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Bogotá, Colombia -Edición: 726 Fecha: Viernes 29-11-2024 |
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COLUMNISTA |
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El beso en los labios
Por: Jotamario Arbeláez
El último beso me lo dieron ayer
Cuando era todavía niño, tímido e inexperto, entre los 11 y los
13, aún sin largarme los pantalones, se acostumbraba entre los
vecinos del barrio de esas edades, por los tiempos de Navidad,
apostar unos aguinaldos a lo que se llamaba El beso robado,
consistente en sorprender a la chica, o ella a uno, en descuido,
y chantarle en cualquier parte del rostro, comenzando por las
orejas, los cachetes, la nariz o la propia boca, un beso en que
se refregaban ansiosamente los labios. Casi siempre se hacían
las ofendidas por el asalto y, malas perdedoras, después no
regalaban nada. Pero así fui perdiendo la timidez y me fui
preparando para lo que a todo hombre lo está esperando.
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permisivo, y de la más fatal para el masturbador silencioso de la media pantalón que acabó con todo. Para evitar la atención defensiva antes de la toma de posesión de la zona, que una vez alcanzada no tenía pie atrás antes del momento culminante de la película, había que mantener los besos continuos con desplazamientos de la lengua puntuda a la oreja hasta casi alcanzar el tímpano y la parte lateral del cuello perfumado que en la oscuridad es más sensitiva.
Logré perfeccionar este arte del besuqueo –hablo de los años 56 al 62– en los bailaderos populares con las jóvenes obreras de la industria textil, tipo La Garantía, que al terminar el bailoteo las madrugadas de los sábados se quedaban con uno en pensiones de 4 pesos, y con las prostitutas de la zona de tolerancia, Acapulco, el Tíbiri-Tábara, Siboney, Milancito, el Farolito, el Danubio Azul, para quienes era preferible el hombre que las excitara besándolas al que sólo las besara follándolas, (era impajaritable que a una cortesana la descrestaba más fácil un buen osculeador que un buen tirador), al son del mambo, el merengue, las guarachas y el cha-cha-chá, en los momentos en que las parejas luego de los pasos despegados se juntan y bien amacizados amagan el introito a la fornicata.
En mi caso eran unos besos eternos, con los rostros en X, que duraban hasta que los demás bailarines se retiraban a sus asientos y empezaba el próximo disco de la Wurlitzer acompañado por el baterista encaramado encima de ella, quien era además un mago malabarista con los palillos.
Había los
besadores profesionales que encontraban en el mero achuchar el principio y el
fin del gozaderal. Y los que lo que buscaban era calentar a la pareja hasta
terminar ensartándola. El impulso emocional obedecía a la atracción súbita con
la pareja desconocida de la mesa vecina con quien hubo un cruce previo de
miradas abrasadoras, pero también en el fondo era una especie de canto de
victoria ante los contrincantes en el faroleo. Una manera de hacerse respetar
por la inmediatez del levante y la tecnología del osculeo. |
categoría, que asistían a lugares más cotizados. Y quienes sí sabían hacer respetar a las damas, así no fueran las de su consumo particular. Los bailarines cancheros se entregaban a la destreza de sus piruetas como la caída de la hoja y la tijereta, a la manera de los actores mexicanos Resortes y Clavillazo, hasta poner a la audiencia de pie celebrándolos con hurras y risotadas.
Afuera del bar o cabaret o burdel o pornoseadero el beso se expresaba en otros rituales: no faltaban los excelsos chupadores de trompa por el placer en sí mismo, que no tenían interés en un paso más, muy diferentes de los que utilizaban el beso como trampolín para la clavada. Tuve la suerte de que mi amante primera era recién separada y me adoptó como chupaflor. Y así fui profundizando en el jardín de los deleites del besuqueo.
Diany se llamaba y me llevaba diez años y al cine y al hospedaje. Me inicio saludándome con un pico, o piquito, que era el contacto sin lengua, solo de labios proyectados sobre otros de igual figura, pero no por ello menos alborotador. Y pasó al beso mordelón, ya ad portas de la encamada, que fue su forma agresiva de tomar posesión, pues lo dejaba a uno con el labio partido para que no se le ocurriera besar a otra. Y de allí pasamos al beso francés donde, más que los labios, las lenguas de los besucones interactúan. También me instruyo en el beso en la oreja, que despierta zonas erógenas de todas partes del cuerpo, eriza, petrifica, electriza.
Y en el beso en el
cuello, chupetón, donde después de la aspiración draculesca quedaba una marca
roja que se iba tornando morada. Similar podía hacérsele desdeñando el buen
gusto en el interior de los muslos. Y el beso en la nuca que hacía vibrar, con
el que se celebraba y enaltecía la sumersión internalgatorial cuando se llegaba
a lograrla. La última vez que la vi me dijo que mañana me iba a introducir en
las profundidades del beso negro. Pero ese día se me apareció la modelito Marlén
meneando la cola. Yo ya estaba adiestrado para todo lo que viniera. Y es en este
punto donde la historia comenzaría a ponerse buena.
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