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La radio en la era de la globalización:
entre lo digital y lo eterno

Por: Jairo Fernando Zarama Venegas
En un mundo donde la tecnología avanza a
velocidades vertiginosas, la radio ha demostrado ser mucho más que un
simple medio de comunicación. Ha sido un puente entre culturas, un
acompañante fiel en los momentos más cotidianos y un vehículo poderoso
para transmitir emociones, ideas e información. Y aunque hoy vivimos
inmersos en la era digital, donde todo parece estar al alcance de un
clic, la radio analógica, lejos de desvanecerse, ha encontrado formas de
reinventarse, manteniendo su esencia inquebrantable.
La globalización ha dado paso a un fenómeno fascinante: la radio
digital. Plataformas en línea, aplicaciones móviles, y podcasts se han
multiplicado, permitiendo a oyentes de cualquier rincón del planeta
sintonizar emisoras de todo el mundo en tiempo real. La radio digital ha
roto barreras geográficas, llevándonos a lugares donde antes las ondas
no podían llegar. Además, ha permitido la creación de contenido más
segmentado, ajustado a nichos específicos, y ha facilitado la
interacción instantánea entre los oyentes y los locutores. Sin duda, la
radio digital ha ganado un espacio importante, conquistando nuevas
generaciones que se sumergen en este formato, consumiéndolo cuando y
donde quieran.
Pero en medio de esta revolución digital, la radio analógica sigue
latiendo, más viva que nunca. Para muchos, la magia de girar el dial, la
imperfección de las interferencias y la sensación de estar conectado a
una frecuencia que parece única e irrepetible, siguen siendo
incomparables. La radio de siempre, aquella que acompañó a generaciones
en sus mañanas, que brindó consuelo en noches solitarias y que celebró
triunfos colectivos, ha demostrado una capacidad de adaptación
admirable.
Lejos de desaparecer, la radio analógica ha encontrado en su
autenticidad un valor que se vuelve más preciado en la era digital. Las
emisoras tradicionales han abrazado las nuevas tecnologías sin perder su
identidad, transmitiendo en frecuencias FM y AM, pero también
expandiendo su alcance a través de plataformas de streaming. Es un medio
que ha logrado lo que muchos pensaron imposible: combinar lo mejor de
ambos mundos. A través de la sinergia entre lo digital y lo analógico,
la radio continúa siendo un medio masivo, con un poder de convocatoria
insuperable.

Además, la radio analógica ha mantenido
su rol fundamental en situaciones de emergencia, en lugares donde el
acceso a internet es limitado o inexistente. En esos momentos, la radio
sigue siendo la primera en llegar y la última en irse, entregando
información vital. En un mundo donde lo inmediato es la norma, la radio
tradicional representa esa conexión cercana, casi íntima, que es difícil
de replicar en lo digital.
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La
globalización ha llevado a la radio a un escenario mundial donde las
posibilidades son infinitas. Pero en ese inmenso panorama, la radio
analógica nos recuerda algo fundamental: no todo tiene que ser rápido,
no todo tiene que ser inmediato. A veces, lo que nos conecta
verdaderamente es lo que nos permite detenernos, escuchar con atención,
y sentir que, por un momento, esa voz que atraviesa las ondas es solo
para nosotros.
Y así, la
radio analógica no solo sobrevive, sino que se reinventa. Su esencia
siempre ha sido la misma: la capacidad de contar historias, de
acompañar, de informar y entretener. En un futuro donde lo digital
seguirá ganando terreno, podemos estar seguros de algo: la radio nunca
desaparecerá. Su capacidad de adaptarse a los tiempos y su conexión
inigualable con las personas la mantendrán en pie, como un faro que
sigue iluminando en medio de la tormenta tecnológica.
La radio ha
sido, y siempre será, un reflejo del mundo. En su versión digital, es
una ventana global; en su versión analógica, es el latido cercano que
jamás nos abandonará.
La ley educativa

Por: Edgar Cabezas
La filosofía
inculca al yo la verdad. ¿Cuál es el cuento de la verdad? La verdad
única y verdadera es aquella que el ser manifiesta cuando se ve a sí
mismo frente al espejo o cuando en intimidad hace introspección y se
valora respecto de la coherencia con el ser en sí mismo y se siente y se
piensa reconciliado, tranquilo, imperturbado, viviendo en paz y
satisfecho, en armoniosa intimidad; incluso ante la sospecha de
infidelidad depositar en un cofre sellado los secretos, ante el propio
yo.
Vivir la vida en verdad con la verdad de otros es el sometimiento que
impone la vida cultural a los sujetos del género cualquiera que sea. Aún
así las personas, el yo de cada uno, ante la pregunta de la verdad
responde a la comisión de la verdad, con que es justo reconocer la
diversidad de verdades que en el horizonte cultural se representan para
poder convivir con ellas de manera civilizada a través de solucionar los
conflictos dialogando.
La ley de la educación debe reconocer que la transmisión de la sabiduría
civilizatoria es el dialogo. Un dialogo que posibilite comprender a cada
ser humano la historia a la que pertenece. Las hipótesis de su
evolución, los instrumentos tecnológicos que se fueron apropiando, las
ciencias y su poder energético, las artes que enaltecen la percepción de
la belleza y el riesgo planetario al interior del sistema solar.
Es necesario sumarse a las voces de quienes comparten los magníficos
avances de bienestar que las naciones del mundo han logrado, merced al
Estado. Pero a su vez también sumarse a las voces de quienes sostienen
que en los contenidos de la educación el Estado no bebe intervenir. Sin
embargo, ¿en qué si debe intervenir el Estado? En aportar la visión que
se tiene de la diversidad étnica y cultural de las poblaciones que
habitan los territorios en ciudades y municipios, sus derechos, deberes,
obligaciones y los procedimientos de relacionamiento comunitario.
El Estado es
el responsable de asegurar y mantener el cuerpo de educandos de la
nación, la nómina de empleados de magisterio de la educación tanto como
de la construcción y mantenimiento de la infraestructura educativa.
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El principio de la educación es la
colaboración, el aprendizaje en grupo, los vínculos que se establecen
con los compañeros de estudio en cada uno de los grados de la enseñanza
para conocer la sociedad en la que se vive y saber mediante habilidades
y capacidades manejar y operar los instrumentos científicos y
tecnológicos al servicio del bienestar, la adaptación a la variable
climática y la evolución humana cuando les corresponda asumir trabajos,
funciones y deberes.
Los educadores del presente deben ir sacando su materia fuera del salón
de clase. La clase a la vida. Hay que tener clase para estar en clase,
porque se tiene que aprender a ser porque somos siendo cada pueblo en su
territorio, se está embelleciendo el entorno, purificando el ambiente,
aprendiendo los saberes tradicionales, las artes, los oficios y la
ciencia con el amor propio que brinda la vida.
CHARLAS CON UN MAESTRO SAMMASATI

Por: Gongpa Rabsel Rinpoché
Lama Sammasati para Latinoamérica
"La Semilla y el Arbol"
En un
pequeño pueblo al pie de una montaña sagrada, vivía un joven llamado
Kai. A pesar de su corta edad, Kai se sentía inquieto. Observaba a los
monjes en el templo, sus rostros serenos y sus ojos llenos de sabiduría,
y anhelaba encontrar la paz que ellos irradiaban.
Un día, Kai se acercó al monje más anciano del templo. "Maestro,"
comenzó, "veo que ustedes viven en paz, ¿cómo lo logran?" El monje
sonrió y, sin dudarlo, le ofreció una semilla. "Planta esta semilla en
tu jardín y cuídala," dijo. "Observa su crecimiento y aprenderás mucho."
Kai, intrigado, plantó la semilla y la regaba a diario. Los días se
convertían en semanas, y la semilla finalmente brotó, dando lugar a un
pequeño árbol. Kai observaba con asombro cómo el árbol crecía,
enfrentando el sol, la lluvia y el viento. A veces, las ramas se
quebraban o las hojas se marchitaban, pero el árbol siempre se
recuperaba.
Con el tiempo, Kai comprendió la metáfora. La semilla era su mente,
llena de dudas y anhelos. El árbol era su vida, con sus altibajos y
desafíos. Al igual que el árbol, él debía aprender a ser flexible, a
aceptar el cambio y a encontrar fuerza en la adversidad.
Un día, una fuerte tormenta azotó el pueblo. Kai se despertó con el
sonido de la lluvia y el viento. Corrió al jardín y encontró su árbol,
doblado casi hasta el suelo. Con el corazón encogido, intentó
enderezarlo, pero el árbol estaba demasiado débil.
En ese momento, el monje anciano se acercó a él. "Kai," dijo, "el árbol
no se ha roto. Se ha doblado para resistir la tormenta. Así como este
árbol, tú también debes aprender a flexionar tu mente y tu espíritu
cuando la vida te presente desafíos."
Kai comprendió entonces que la verdadera fuerza no estaba en la rigidez,
sino en la capacidad de adaptarse y crecer. A partir de ese día, Kai
cultivó la paciencia, la compasión y la sabiduría, siguiendo las
enseñanzas del Buda. Y así, encontró la paz interior que tanto anhelaba.
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08.
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