruyendo
lo que ya está construido. Esto es muy común en gentes que no
tienen conciencia de nacionalidad y creen que destruyendo se
hace patria y por eso muchos países no avanzan porque creen que
destruir es más importante que reparar lo dañado y construir
nuevas estructuras que sirvan para que las nuevas generaciones
puedan vivir con mayores ventajas que las generaciones pasadas.
Los mayores siempre han llevado la batuta porque su experiencia
les permite manejar con mayor conocimiento lo que se está
haciendo.
Las universidades e institutos traen a los que tienen mayor
experiencia en menesteres para que abran las cátedras de las
materias que se van a implementar.
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QUÉ LEE GARDEAZABAL
Reseña de la novela póstuma de
García Márquez Editada por Random House

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Audio:
https://www.youtube.com/watch?v=W3WTOjQsteE
Es probable que cuando García Márquez hizo las últimas
correcciones al texto de EN AGOSTO NOS VEMOS no existiera la
Inteligencia Artificial ni que Cristóbal Pera, el encargado de
maquillarla 10 años después de muerto, supiera tanto de la prosa
garciamarquina.
No importa. Rehacer un libro que el autor no dejó terminado es
difícil y uno de nuestro premio Nobel mucho más. Pero resulta
tan delicioso leer esta novela de poco vuelo y saberse de nuevo
cargado en la hamaca insostenible de su prosa, que los detalles
del parto literario se olvidan.
Bien lo dicen sus dos hijos en el prólogo que hacen para
advertir que fue la batalla final contra el alzheimer la
verdadera razón para no haberla terminado.
Y lo reafirma, de otra manera, su restaurador, el señor Pera,
cuando, dice textualmente en el epílogo y explica simplemente
como lo rearmó: “mi trabajo consiste en hacerlo más fuerte de lo
que ya está en la página”. Pero como desde el primer renglón
hasta el último se palpa la habilidad del narrador.
Como la fascinación por el adjetivo exacto enriquece al lector.
Y cómo se llega hasta a oler el inconfundible gesto de la mujer
casada, casi cincuentona, que repite religiosamente año tras año
la visita a la tumba de la madre en una isla, convirtiendo el
viaje en un acto de rebelión sexual contra el buen músico de su
marido.
También deja intuir, en detrimento de la tensión, que acude no a
ponerle flores a la tumba sino a levantarse la bata y
aventurarse con hombre distinto en cada viaje. Pero como solo es
por una noche, uno sabe muy bien que es una novela de García
Márquez, costeño machista pero temeroso de Mercedes Barcha su
esposa de toda la vida.
Tal vez no se trate de una obra maestra y quizás los expertos
críticos del macondiano hasta la pongan en la lista de las obras
menores de un autor tan prolífico. Pero da tanta satisfacción
encontrar el manejo magistral de la descripción y la solvencia
al llevar la trama por entre los vericuetos de una misma tensión
repetida, que cuando se termina la novela, se cierra el libro y
no provoca leer el epílogo de Cristóbal Pera para no caer en la
tentación de comprobar la maestría de las correcciones que
alcanzó a hacerle GGM al margen y que se desparraman en las
cuatro páginas facsimilares del borrador original.
Un libro para pensar en la eternidad del texto literario y en el
gozo fugaz del sexo pactado con el calendario.
El Porce, marzo 10 del 2024
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