Bogotá, Colombia -Edición: 719

 Fecha: Miércoles 13-11-2024

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\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL

 

Autonomía en Colombia

 

La autonomía regional en Colombia, más que un concepto administrativo, es una necesidad histórica y práctica. El país, dividido en seis grandes regiones y subdividido en 19 regiones socio-culturales, enfrenta un desafío constante: equilibrar la gestión local con los intereses nacionales sin socavar el desarrollo de las comunidades más pequeñas y menos representadas.

Los artículos 287 y 311 de la Constitución Nacional son un reconocimiento de la importancia de la autonomía municipal. Estos marcos legales establecen que los municipios pueden gobernarse, administrar sus recursos y participar en las rentas nacionales, buscando que las decisiones locales respondan a las necesidades reales de sus habitantes. Sin embargo, la práctica muestra un escenario diferente: la centralización del poder y la desigualdad en la representación siguen afectando la capacidad de los municipios y provincias de influir en el desarrollo regional.

 

Uno de los mayores retos de la autonomía regional es la elección de los gobernadores y la representación en las asambleas departamentales. Actualmente, las provincias más pobladas imponen sus intereses, lo que deja a las regiones más pequeñas y a menudo menos favorecidas en una posición de desventaja. Esto perpetúa un ciclo en el que las áreas rurales y de menor población ven sus prioridades relegadas frente a los intereses urbanos y económicos de las zonas metropolitanas.

La propuesta de que cada provincia cuente con al menos un diputado en la asamblea departamental es una solución que apunta hacia una mayor equidad en la participación política. Con la implementación de círculos provinciales de elección, se garantizaría que todas las regiones, sin importar su tamaño o población, tuvieran voz y voto en la toma de decisiones departamentales. Este cambio permitiría que los diputados no solo representen los intereses de las provincias más grandes, sino también los de aquellas que prestan servicios ecosistémicos cruciales y contribuyen al equilibrio ambiental del país.

 

La baja ejecución de los ingresos nacionales también está vinculada a la limitada representación de las regiones en la política participativa. Funcionarios que no conocen de primera mano las realidades de los municipios tienden a aplicar medidas restrictivas y a complicar la viabilización de proyectos locales, usando controles fiscales como escudo. Esta falta de sensibilidad regional provoca que los fondos y recursos no lleguen oportunamente, afectando el desarrollo social y económico de los territorios más vulnerables.

En resumen, fortalecer la autonomía regional implica reformar el sistema de representación y fomentar un modelo en el que las decisiones se tomen con un verdadero conocimiento de las necesidades locales. Solo así, Colombia podrá aspirar a un desarrollo equilibrado y justo que respete la diversidad de su territorio y brinde oportunidades a todas sus regiones.

 

 

 

Derechos Humanos y responsabilidad

Por: Guillermo Navarrete Hernandez

 

La responsabilidad es un vocablo que se suele utilizar para determinar el grado de cumplimiento de un individuo u organización acerca de los compromisos, deberes, obligaciones adquiridas y de garantizar la satisfacción de necesidades de personas que hacen parte de su entorno. Su origen puede ser explícito por relaciones contractuales o legales o implícito derivado de costumbres, valores o principios. Implica asumir las consecuencias de los actos que se cometan, pero también la capacidad de discernir sobre lo justo e injusto, de crear condiciones de bienestar o de dañar al tomar decisiones. Es, en la práctica, una restricción propia o impuesta por el entorno de la libertad.

Sócrates a partir de su máxima “es mejor sufrir una injusticia que cometerla”, abre la polémica acerca de sí es mejor infligirse menoscabo, lo que de por sí es una injusticia, o evitar el sufrimiento de otra persona. Este filósofo griego que aceptó su muerte antes que renegar de sus ideas, representa la coherencia frente a sus convicciones, tanto personales como de la solidez de las instituciones democráticas helenas. Paradoja que valdría la pena plantearle a políticos, dirigentes o personas en general que anteponen sus intereses personales sobre los de sus congéneres, en especial cuando con dicha actitud generan daño y sufrimiento.

Según Immanuel Kant, la responsabilidad, como imperativo ético, es una virtud que poseen los seres humanos para acometer conductas que puedan ser aceptadas por los demás integrantes de la sociedad. Posturas que se constituyen en la posibilidad que tienen las personas de aceptar las reglas morales o legales por injustas que parezcan.

Junto a la responsabilidad, está la culpa (de la que me ocuparé en otro escrito), sentimiento de dolor que padece el ser mismo al percibir que este es justo o merecido cuando comete una falta y que puede conducir al reconocimiento de esta y su resarcimiento, pero que también puede afectar negativamente el bienestar emocional de las personas. Responsabilidad y culpa han sido objeto de desarrollos normativos desde tiempos inmemoriales, precisamente para garantizar la libertad, la dignidad, la convivencia y la resolución de conflictos, aspectos centrales de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, promulgada en 1948, después de los atroces hechos acaecidos durante la Segunda Guerra Mundial y de los juicios de Núremberg en contra de los dirigentes Nazis, perpetradores de delitos contra la humanidad.

Deviene desde dicho ámbito, la responsabilidad estatal referida a la obligación de respetar, proteger y promocionar los derechos humanos, lo que implica la adopción de normas, políticas y medidas que garanticen su pleno goce, así como su cumplimiento en todos los órdenes. Por eso, los procesos de divulgación y formación en esta materia se convierten en determinantes, no solo para que los
servidores y contratistas y la población en general, apropien su conocimiento y la

 

 

 

generación de conciencia sobre los deberes individuales y colectivos aplicados.

En términos de conflicto armado, la responsabilidad se extiende al respeto por las normas del Derecho Internacional Humanitario y por ende a evitar la comisión de delitos de lesa humanidad o crímenes de guerra tipificados por el Estatuto de Roma adoptado en el año el 1998 y que para Colombia entró en vigor a partir del 1° de noviembre de 1992.

 

PEDRO PARAMO AL CINE
Crónica #1003

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

Audio: https://youtu.be/gNXCxSwK7qs

 

Por esas coincidencias de la vida, el mismo día que me hicieron llegar la reedición #13 de EL ÚLTIMO GAMONAL, mi tantas veces estudiada novela, me senté a ver en Netflix la versión cinematográfica de la inmortal novela de Juan Rulfo, PEDRO PÁRAMO.

Recordé entonces mis diálogos nocturnos con el novelista mexicano cuando atendió mi invitación y lo traje a Cali y Medellín con el patrocinio de Jorge Valencia Jaramilo, entonces alcalde de la capital antioqueña.

Con Rulfo había que conversar de noche, yo diría mejor, toda la noche. Tenía pánico de que un aneurisma diagnosticado mucho años atrás se le reventara si claudicaba en la vela y mataba las horas oscuras conversando.

Lo hicimos por tres noches seguidas en el Inter de Cali y en el Amarú de Medellín. Hablamos entonces de los caciques y de los cristeros mexicanos y del poder transformador que han tenido en la vida latinoamericana los curas y los gamonales.

Él habló del suyo y yo me explaye en el mío, don Leonardo, el atronador gamonal de Trujillo sobre el que hice mi novela.

Cada quien tenía su versión de aquellos dominios pueblerinos y advertimos coincidencias y brutales diferencias.

La película de Netflix está muy bien lograda, y resume con finura los elementos constitutivos del cacique mexicano. Con dificultades sonoras (que superan con subtítulos en español) son dos horas largas de diálogos entre muertos recordando a Comala y a Pedro Páramo y aunque los muertos no hablan, uno los ve y los oye hablar toda la película gracias a la habilidad de Prieto, el director, y a la escogencia de los momentos cinematográficos del texto novelado.

No me atrevo a pensar que diría Rulfo, tan reservado en su lenguaje, frente a esta reinterpretación que le hace el cine a la novela que cuidó y engrandeció con su silencio cuando después de ella no volvió a escribir otra narración ni a publicar algo más.

Pero me asalta una duda que no resolvimos en aquellos diálogos, ¿serán eternos los gamonales, como el suyo de Comala o el mío de Trujillo?

El Porce, noviembre 13 del 2024

 

 

 

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