Bogotá, Colombia -Edición: 632

 Fecha: Miércoles 24-04-2024

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\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL

 

La resiliencia colombiana

 

De una u otra manera el espíritu colomiano es sumamente particular. En efecto, al estar inmersos constantemente en esta sociedad, en muy pocos casos existen quienes sobresalen y se impulsan a ser un poco más que aquello que la sociedad le exige que sea. Tal es el caso de el colombiano en el exterior, su habilidad para superarse a sí mismo, para desplegar su simpatía y sus buenas intenciones es simplemente maravillosa y de esos, de esos hay muchísimos más que aquellos que muestran diferentes tipos de antivalores, en palabras simples, el colombiano que aunque parezca promedio en cualquier otro espacio diferente a su país de origen es por mucho muy especial.

 

No obstante, esta forma tan especial dice mucho de lo que implica ser un colombiano. Puesto que la resiliencia, parte fundamental del colombiano, resulta ser el efecto de una vida llena de carencias sociales, es decir, la constante corrupción mantiene al colombiano en un lugar en donde el único responsable para su supervivencia es él mismo. Nadie, ni el estado se preocupa por él, lo cual lo obliga a que sea él quien active sus habilidades para obtener logros, en la medida que generalmente no se trata de talento o esfuerzo, se trata de la rosca que se posea, de allí que todos siempre tegan esa pulsión de emprender, puesto que de no hacerlo simplemente tendría que quedarse en la carencia toda la vida, ya que de un salario mínimo en Colombia no se vive.

La habilidad que antes desarrollamos genera un dilema moral. El dilema de la resiliencia colombiana nace a partir de que tal habilidad es hija del trauma que el colombiano genera a través de la carencia que produce la corrupción. Aunque, si aterrizamos este trauma y lo utilizamos como país dentro de nuestro propio espacio, el trauma se volvería la salvación para un país que ha perdido la fé en sí mismo o mejor dicho en el trabajar en grupo, si la resiliencia colombiana la aplicamos como un grupo seguro podríamos alzar a Colombia como el gran país que puede llegar a ser.

 

 

 

 

Vivimos bajo un engaño permanente y seguimos creyendo en los políticos

Por: Zahur Klemath Zapata

zapatazahurk@gmail.com  

 

El perrito de mi casa cree en mí y se somete a la calidad de vida que yo le doy. Él siempre está a mi lado y me habla en su lenguaje precario cuando quiere algo de mí. No es complicado entender, su lenguaje es simple pero concreto. Es una persona que tiene su mundo y lo vive sin descuidar que yo estoy ahí con él. Así de simple es la vida, es parte de mi familia.

Cuando salgo a la calle me encuentro con otro mundo, no un mundo que yo he construido sino una multitud de personas que han creado el entorno de múltiples negocios, empresas y quehaceres para que todos podamos vivir en esa cadena que nos une y nos obliga a mantener los eslabones unidos para que podamos vivir con el bienestar que se supone que debemos tener.

No somos autónomos, ni libres y mucho menos independientes. Somos una sociedad dependiente de quienes controlan el establecimiento a pesar que nosotros somos el Estado. Porque estamos obligados a pagar impuestos y contribuciones para que quienes manejan el Estado tomen las decisiones que ellos creen que son correctas, pero realmente no es así porque ellos se quedan con nuestros aportes y nos presentan gastos exorbitantes a donde se fue el dinero.

Para la sociedad es normal pagar impuestos, no solo impuestos sino lo que ellos exijan de papeles y documentos que hay que presentar si alguien quiere establecer un negocio o empresa.

Todos estamos a merced de los políticos, porque los hemos elegido para que nos gobiernen sin ninguna restricción.

Vivimos bajo un engaño permanente porque estos personajes existen por temporadas y estamos listos cada vez que hay elecciones a votar por ellos creyendo que este nuevo personaje si va actuar con la honestidad que todos esperamos. Pero jamás llegará ese personaje a ocupar un puesto público sin que saque en nombre de su partido o a título personal.

Los políticos tienen su propia naturaleza a la cual no pueden eludir y nada va a cambiar en su modo de ser. Sus seguidores son la sangre que los hace estar siempre presente en los estrados del establecimiento.

Nosotros somos el Estado, pero no tenemos conciencia de nuestra naturaleza y valores porque aún estamos inmaduros y dependemos de las habilidades que otros tienen. Por eso nos entregamos incondicionalmente a quienes dañan a la humanidad.

 

 

 

Por eso hay dictadores, líderes y personajes que gobiernan naciones y deciden sobre el destino de otros que ni siquiera saben que es lo que está pasando. Porque simplemente vivimos engañados y aún tenemos fe en que llegará el…

 

UNA BATALLA MUY CARA
Crónica #866

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

Audio:

 

https://www.youtube.com/watch?v=yTStQY1MH5M

La situación en el Tuluá de mis novelas, en el terruño donde me eligieron dos veces como su alcalde y donde no he querido perder mi arraigo, se complica más cada día.

La batalla en la que está enfrentado el alcalde Vélez con la increíble banda de La Inmaculada, desde antes de ser elegido, no ha cesado.

Quizás haya empeorado. El asesinato el pasado fin de semana de otro concejal de la ciudad, y de una funcionaria minusválida, muy querida y respetada, ha vuelto a poner a Tuluá frente al paredón de su ignominia y anuncia el inminente derrumbe de la valentía y la solidaridad que podría esperarse de una población que ha resistido todas las guerras.

Todos sabemos que al alcalde le quemaron hace un par de años la maquinaria amarilla de su negocio particular de construcciones porque no aceptó pagar la vacuna.

Todos sabemos que han sido muchos los muertos por ponerse de valientes y no pagar. Hasta el policía o el fiscal con menos olfato saben que la organización criminal es hábil y competente y que automáticamente reemplaza a quienes detienen o procesan así sean tres, doce o veintiuno, como sucedió la semana pasada. Y además que a quienes sospechan de ayudar a la Policía y la Fiscalía denunciándolos les han cobrado sus vidas por ventanilla.

Eso le pasó al paisa Vélez Restrepo, el mayorista de verduras la semana pasada. Eso parece ser que le cobraron al concejal asesinado el viernes, quien era dueño de un prestigioso granero.

Es muy caro el costo que Tuluá y sus gentes pagan por soportar esta batalla entre el alcalde y la banda.

Ahora le cobran con la suspensión de su tradicional Feria Anual, que cumpliría 70 años el mes entrante. Pero más costoso resulta haber perdido la fe en sus gobernantes, la esperanza en el futuro y avizorar que hasta los cojones que nos han distinguido se diluyen.

El Porce, abril 24 del 2024

 

 

 

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