Bogotá, Colombia -Edición: 693

 Fecha: Viernes 13-09-2024

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\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL

 

Todos contra todos

 


Los ricos roban a los pobres y los pobres entre ellos. Cómica situación en donde el acontecimiento de ser pobre coloca al ciudadano al filo de la existencia en Colombia.

Constantemente se habla de cómo los ricos usurpan, explotan y se aprovechan de aquellos con menos recursos. Pero, esto es la menor de las preocupaciones, de cierto modo, ya que sus robos son tan limpios que simplemente el colombiano promedio no logra saber dónde fue que lo robaron.

Por otro lado se encuentra el robo entre personas de bajos recursos, de hecho parece ser que el primer gran muro que es necesario dominar el en camino de los pequeños empresarios, es impedir que otros se aprovechen de su situación de crecimiento y terminan robando el producto de su trabajo, en otras palabras, los más acaudalados no tienen que preocuparse que los de menos recursos logren llegar a ser grandes competencias, ya que entre los pequeños exponentes se sabotean, esto siempre y cuando sea entre pequeños comerciantes, ya que de no ser un comerciante con cierto ideal del capitalismo salvaje, sera un amigo de lo ajeno, de trabajo fácil que estará dispuesto a robar cada centavo de cualquier persona por el simple hecho de que ellos deben de sobrevivir.

Es en este juego en donde el colombiano vive en un constante terror, si consigo me roban, si juego limpio pierdo, y si llego al éxito los impuestos me tragan vivo, entonces nace el colombiano que se acomoda en una comodidad estable, una comodidad que como mínimo le permitirá tener tranquilidad. Esto en uno o dos casos será normal, pero cuando una gran mayoría adquiere este pensamiento crea un gran problema para una sociedad que debe crecer económicamente, ya que aquellos que quedan y obtienen el éxito talvez y solo tal vez han decidido dejar de jugar con las consignas de una economia limpia, permitiendo de esta manera jugar de manera amañada, dando luz verde a los males que han acompañado a Colombia durante mucho tiempo.
 

 

 

Somos una clase de amor y retazos

Por: Zahur Klemath Zapata

zapatazahurk@gmail.com  

 

Al principio de nuestra historia éramos simplemente salvajes que corríamos de lado a lado buscando que comer. Todo era normal, natural y nada impedía que nuestras vidas se juntaran y dieran nuevas vidas. Todo siempre fue bueno no hay porque negarlo.

 

Los días y las noches se juntaron en un eterno abrazo y el tiempo se fue deslizando como si fuera una aureola que cubriera nuestro horizonte. Más un día como ocurre en todas las historias nos fuimos apartando los unos de los otros y cada cual fue creciendo en diferentes latitudes donde encontró su propio reposo.

 

La historia genética nos cuenta que nuestras raíces son las mismas con tantas variantes como tienen los ríos cuando nacen, hasta convertirse en un caudaloso río que termina en el mar. Todos ahora estamos en ese mar viviendo y luchando para poder sobrevivir a lo que no sabemos qué vendrá.

En los últimos milenios hemos desarrollado creencias particulares que nos hacen creer que somos diferentes y que unos pocos llevan en sí un distintivo que los hace superiores a los demás. Ellos creen que eso es verdad por estar en posiciones nacidas por las circunstancias que de otra forma serían parte de la multitud que deambula por las calles de cualquier ciudad.

Todos hemos nacido por circunstancias diferentes, aunque creamos que la de cada uno fue particular o simplemente un accidente o un brutal ataque en una noche de luna llena. Pero estamos aquí eso sí es verdad.

Hoy que la sociedad ha crecido y ha establecido sus parámetros nos miramos y tratamos de ubicarnos en el mejor sitio para poder estar cómodos y así observar el paso de los días y quienes por el frente de nuestra mira pasan. En ese mirar podemos distinguir a veces las diferencias que existen entre las cosas buenas y malas.

La vida no es simple, a pesar que lo es, pero nosotros somos tan complicados que todo lo que vemos lo comparamos y nos olvidamos que somos una clase de seres humanos hechos de amor y retazos, pero no lo vemos así porque cada uno lleva muy adentro su propia orquesta que solo toca cuando todo el mundo se va.

Cuando me miro al espejo a veces no me reconozco porque pienso que mi otro yo salto fuera del espejo y no lo puedo alcanzar porque está más allá en la distancia que nos separa de la realidad y el sueño. Y es aquí donde todos nos encontramos buscando esa clase que nunca tuvimos pero creamos para sentirnos importantes frente a la

 

 

 

realidad de los acontecimientos que se suceden cada día.

Despierta, despierta, hay un voz que se repite detrás me dé mí no como un eco sino como una exclamación de miles de voces que gritan que todo va a estar bien.

 

EL TATUAJE DEL CÓNDOR
Crónica #963

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

Audio: https://www.youtube.com/watch?v=B3YpSVPaS_Y&t=20s

 

Aunque a mi edad nada debe sorprendernos, el sábado pasado en la Fiesta del Libro de Medellín, cuando todavía estaba embelesado con la tesis sobre mi novela LOS MÍOS del historiador Joan Manuel Largo, profesor de Eafit y experto en la evolución de la burguesía vallecaucana del siglo XX, acudí al Patio de las Azaleas del Jardín Botánico donde los escritores deberíamos firmar libros, cuando de repente se presentó a la mesa un esmirriado muchachón, cámara Cannon en mano, para que le firmara un ejemplar de Cóndores no entierran todos los días.

Cuando estaba terminando de firmarle a Kevyn, como se llama el chico, desató una tempestad de palabras de elogio a mis Cóndores y cuando yo creía que había terminado se abrió ante mis ojos los botones superiores de su camisa y nos mostró a los que me rodeaban que se había tatuado en su pecho un cóndor con las alas extendidas y dijo que lo había hecho en mi honor.

No atiné en el instante qué hacer y solo viendo las fotos que tomaron del momento puedo colegir que no solo me sorprendió, me asombró.

Pensándolo después de regreso al hotel creo que comprendí hasta dónde se puede despertar fanatismo con una obra literaria escrita hace 53 años y, en especial, que en vez de demostrarle al cinematografista y músico que resultó ser Kevin mi inconmensurable agradecimiento, me cubrí de la sequedad de la experiencia y hasta se me olvidó preguntarle el apellido.

Estoy cavilando desde entonces si algún compatriota llegó a tatuarse con el rostro de María de Jorge Isaacs o si algún latinoamericano lo hizo con la Rayuela de Cortázar.

Presupongo que no por lo que se me ha aumentado desde esa noche de la Fiesta del Libro una responsabilidad inmensa sobre lo que todavía puedo escribir y lo que generaría en lectores muy ajenos a mi edad o al momento histórico de mis narraciones, como lo dijo el profesor Largo mientras explicaba el valor de literatura profética que dizque tiene mi novela LOS MÍOS desde hace 44 años.

El Porce, septiembre 13 del 2024

 

 

 

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