Bogotá, Colombia -Edición: 708

 Fecha: Viernes 18-10-2024

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\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL

 

Colombia, país -por milagro-


No hemos subestimado en incontables ocasiones y dentro de tantas subestimaciones hemos creado una enfermedad, siempre negativos recorremos nuestras calles esperando que no nos suceda nada, siempre al borde del abismo bailamos y gozamos nuestra cultura, siempre de fiesta o a la espera de la misma.

Somos un país inmerso en el despotismo de la corrupción y vivimos con ello, es decir, somos sujetos enfermos con conocimientos de todos nuestros males, pero no nos importa, pasamos por alto esperando que cuando estalle la enfermedad uno haya nada que hacer nos fulmine sin más.

En repetidas ocasiones hemos visto cómo la corrupción es oculta por una u otra fiesta, como un acto de desigualdad es normalizado y visto con comedia.


Tan felices que no sabemos qué nos espera, ni mucho menos nos importa, tal pensamiento ha comenzado a poblar las juventudes, que parece no importarles el futuro, aunque también es un síntoma de la enfermedad colombiana, los jóvenes han vivido tanto en el azar de este país que ya no le dan sentido a construir en un país tan corrupto y perverso como lo es nuestra colombia.

Colombia, el país en donde los grandes acontecimientos y obras se han dado por milagro, después de tantos problemas siempre alcanzamos lo que queremos. Pero, ¿por qué deberíamos esperar siempre el milagro? ¿por qué siempre permanecer en la angustia y la espera de un milagro? porque no nos han dejado de otra, en la medida que nuestros líderes han enfermado nuestras esperanzas, han aprovechado el poder para expresar su versión de un mejor país, pero ¿cómo podría un funcionario dirigir bien un país al cual hace mucho dejó de pertenecer, o al menos de participar de él como los sujetos de a pie, es decir, cómo los ciudadanos más normales que tienen que vivir con su salario mínimo? en otras palabras le estamos pidiendo a alguien que opine sobre acontecimientos que nunca le han sucedido y por lo mismo siempre darán una respuesta objetiva que desarticula al ser humano que la vive, por ello, las soluciones siempre son románticas exigiendo un esfuerzo, un esfuerzo a aquel que está dando lo mejor de sí para sobrevivir, por esto es que nuestros líderes nunca podrán dirigirse de una forma sana sin generarnos traumatismos, entonces ¿ qué nos queda?

 

 

 

El empleo informal fuera de lo formal

 

 

Por: Zahur Klemath Zapata

zapatazahurk@gmail.com  


Vivir en un país de politiquería y rebuscadores informales es como estar en la antigua Turquía deambulando por callejones enfrentados a todo tipo de mercaderes que ofrecen desde la lámpara mágica, la alfombra voladora o el reino de Ali baba. Esa es la Colombia que hoy se vive.

Nunca había visto tanta gente en la calle vendiendo de todo un poco. Y todos sobreviven gracias a los pesitos que se ganan en un largo día de trabajo. Sé que no es fácil vivir de esos centavos que se ganan. Y sin embargo conocí el otro día a una vendedora ambulante de café con la cual hablé mientras degustaba del tinto que me vendió por mil pesos.

Catorce años vendiendo café en las calles de Pereira y con ese esfuerzo que las mujeres le imponen a sus vidas, había podido educar a sus dos hijos por lo menos el bachillerato y ahora era educarlos para que sean profesionales.

La informalidad en Colombia es el pan de cada día y no por tener educación universitaria sino porque el establecimiento es incapaz de ofrecer al ciudadano las herramientas necesarias para que ellos salgan adelante junto con el país. Todo se queda en la maraña del congreso y de malos administradores públicos que no tienen la capacidad de la razonabilidad para poder ver y organizar una sociedad que ya dejó de ser rebaños llegados de las montañas buscando refugio en la larga huida de la violencia.

El colombiano no quiere ser un mantenido y no espera nada del establecimiento o el estado, a pesar que él es el que sostiene ese establecimiento con el pago de impuestos cuando consume lo que sea. Porque hay que pagar impuestos, casi por respirar.

De vez en cuando escucho a los economistas hablar de inflación y de una serie de cosas que ellos mismos no entienden, porque si lo entendieran tendrían el país en superávit y no en un déficit peores que el que tienen los puertorriqueños

 

 

 LA TIERRA DE MIS MAYORES
Crónica #987


Gustavo Alvarez Gardeazábal
Audio:
https://www.spreaker.com/episode/criminal-de-guerra-cronica-986-de-gardeazabal-16-10-2024--62383901


Hace unos días recibí la cordial invitación del concejal Rivera Lezcano de Guadalupe, el pueblo de las breñas del Porce de donde proviene mi sangre paterna, para que los acompañara recorriendo calles y veredas.

 

Fue como un flash inolvidable de mi infancia. No tenía 10 años cuando mi padre, expulsado por Builes 20 años atrás, volvía a sus lares y quiso que le acompañara.

 

Veo entonces a Guadalupe entre neblinas vespertinas y añoranzas olorosas. Su cielo era de un azul intenso, como los ojos de la abuela Natalia Restrepo a quien conocí atendiendo un almacencito en la calle principal.

Unos años después, cuando ya escribía mi columna en El Colombiano, Federico Velázquez Arroyave me llevó de nuevo pero me hizo bajar por el malacate que bordeaba el salto del río Guadalupe, represado para producir energía en lo que ahora creo que llaman Porce 1.

Todavía siento que mis verijas se me subieron más allá del cuello mientras descendía por esa perpendicular.

Río abajo, orillando casi hasta Anorí, fui recorriendo los espacios que con sus borracheras y puterías hizo novelables don Pablo Alvarez, mi abuelo.

Cada uno tenía su historia, cada uno sus testigos. Pasé entonces por donde quedaba la mina de la Bramadora y lo que ella significó para mi gente. No pudimos subir a ver las ruinas de Malabrigo, el caserío primigenio de la familia, pero cuando ya era gobernador del Valle me invitó la Directora de las Bibliotecas Públicas de Antioquia, la incansable Mary Alvarez Restrepo, y volví para ver el río Porce desde la altura de ese caserío desabrido, como lo vieron mis antepasados mientras horadaban las minas de la vega o bajaban enardecidos bañados en aguardiente por los canalones que los Nutibaes iniciaron muchos siglos antes y las mulas de los paisas emberraquecidos ahondaron mayúsculamente.

Mi desvencijado esqueleto ya no me deja arrimar hasta allá para atender la invitación. Solo me toca perderme en la neblina del recuerdo feliz.
 

El Porce, octubre 18 del 2024

 

 

 

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