Bogotá, Colombia -Edición: 723

 Fecha: Viernes 22-11-2024

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\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL

 

La narrativa del enemigo interno

 

La polarización política en Colombia no es un fenómeno reciente, sino una constante histórica que ha fragmentado a la sociedad. La construcción del Estado, que debería ser un ejercicio de cohesión y representación colectiva, se ha visto empañada por conflictos internos, odios y venganzas. En lugar de consolidar un proyecto común, el país ha oscilado entre acuerdos de paz incumplidos y luchas de poder que perpetúan el resentimiento entre diversos sectores.

La dinámica de conflicto entre las instituciones estatales, las insurgencias y otros actores armados ha generado acuerdos de paz que, lejos de cerrar ciclos de violencia, a menudo dejan a grupos descontentos. Los gobiernos, históricamente, han sido incapaces de honrar plenamente los pactos alcanzados, perpetuando la desconfianza en las instituciones. Este incumplimiento no solo socava la legitimidad del Estado, sino que también alimenta narrativas que refuerzan la polarización, debilitando cualquier intento de reconciliación nacional.

En el panorama actual, el gobierno del presidente Gustavo Petro enfrenta una oposición que parece más motivada por resentimientos personales y luchas de poder que por un interés genuino en debatir políticas públicas. Los ataques hacia Petro no siempre giran en torno a sus decisiones como gobernante, sino que se centran en su pasado como insurgente y en su discurso contra la corrupción. En este contexto, los llamados a la unidad nacional se enfrentan a una muralla de odio y desinformación que imposibilita el diálogo constructivo.

 

Sin embargo, el verdadero desafío no radica únicamente en superar esta oposición visceral, sino en construir consensos sólidos en torno a lo fundamental: el aseguramiento de derechos fundamentales, la protección ambiental, la soberanía alimentaria y la búsqueda de soluciones integrales para problemas como el narcotráfico y el conflicto armado. Estos pilares no solo fortalecerían el tejido social, sino que también establecerían las bases para una paz duradera y una gobernabilidad más inclusiva.

 

Colombia necesita abandonar la narrativa del enemigo interno y enfocarse en un proyecto de nación donde las diferencias sean canalizadas hacia la construcción conjunta, no hacia la confrontación. Dependerá de la voluntad política y ciudadana desarticular la polarización que tanto daño ha causado y encaminar al país hacia un futuro más justo y cohesionado. Solo así podrá la nación emerger de su largo ciclo de conflictos y cumplir su verdadero potencial como sociedad democrática.

 

 

 

Todos los días el costo de las cosas es más alto

Por: Zahur Klemath Zapata

zapatazahurk@gmail.com  

 

Hace muchos años, cuando estaba de paso por Colombia, Enrique Buenaventura me hizo un comentario sobre el costo de las cosas. Era un chaval en ese entonces y no entendí bien sus argumentos. Pero la idea quedó ahí grabada en mi mente.

 

Enrique decía; si tú vives en una isla con un grupo de personas todas las cosas que consumes siempre van a tener el mismo valor, lo único que cambiaría sería si tú tienes algo que alguien se enamora de él y lo quiere poseer. Ya tú le pones tu precio o lo regalas.

Cuando las sociedades comienzan a crecer, se inventa el dinero como una forma de pago por los servicios que se prestan y para una multitud de transacciones entre personas. Pero nunca se inventó un valor constante para la moneda con que se pagan los servicios. Cada una se mantiene con un precio que fluctúa dependiendo de quien la tiene o la administra.

La realidad de las cosas es que existe un valor flotante dependiendo de la demanda o no de las cosas y no un precio estático. Hoy una ciudad está habitada por muchas personas y esto hace que el precio de la vivienda suba al igual que los alimentos. Pero mañana la ciudad queda vacía, la vivienda pierde su valor original, y al final queda abandonada sin ningún valor. Y eso es lo que está pasando hoy en día en muchos países, porque ya no hay habitantes como antes.

Lo llamativo, es que, en la ciudad de New York, los precios en vez de bajar están subiendo a pesar de que hay más del 30% de las viviendas desocupadas. Porque está entrando mucho dinero de los negocios lícitos del cannabis.

El mundo se está moviendo en una dirección que jamás se había direccionado debido a la tecnología. Las sociedades que están al margen de estas tecnologías son las que menos van a sufrir porque no están amarradas. Pero mientras pasa el tsunami van a sufrir mientras habilitan sus recursos humanos que son los prácticos a la hora de mover las herramientas que están a la mano.

Todos los precios de las cosas suben porque no hay una estabilidad monetaria, esta se puede regularizar si todos los países se ponen de acuerdo en sacar una moneda basada en la plusvalía laboral de todos ellos. Quiero decir, que si se suma el valor del salario mínimo de todos los países y se divide por el número de ellos, saldrá el valor del salario mensual y este se divide por 30 y el resultado final por las horas trabajadas al

 

 

 

mes y este es el valor constante de la moneda.

Es una fórmula simple de mantener el precio de una moneda sin fluctuaciones y los precios siempre serán estables.

 

Inúndenme de flores
Crónica #1010

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

Audio: https://youtu.be/WXvJTJAPKH8

 

Cuando hacía campaña para ser gobernador del Valle hace 27 años conocí a Alonso Garcerá, un fotógrafo aficionado que me tomó unas instantáneas, como así se llamaban, en el Parque Caycedo.

Desde entonces él ha seguido apareciendo, con una mujer o con la otra, en todos los eventos que realice en Cali y, de vez en cuando para visitarme de paso al santuario del Divino de Ricaurte. Y tanto en Cali como cuando va a peregrinar, siempre me trae un ramo de flores amarillas.

La semana pasada, en la estruendosa presentación que hice de la reedición # 13 de mi novela El Último Gamonal en la Feria del Libro, él estuvo allí con su ramo de amarillas y yo entré con ellas en la mano.

Alguno de los asistentes preguntó por qué siempre iba florecido a dictar conferencias y ante cámaras dije que lo a hacía porque aspiraba que cuando me vayan a enterrar en mi mausoleo del Cementerio Museo de San Pedro en Medellín, me inunden de flores.

Como tengo un sentido muy claro y quizás poco común sobre la muerte y he sido cultivador de plantas desde muy chico y orquidiota desde hace más de 60 años, me fastidian esos obituarios y avisos fúnebres donde los deudos invitan a las exequias pero ponen como condición un “por favor no enviar flores. Ayude al Hospicio X”.

La gloria y la muerte siempre han estado a lo largo de la vida de la humanidad acompañadas de flores.

Las religiones han usado y abusado de ellas. Los triunfadores en Oriente y Occidente reciben collares de flores. Los ataúdes son bañados en los colores y las frescuras de las flores.

Pedir entonces que el día que yo muera y lleven mi cadáver a reposar a lado de Jorge Isaacs y Tomás Carrasquilla me inunden de flores no es ni llamar al demonio ni pedir la presencia de los ángeles.

Es un capricho de quien ha sembrado una orquídea y esperado años hasta que florezca. O el vano deseo de un iluso que aspira cuando esté muerto mirar su funeral través de una ventanita desde la otra vida, en la que no creo.

El Porce, noviembre 22 del 2024

 

 

 

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