|
EDITORIAL
Dogma
El asombro de hacer parte de
la especie humana no deja de asaltar a quien padece la aflicción
de ser parte de una conciencia triste, de bolero sentimental con
enamoramiento de final feliz. El dogma. Un mundo hecho a la
medida de un patrón universal, el yo unidimensional, lo demás es
enfermedad mental. Las verdades milenarias en búsqueda de la
humanidad que con sus culturas en permanente evolución viven en
un universo cambiante, pequeñas criaturas de asombroso vuelo con
sus dogmas.
El dogma del “déjese ser” en compañía de otros que son. A nadie
se le imponen las ideas ya que cada uno tiene las propias, eso
es la libertad, el dogma de saber pilotear el yo, de tener el
control de uno mismo, el dogma de la competencia, de ser
competente, de saber hacer lo que se hace. Compitiendo
compañeros, el dogma de la compañía puesto en el éxito. El dogma
de oír a las múltiples voces para saber elegir y decidir.
Las múltiples ciudadanías colombianas originarios, blancos,
negros, mestizos y demás cruces étnicos raciales entienden y
comprenden el momento histórico en el que se puede hacer
historia; el momento en que se le puede enseñar al mundo a hacer
historia cambiando un mundo de guerra por uno de paz. Negociar
dialogando es lo que hay que hacer. Conjurar el dogma golpista,
la continua estupidez de estar entorpeciendo la administración
pública buscando la sangre del pueblo, ricos y pobres en átomos
volando.
Las múltiples ciudadanías no se dejan arrastrar de grupos de
vanguardia violenta autoritaria que amedrantan con las armas y
la pena de muerte. Las ciudadanías colombianas desprecian los
matones. Entre los colombianos los matones no pasan impunes. Eso
también es dogma. Colombia como nación está aprendiendo a
establecer normas sociales para comportamientos individuales que
constituyan instituciones de respeto, admiración y eficiencia.
Entre esas normas, es dogma el respeto por los periodos
constitucionales de gobierno, el apoyar los ajustes que se
requieran para ir perfeccionando el dogma del Estado Social de
Derecho a los respectivos gobiernos, lo cuales elegidos para que
estos puedan ejecutar el presupuesto a favor del bienestar
ciudadano y de la naturaleza. Cada ser humano durante su tiempo
de existencia construye un plan de vida en el país que le otorga
la ciudadanía.
El plan de vida que Colombia ha de consolidar es garantizar el
derecho a la vida de las personas que nacen y están vivas. El
pueblo libre y soberano en sus organizaciones sindicales,
sociales, o gremiales tiene que definir la agenda económica y
ecológica de la Asamblea Nacional Popular que consiste en
establecer el consenso de la aceptación social de apoyar al
gobierno para que, lo más pronto posible, los grupos armados que
imponen la ley y el orden mediante el crimen en las regiones,
cesen en su accionar criminal a través del dialogo y la
constitución de una nueva legislación transicional de cierre
hacia la paz total.
Este es un momento para que el gobierno de turno en cabeza del
presidente y de las instituciones de las ramas del poder público,
conjuren este 20 de julio, el dogma del Golpe de Estado de una
vez y para siempre, recuerden la primera línea del tanque de
pensamiento de la primera línea: hay que parar para avanzar,
porque la guerra retrocede. Es el dogma.
|
|
El poder lo ejerce la sociedad
unida y no un líder

Por: Zahur
Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com
Por siglos el poder siempre lo
han ejercido los líderes porque son los que comandan la manada.
Esto es muy difícil de superar porque existe un concepto de ese
poder arraigado en el pensamiento de los seres humanos. Según
ellos, los líderes son los que mueven los gobiernos y se
comunican entre sí para determinar el orden del mundo actual.
Va a ser muy difícil que de la
noche a la mañana cambie esa naturaleza del individuo sobre una
realidad que existe de sus entrañas. Ellos van a estar ahí
paulatinamente hasta que los cambios genéticos y el intelecto
los desalojen de la naturaleza del individuo. Pero a medida que
avanza ese cambio tenemos que estar conscientes de que como
individuos en evolución tenemos que actuar frente al panorama
presente con habilidad para no dejar que esos líderes nos hagan
daños por ser serviles a sus causas.
Nuestro libre albedrío nos
permite actuar y agruparnos como una sociedad determinante
dentro de la misma sociedad para que se dé el equilibrio que se
necesita para poder vivir equitativamente, libre, independiente
y autónoma de ese liderazgo que ciertos individuos ejercen sobre
parte de la manada humana.
Los conflictos presentados en la
sociedad se dan porque ciertos líderes quieren apoderarse de los
bienes de otros y en ese apoderamiento influyen en esa parte
social la cual está subyuga y sigue el pensamiento del personaje
sin dilucidar el daño que va a hacer al enemigo y a la población
que lo sigue y no.
En la actualidad en la sociedad debe haber un equilibrio que no
permitir que una parte inconsciente sea llevada a apoyar
decisiones que van a destruir lo bueno que ya se ha construido.
Hemos logrado avanzar intelectualmente a unos estados
privilegiados donde el conocimiento del porqué de las cosas lo
tenemos presente y el desarrollo tecnológico nos ha puesto a
comunicarnos en todos los quehaceres del día alejados del
oscurantismo en que vivieron nuestros ancestros.
Si dejamos que otros tomen decisiones por nosotros y nos
obliguen a tributar para que ellos vivan en óptimas condiciones,
seguiremos como esclavos rechazando las llaves que abren las
puertas de nuestra autonomía y libertad.
Podemos equilibrar nuestra vida
frente a ese poder existente exigiendo que exista un manejo de
la cosa pública como si fuera la empresa pública de los
ciudadanos que tributan y reciben las regalías para el bienestar
social de todos los contribuyentes.
|
|
QUÉ LEE GARDEAZÁBAL

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Alpe d´Huez
De Ricardo Silva Romero
Editado por Alfaguara
Audio:
https://www.youtube.com/watch?v=A8FL3BJEnr4
La novela experimental en Colombia hacía días que
no se veía. Ricardo Silva Romero, el mesurado y sufrido
columnista de El Tiempo, que había intentado en el pasado
acercarse tímidamente a variantes posibles de la narrativa lo ha
logrado paradójicamente con este libro, tan pero tan colombiano,
pero sobre la carrera de ciclismo más universal, el Tour de
Francia.
El tema central es la hazaña de Lucho Herrera, el ciclista
nuestro que subía cuestas con la misma facilidad con que los
viejos sabemos rodar loma abajo, cuando ganó la etapa reina de
ese certamen, en la cima de Alpe d´Huez, el 16 de julio de 1984,
hace 40 años.
La narración está montada como si el autor llevará una cámara
para filmar a los actores principales del episodio, el ciclista
Herrera, un par de locutores que transmitían con técnicas
prehistóricas desde la carretera para el Grupo Radial
Colombiano, usando hasta teléfonos públicos de moneda, un
ciclista holandés a punto de retirarse y, obviamente los dos
grandes derrotados de aquél día, Bernard Hinault y Laurent
Fignon.
Sobre ellos construye una trama tan apasionante como lo fue esa
carrera para millones de colombianos que nos paralizamos viendo
al de Fusagasugá ganarse lo imposible y le resulta una novela
cojonuda aunque solo la puedan entender los colombianos que
vibramos entonces (y ahora muchos todavía) por nuestros
ciclistas.
Es una novela novedosa, salpicada de la poesía filosófica del
agradable columnista de los viernes en El Tiempo. Obviamente la
prolonga quizás en demasía con historias paralelas poco
interesantes, pero mientras mancha de humanidad común y
corriente a sus personajes consigue momentos de apoteosis
transcribiendo las narraciones de los locutores en plena
carretera.
Leerla es revisar un mito moderno colombiano que a los muchachos
de ahora poco o nada les interesa y a muchos mayores de 40 años
no les gusta recordar porque se sienten viejos. Es una novela
para aplaudir. Es la demostración de que los historiadores
narran lo vivido y a los novelistas nos corresponde mitificar
las hazañas.
|
|