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EDITORIAL
La paz: ¿un contrato
incumplido?
Desde tiempos inmemoriales, la paz ha sido el
bien más ansiado y el precio más alto que las sociedades están
dispuestas a pagar. La teoría de Hobbes sugiere que, para vivir
en paz, las personas ceden parte de su libertad en favor de un
orden que les garantice seguridad y estabilidad. En Colombia,
sin embargo, este contrato parece estar roto, y la paz, en vez
de ser un derecho efectivo, se ha convertido en una promesa
difícil de alcanzar.
El país ha firmado acuerdos de paz, lanzado políticas de
reconciliación y avanzado en programas de desarme, pero aún así,
la violencia persiste en muchas regiones. Las comunidades
vulnerables en zonas rurales y periféricas continúan expuestas a
amenazas constantes, con un Estado ausente o incapaz de
garantizarles protección. Este escenario plantea una inquietud
legítima: ¿qué sentido tiene ceder libertades si la paz no se
cumple y el precio de la libertad sigue cobrándose?
La paz en Colombia no debería limitarse a la ausencia de
conflicto armado, sino también comprender el derecho de los
ciudadanos a vivir sin miedo, con acceso a oportunidades y
justicia. Años de conflicto han dejado una deuda histórica que
exige no solo la formalización de acuerdos, sino un compromiso
real del Estado con quienes han visto afectadas sus vidas. La
paz que se ofrece debe superar el discurso y materializarse en
acciones visibles, permanentes y, sobre todo, equitativas.
En esta situación de incertidumbre, los colombianos tienen la
legítima opción de cuestionar este contrato de paz y exigir que
sus derechos sean respetados. Las promesas de paz no son meras
formalidades que pueden olvidarse; son compromisos adquiridos
por el Estado que deben cumplirse para devolver al ciudadano la
confianza en su gobierno y en sus instituciones.
No es suficiente con el discurso de paz cuando su implementación
es deficiente o parcial. El ideal de paz en Colombia debe
aspirar a ser tangible para todos y debe construirse sobre una
base de justicia social y protección real de las libertades
individuales. Para muchos colombianos, la paz sigue siendo un
contrato incumplido, y solo a través de una transformación
genuina en su implementación será posible convertirla en un
derecho que, en realidad, esté al alcance de todos. Es hora de
exigir que este contrato roto se repare y que la paz sea un
compromiso activo, justo y equitativo.
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Los cumpleaños
llegan como una sucesión de eventos

Por: Zahur
Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com
Los cumpleaños llegan como
una sucesión de eventos en la vida que cada uno los vive a su
manera. Cuando las alturas de ellos llegan, solo se mira el
pasado como un presente intemporal en el que uno navega.
Hoy no estoy más viejo que antes, ni más joven, solo estoy
viviendo cada día como siempre lo he vivido, como si los días y
las noches fueran un solo espacio en mi intelecto.
He amado, sí, me han amado y odiado con la misma pasión como el
primer día del primer encuentro, pero también se han anidado
amores eternos como los respiros de un volcán.
Hoy a mis 81 años sigo caminando con un salud casi perfecta y
bregando en la tierra como lo hago con mis escritos. Me leo y me
leen de todas partes y sigo en silencio escuchando el silencio
de mis detractores.
Algo pasará algún día cuando la realidad de lo dicho azote a los
que castigaron a la humanidad con sus locuras. Pero ya el mundo
será otro para los que llegaron en el último vagón del tren a la
estación de la eternidad.

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EL TURISMO AL BORDE
Crónica
#995

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
El turismo colombiano está al borde de fracasar o a punto de
irse hacia arriba como la gran solución de muchas cosas.
Hemos llegado al punto en donde sí gobernadores, alcaldes y
ciudadanía no entienden en qué y cómo debe protegerse y
crecerse, se puede ir de bruces y la ilusión que muchos hemos
tenido en este país, desde el presidente Petro hacia abajo, nos
quedaría vuelta añicos.
El sentimiento anti turístico, que soliviantan alcaldes como los
de Medellín y Cartagena exagerando su conservadurismo social o
sus criterios moralistas, está contagiando a la ciudadanía y en
una y otra ciudad ya se mira mal a los turistas.
La falta de emprendimientos de los inversionistas
para atraer visitantes en regiones donde abultan los sitios
imanes, como en Santander, Huila y el Valle del Cauca, deja en
manos de los gobernantes la promoción famélica que con sus
presupuestos pueden hacer.
Ya hemos recorrido un trecho largo esperanzados en el turismo
como panacea para que no aprendamos de los errores y de los
aciertos. Las ahora casi imperceptibles Cámaras de Comercio que
podrían haber sido recintos agrupantes de los empresarios del
turismo para pedalear la industria de los visitantes, deben ser
reemplazadas por alguna asociación o entidad que los convoque y
los impulse a trabajar en conjunto.
No puede repetirse el fracaso de San Andrés, que se vino de
bruces cuando los caleños pretendieron tomárselo aplicando la
misma torpeza conque han estado despilfarrando la veta de la
salsa en Cali.
Ni Fico ni Dumek pueden seguir espantando
turistas generalizando como pecados los deseos universales de
los seres humanos.
Santa Marta y San Agustín se fueron volviendo turísticas por la
imaginación de sus inversionistas. El Quindío lo ha hecho más
exitosamente pero sin planificar su desarrollo y sin afrontar la
solución de los problemas que crea una población flotante.
Tenemos como y con quien dar el salto hacia adelante, no matemos
la gallina de los huevos de oro.
El Porce, octubre 29 del 2024
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