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EDITORIAL
Monocultivo
Los monocultivos se
caracterizan por tener muchos enemigos, entre otros, plantas,
insectos, hongos, aves, roedores y ambientalistas. A su vez, los
propietarios del monocultivo con tierra o arrendatarios de ella
son enemigos de los anteriores a los que considera plagas y a
las que se debe fumigar con pesticidas o plomo en caso que no
entiendan que su agronegocio cumple varias funciones. Por
ejemplo: enriquecer a las farmacéuticas y, por tanto, emplear a
los intermediarios comerciales de ellas junto con los egresados
de las facultades de agronomía, sin dejar de mencionar,
alimentar con el trabajo campesino a la población creciente de
las ciudades.
El monocultivo requiere de un
suelo despejado de todo tipo de cobertura vegetal. Los arboles
del bosque representan un obstáculo a talar, lo cual se hace
para preparar el área a plantar. Con el arado y el retobo se
rompe la estructura del suelo y con enmiendas se modifica su
condición química, luego se surca, se planta, se desyerba, se
abona y se fumiga. La fumigación introduce una serie de
sustancias químicas contaminantes que alteran de manera nociva
el ambiente natural y construido causando inestabilidad,
desorden, daño, perturbación y malestar.
Contaminantes son sustancias con efectos peligrosos para la
salud que se esparcen por la atmósfera en forma de gases o de
finas partículas por lo general, irritantes para los pulmones,
estómago, ojos y piel. También se presentan como sustancias
disueltas o suspendidas en el agua de beber y como carcinógenos
o mutágenos en alimentos o bebidas. La industria, la agricultura,
los residuos urbanos, la minería, los plaguicidas, fungicidas,
herbicidas, el petróleo y sus derivados, los gases provenientes
de exostos, ductos y chimeneas, además de las heces de los
bovinos y el metano emanado de los pantanos que contribuyen a la
contaminación.
En Colombia desde la década de los años ochenta hasta lo que
viene del nuevo milenio se han expedido leyes a favor de los
atributos de la tierra sin que ellas hayan contribuido a mejorar
la salubridad pública y la remediación de los impactos
ambientales causados por la contaminación producto del trabajo y
las actividades humanas. La remediación es el conjunto de
medidas a las que se someten los sitios contaminados para
eliminar o reducir los contaminantes hasta un nivel seguro para
la salud y el ambiente.
En los departamentos de Cundinamarca, Boyacá, Nariño, Antioquia
y Norte de Santander, en donde el cultivo de la santa comida de
la papa, tan arraigado en la ancestralidad campesina, ha venido
degradándose como monocultivo con un paquete tecnológico nocivo
que no ha podido eliminar los competidores que se alimentan del
tubérculo: gusano blanco y polilla guatemalteca o del
fitopatógeno de la gota. Se hace indispensable adoptar otras
medidas de erradicación de estos adversarios del cultivo.
En principio, ya se sabe que la defensa y preservación del suelo
de uso campesino se hace cultivándolo y plantando la semilla en
donde mejor le conviene al desarrollo y fructificación de la
planta. A la papa le conviene ser plantada en áreas planas, así
que hay que bajar el cultivo de los páramos y comprar o arrendar
tierras en las zonas planas a la vez que ensayar a establecer
vedas de siembra en algunos suelos en los que tradicionalmente
se siembra.
Es hora de que los campesinos alto andinos con toda la
experiencia acumulada en el cultivo de la papa dialoguen
respecto a la remediación de los impactos ambientales que su
actividad productiva causa a los ecosistemas y a la salubridad
pública. No mencionan nada de ello en sus paros organizados.
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Nos matan los armados porque no
nos podemos defender

Por: Zahur
Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com
Siempre escucho la retórica que
en Estados Unidos es muy alta la criminalidad. No lo dudo. Este
país no es cualquier país, por aquí se mueven todo tipo de
intereses y gentes venidas de todos los rincones del mundo en
busca de su propio sueño, y que al final lo llaman “El Sueño
Americano”. Pero ese sueño es algo personal y circunstancial.
Las armas, que es de lo que voy a
hablar es otra historia. Mi experiencia, que he vivido en muchos
países alrededor del mundo, y no de turista, me han enseñado las
diferentes culturas e idiosincrasias en la que la gente se
mueve. Y las armas siempre han estado ahí como parte deshumana
extendida de cada sociedad.
En Colombia el gobierno y las élites del poder han mantenido a
la población desarmada por la facilidad de poderlas controlar en
medio de los abusos que el mismo Estado hace contra los
ciudadanos.
Si retrocedemos al año que sea, ha sido el Estado quien controla
con las armas su entorno y decide el futuro de la nación. Y esto
ha hecho que siempre el país ha estado en guerra no declarada
dejando cientos de miles de muertos en su historia.
¿Esto es bueno o es irrelevante? La respuesta está en cada
doliente y en cada asesino sobre las circunstancias en las que
pasaron los hechos. Lo único que puedo decir es que uno estaba
armado y el otro indefenso. Y el Estado donde estaba en esos
momentos cuando esto sucedía. Le había negado a uno la forma de
defenderse y al otro no lo había amparado para que portara el
arma. La desigualdad se hizo presente y la equidad terminó en
palabras y en la carta magna.
Los Estados se arman y desarman a la población para poder
liberarse de que los saquen del poder cuando ellos hacen las
cosas mal.
El crimen de criminales es por la ventaja que ellos tienen sobre
los desarmados. Los otros son crímenes que se suscitan por
circunstancias ajenas y los que genera el crimen organizado que
es incitado por el Estado, por las leyes aduaneras, ilegalidad
en la venta o consumo de productos.
Las armas son simplemente la extensión del poder que un
individuo tiene para protegerse o para cometer un crimen. Si las
armas no existieran, solo se verían bruces y moretones y en
otros casos ya sería la fuerza bruta la que generaría el crimen.
Cada ser humano toma su propia decisión en cuanto a armarse o
no. Y todo está relacionado en el sitio donde vive y las
circunstancias que lo exijan. Lo que no se le puede negar a él
es el derecho de protegerse y velar por su bienestar y el de su
familia y entorno. El Estado no va a estar en cada casa o finca
cuidando esos espacios y a los ciudadanos. Ellos son los que
están en la obligación de cuidar, cuidarse y proteger así mismo
y lo que este bajo su protección.
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Los congresistas todos ellos
andan armados y con escolta, ¿Cuál es la razón? ¿Por qué ellos
tienen ese privilegio y no sus electores? Es la ley del embudo
que hace que ellos se quieran proteger de algo que ellos han
creado y tienen miedo que los ataquen.
QUÉ LEE GARDEAZÁBAL

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Vale la pena pensarlo
De Carlos Raúl Yepes
Editado por Aguilar
Audio:
https://www.spreaker.com/episode/que-lee-gardeazabal-vale-la-pena-pensarlo-de-carlos-raul-yepes--62585889
Por estos días, cuando el otrora Sindicato
Antioqueño, el poderoso GEA, tuvo entierro de pobre y ni misa de
rechupete le cantaron en la catedral Metropolitana de Medellín,
el libro que ha publicado Carlos Raúl Yepes, cobra singular pero
no atractiva importancia.
El hecho de que su autor hubiese tenido los cojones de
interrumpir su carrera hacia la gloria renunciando en pleno
ascenso a la presidencia de Bancolombia y hubiese dejado al
mundo financiero con la boca abierta, sería suficiente motivo
para leerlo.
Pero como no es fácil digerir el acumulado de aforismos que va
repletando sin ilusión concreta página tras página, creo que muy
pocos lectores, salvo mi admirado profesor Waserman, que escribe
el prólogo, y afirma lo contrario, puede decir que luego de su
lectura colegimos por qué Yepes dejó al país colgado de la
brocha abriéndose del parche intempestivamente.
Y el libro no lo es porque resulta tan magno como
la catedral de Colonia pero tan prosaico como las teorías que
pretenden explicar lo imposible.
Como está redactado a modo de tabla de
aprendizaje, su lenguaje es accequible, pero su batalla por la
ética lo vuelve una obsesión por descrestar calentanos citando a
tantas ideas ajenas que se viste de superfluo sin razón.
Por supuesto quienes buscan triunfar aprendiendo de las
observaciones cotidianas de un derrotado, hasta encontrarán los
valores que los ancianos ya dejamos de ver en las curvas de
nuestras largas vidas.
Por eso quizás, la humilde actitud de hacer creer que en la
existencia humana todo vale la pena pensarlo termina siendo
apenas un catálogo de aprendizaje para quienes han seguido
viviendo, como ganadores o como derrotados, pero sin tener la
generosidad pretenciosa que aparenta este libro.
Leerlo, pues, no es mirarse al espejo. Mucho menos una garantía
para encontrar la senda del triunfo que nuestra civilización
occidental nos impuso religiosamente entre miedos y
prohibiciones a tal punto que finalmente no supe si valía la
pena haber leído este libro.
El Porce, noviembre 3 del 2024
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