Bogotá, Colombia -Edición: 691

 Fecha: Domingo 08-09-2024

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\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL

 

Política

 

Aquello que concierne a la totalidad de los ciudadanos de un nación es lo que se puede definir como la política. Es pues, un tema de conversación de todos, ya que se refiere a la libertad de cada uno de examinar ese tema conforme a sus propios pensamientos e intereses, y por lo mismo, de agruparse con los que le son afines en movimientos, asociaciones y partidos para apoyar o estar en contra de las mayorías o de las minorías que en el gobierno del Estado dialogan respecto del interés general y del bien público.

Al conjunto de la sociedad le es imposible evadir el dialogo respecto de las políticas públicas puesto que sin lugar a duda toda medida político administrativa puede acabar beneficiando a unos pocos y perjudicando a la gran mayoría, o lo contrario, beneficiando a la gran mayoría y perjudicando a unos pocos, ya que la regla de oro democrática es aquella que reza que prevalence el interés general sobre el particular en los regímenes plutócratas, es decir en el que gobiernan los ricos, pero esta regla no se cumple.

La política pública debe de ser un proceso constituyente que integra formas de pensar y de sentir diferenciadas para que con la acción participativa de la ciudadanía las autoridades de las tres ramas del poder público, acuerden los procedimientos mediante los cuales se pretende asegurar los fines esenciales del Estado que corresponden a la garantía de otorgar universales derechos a todas las personas que a diario habitan el territorio nacional, o prevenir una situación definida como potencialmente problemática.

El principio fundamental que reconoce que Colombia es un Estado social de derecho, organizado en forma de república unitaria, descentralizada, con autonomía de sus entidades territoriales, tiene en su deber ser, la ausencia de políticas públicas orientadas por la rama del poder público ejecutivo en beneficio de los pobladores y de la naturaleza que comparten los atributos naturales de la tierra y el trabajo, ya que estos son la fuente de la riqueza que abastecen las rentas del Estado, cuya finalidad es, desde la perspectiva del derecho la justicia social y ambiental.

Muchas voces en Colombia se refieren a la política, cómo la “politiquería”, término este que hace referencia a los políticos profesionales que han constituido un cartel de contratación con el Estado corrupto y criminal, parasitando las rentas del Estado y apropiándose de manera fraudulenta de las ganancias del trabajo colectivo de la Nación mediante interpretaciones jurídicas lesivas al interés general. Esta condición prevalece por la ausencia de políticas públicas que garanticen la igualdad de los derechos de todas las personas y de la naturaleza ante la constitución y las leyes.

En Colombia la ausencia de políticas públicas concertadas para ser implementadas en el corto, mediano y largo plazo han derivado en argumentaciones proclives a la demagogia y al populismo, con los que se adula al pueblo concediéndole la razón mediante la opinión pública que dicen representar los voceros de los medios hegemónicos de comunicación, hoy en manos de banqueros y empresarios privados que en defensa de sus interés particulares ante el Estado social de derecho, anteponen el estado social de opinión, en el que ciertamente, como lo dijo Kid Pambelé, “es mejor ser rico que ser pobre”.

 

 

 

La política es una religión donde el elegido tiene poder divino

Por: Zahur Klemath Zapata

zapatazahurk@gmail.com  

 

La historia de la humanidad está ligada a la religión y a su vez la política. En un principio las dos se confundían y solo se sentía el poder religioso que era la que dominaba la vida humana.

Con la llegada de la filosofía, el raciocinio, la ciencia y la física, la fantasía y las emociones comienzan a pasar a una segunda línea donde juegan los dos según sus intereses económicos y políticos.

 

Estamos en el siglo veintiuno donde la tecnología ha desplazado creencias religiosas y ha creado otro universo de fantasía donde el ser humano juega con sus fantasías en un realismo fantástico que hace millonarios a quienes venden esos juegos.

 

Los políticos aquí son otros personajes que juegan con la mente de quienes los escuchan y crean otra fantasía donde el ciudadano es el peón de brega para sus actuaciones económicas y criminales.

Nuestro avance genético solo está en una minoría, este, a su vez, es más pasivo y permanece casi siempre en silencio, no tiene el poder de protestar porque es minoría. Pero las hordas de seguidores de los políticos avasallan cualquier enemigo que el político tenga en mente atacar.

Cientos de miles de personas mueren hoy asesinadas por inconscientes mandaderos que solo siguen órdenes del criminal que está sentado detrás de un escritorio. Eso es lo que estamos viendo en videos que suben a la red y solo nos horrorizan al ver tanta criminalidad.

Hay gente que protesta, pero no es suficiente esos gritos de dolor que son escuchados de todos los rincones del planeta. Las religiones tienen dioses crueles que permiten toda esa crueldad, o será que esos dioses sólo existen en nuestra imaginación y por eso no hay fuerzas invisibles que detengan tanta masacre que ha existido en la historia, antigua y reciente, de este planeta.

Somos crueles y desentendidos del dolor ajeno. Porque el dolor de otros solo nos horroriza dentro de nuestras emociones. No lloran los psicópatas, esquizoides o asesinos en serie porque para ellos es parte de sus emociones. Y el resto tiene miedo de lo que está pasando porque no saben cuándo esos golpes van a tocar a su puerta y no saben cómo defenderse de ese enemigo que todo el mundo conoce.

El mundo está perdido en su propia maraña igual que un huracán que crece y disminuye según los cambios de temperatura. Así estamos viviendo desde el día que se enfrentó Caín contra Abel según la biblia. La muerte comenzó a tocar en todos los sitios donde los humanos se asentaban.

Hoy lo sabemos todo en segundos y el odio está regado hasta en los que dicen "¡Hay bendito!".

 

 

 

QUÉ LEE GARDEAZÁBAL

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

Reseña de la novela póstuma de García Márquez

Editada por Random House

 

Audio: https://www.youtube.com/watch?v=W3WTOjQsteE

 

Es probable que cuando García Márquez hizo las últimas correcciones al texto de EN AGOSTO NOS VEMOS no existiera la Inteligencia Artificial ni que Cristóbal Pera, el encargado de maquillarla 10 años después de muerto, supiera tanto de la prosa garciamarquina.

No importa. Rehacer un libro que el autor no dejó terminado es difícil y uno de nuestro premio Nobel mucho más. Pero resulta tan delicioso leer esta novela de poco vuelo y saberse de nuevo cargado en la hamaca insostenible de su prosa, que los detalles del parto literario se olvidan.

Bien lo dicen sus dos hijos en el prólogo que hacen para advertir que fue la batalla final contra el alzheimer la verdadera razón para no haberla terminado.

 

Y lo reafirma, de otra manera, su restaurador, el señor Pera, cuando, dice textualmente en el epílogo y explica simplemente como lo rearmó: “mi trabajo consiste en hacerlo más fuerte de lo que ya está en la página”. Pero como desde el primer renglón hasta el último se palpa la habilidad del narrador.

Como la fascinación por el adjetivo exacto enriquece al lector. Y cómo se llega hasta a oler el inconfundible gesto de la mujer casada, casi cincuentona, que repite religiosamente año tras año la visita a la tumba de la madre en una isla, convirtiendo el viaje en un acto de rebelión sexual contra el buen músico de su marido.

 

También deja intuir, en detrimento de la tensión, que acude no a ponerle flores a la tumba sino a levantarse la bata y aventurarse con hombre distinto en cada viaje. Pero como solo es por una noche, uno sabe muy bien que es una novela de García Márquez, costeño machista pero temeroso de Mercedes Barcha su esposa de toda la vida.

 

Tal vez no se trate de una obra maestra y quizás los expertos críticos del macondiano hasta la pongan en la lista de las obras menores de un autor tan prolífico. Pero da tanta satisfacción encontrar el manejo magistral de la descripción y la solvencia al llevar la trama por entre los vericuetos de una misma tensión repetida, que cuando se termina la novela, se cierra el libro y no provoca leer el epílogo de Cristóbal Pera para no caer en la tentación de comprobar la maestría de las correcciones que alcanzó a hacerle GGM al margen y que se desparraman en las cuatro páginas facsimilares del borrador original.

Un libro para pensar en la eternidad del texto literario y en el gozo fugaz del sexo pactado con el calendario.

 

 

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