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Bogotá, Colombia -Edición: 637 Fecha: Domingo 05-05-2024 |
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COLUMNISTA |
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Retrato del nadaísta cachorro
Por: Jotamario Arbeláez
Tiempos aquellos
Andaba por mis 15 con un copete a lo Elvis que había logrado
cultivar con Moroline de día y Glostora de noche para mantener
el brillo, y con fijador Lechuga para preservar la forma. Mis
primeras afeitadas fueron coronadas con Old Spice, esa loción de
la barquita que volvía locas a las chicas en los bailes de
cuota. Estudiaba en Santa Librada y, cuando no cogía el Gris de
San Fernando -antes de que me compraran la bicicleta-, echaba
pata a través de la zona de tolerancia donde a las 6 de la
mañana continuaba la farra en aquellos burdeles inapagables.
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tiempo, o se quedaran fuera de las horas reglamentarias.
A las 5, cuando salíamos, caminábamos hasta el
almacén Ley de la carrera 8ª, donde en la fuente de soda del segundo piso
hacíamos parte de la temible barra Tinto Frío. Mientras requebrábamos a las
vendedoras de los stands teníamos que espantar a los sodomitas que nos
hostigaban. ¡Pobre Naturaleza!, les decíamos increpándolos. Pobre naturaleza no,
pobres nosotros, respondían abochornados a ver si los consolábamos. Si no
levantábamos muchachota en el Ley bajábamos dos cuadras al Jotagómez, donde las
dependientas eran más asequibles. Bastaba con un helado de caramelo bien
conversado y se le picaba arrastre a la candidata al teatro Colombia, en cuyas
butacas de palco, mientras se veían películas mexicanas, se practicaban todas
las audacias que la oscuridad permitía. |
más arrebatada, puesto que era frecuentada por los camajanes más bravos, la mayoría de ellos chivos de la zona de tolerancia, expertos en la caída de la hoja y la tijereta, pasos indispensables de la guaracha impartidos por Clavillazo. A la salida había hospedajes de dos pesos, de habitaciones habilitadas con tablas de 2 x 1, donde se hacía lo que se podía, escuchando, como si se tratara de los hospitales de ultramar, la quejumbre desabrochada de todo el quilombo.
Los
días suaves de la semana nos citábamos los de siempre en el parque de San
Nicolás, al pie de la estatua, jugábamos un chico de billar donde Cuco y
arrancábamos en nuestras bicicletas para el barrio Salomia, donde se decía que
vivían las niñas más lindas de Cali, y allí nos metíamos en los bazares
dispuestos a levantarnos a la reina o a la virreina. Como galanes de película
las llevábamos en la barra hasta alguna manga cercana, donde les declarábamos
todo el amor que se nos estaba escurriendo del cuerpo. No pocas veces fuimos
sorprendidos en flagrancia por la linterna de algún policía. Ante su pertinaz
amenaza de llevarnos a la permanencia por no sé cuántos días acusados de
irrespeto a la moral pública e inscribir a la niña en el registro de
prostitutas, accedíamos a que se retirara muy orondo montado en la bicicleta. Al
que me birló la mía, recuerdo, lo arrolló la locomotora ‘La Mocha’, a la
medianoche del mismo día, en la 25.
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