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El
paso del tiempo

Por: Jotamario
Arbeláez
A Andrés
Jaramillo
Sentado frente
a la nada de la página en blanco y de un cielo igualmente blanco
como presagio de lluvia -ya la palabra presagio es una
especulación sobre un tiempo que ha de venir-,
voy ‘a emplear el tiempo’, pues nunca me atrevería a decir ‘a
matar el tiempo’,
en una reflexión sobre el tiempo antes de que el tiempo se
agote.
“Hay tiempo para todo”, dice optimista el Eclesiastés, y el
filósofo pesimista concreta: “hasta para que los tiempos se
acaben”.
De un tiempo para acá filosofo con el martillo de Nietzsche,
pero suspendo a tiempo cuando caigo en la cuenta de que carezco
de clavos.
Sólo por llevar la contraria, pienso que tiempo que se va es
tiempo que vuelve, como vuelven las modas, los cometas y los
vientos de agosto.
El dios Cronos nos dio los presentes del pasado y el futuro, y
contando lo presente que ya estaba ahí, en esos tiempos hemos
vivido, vivimos y viviremos.
Para muchos el pasado es la verdadera vida, porque ya no lo
cambia nada ni nadie
y de él se conservan vivos recuerdos, represados en el álbum de
la existencia.
Viven de la nostalgia, con tanta vehemencia que llegan a pensar
que la remembranza es lo único que queda del paraíso vivido.
Para otros sólo el presente es válido, porque es el momento
cuando nos pellizcamos,
cuando
cantamos en la ducha, recordamos los sueños que son otro tiempo
que no cuenta temporalmente, partimos la torta de
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los
cumpleaños o aplaudimos en el teatro, acariciamos unas piernas amadas o
firmamos la escritura de nuestra casa.
Piensan ellos que lo que pasó
pasó y lo que va a pasar no ha pasado. O sea que lo que no es presente es cuento
viejo o expectativa fantasma.
Pero para muchos la única vida posible y deseable es la del futuro, cuando tal
vez se realicen sus esperanzas hasta el momento frustradas, se desvanezcan sus
temores o se cumplan las profecías.
En ese territorio anhelado tal vez al fin dé frutos su espera. Y en ese tal vez
tal vez discurre una satisfacción por venir.
Otros van más allá, hacia la futura vida ultraterrena donde, en el seno de una
divinidad sin cronómetro, discurrirán una eternidad sin problemas.
Los sueños son otro tiempo
diferente del pasado, el presente y el futuro, como del aquí, del allá y del más
allá. En los sueños los tiempos y los espacios se juntan en una superrealidad
que nos es gozosa.
Los muertos están vivos y los
amores vuelan como los cuervos y como la serpiente emplumada, y pueden pasar
siglos en décimas de segundo.
Borges, en una de esas reverberantes revelaciones apócrifas, plantea que no es
el pasado el que pasa por el presente empujándonos al futuro,
sino que es el futuro el que viene a nosotros, de retro, tragando presente.
Y que es el único tiempo
existente porque el presente es inasible, ya que mientras uno pronuncia la
palabra presente ya saltó al futuro.
Para cuántas personas el tiempo no pasa, y siguen viviendo como niños ya
avanzados en su madurez.
Porque la prueba contundente
de que el tiempo pasa es que envejecemos, ay, con todas sus terribles secuelas.
El tiempo que a todo, hasta a las piedras, arruga.
Yo vivo los tres tiempos al tiempo, y estoy tan lleno de bellos recuerdos como
de vivencias insólitas como de promesas de vida.
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No mido el tiempo por los
minutos que pasan sino por los besos de amor que voy recibiendo y las copas de
vino que voy libando y los libros de cabecera que voy leyendo.
Y disfruto la fugacidad del
presente que me da la oportunidad de reflexionar y escribir sobre ello como
quien se está leyendo el futuro.
Si hemos de posar de filósofos temporales, digamos que el tiempo no pasa, que el
que pasa es uno, a través del tiempo.
Leí en alguna parte de las que he vivido que uno vive al mismo tiempo todos los
días de su vida, que hoy que tiene 70 también está viviendo los 7, y los 77 si
llegan,
aunque por una convención misteriosa la aguja sólo esté marcando un presente
convencional para darle un sentido de progresión a la vida y de registro a la
historia.
Y por ello la memoria no es sólo el recuerdo sino otra estación del tiempo que
se detuvo en el momento perpetuo.
El romance de Romeo y Julieta se rebobina todos los días, como las escenas de Lo
que el viento se llevó, como el día de su bautizo y el mío.
Nadie sale del río al que entró a bañarse. Ningún beso termina. El día de la
muerte no llega.
Ocurrirá el tiempo en que por Internet nos llegue el periódico con las noticias
de pasado mañana.
Así tendremos la oportunidad de burlar al destino, no tomando el avión que se ha
de estrellar contra el cerro
ni compartiendo la velada con la persona que te ha de propinar la puñalada
trapera.
Es hora de salir a la calle a rebuscar para los gastos del día. Porque con esta
digresión a duras penas me gané la mitad.
“Qué va a saber el reloj en
qué horas anda uno, préstame un peso”, decía mi amigo Cachifo, que al fin nos
dejó descansar en paz.
Espero no haberle hecho perder
a usted un tiempo precioso, sin haberle hecho pasar unos minutos todavía más
preciosos.
Marzo 29-11
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