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Bogotá, Colombia -Edición: 732 Fecha: Viernes 13-12-2024 |
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COLUMNISTA |
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Trabajando sin trabas
Por: Jotamario Arbeláez
Pues como no logré graduarme de bachiller y había dejado
pendientes tres materias de cuarto cuando entré a quinto, que
seguramente no pasaría porque eran física, química y
trigonometría, que nunca volvería a oír mentar en la vida, me
propuse doctorarme de callejero y así salvé a mi papá de
redoblar su trabajo de sastre “con un humilde taller en su
residencia de un barrio obrero” para darme universidad. Ya
andaba enfrascado en los poetas malditos y en los surrealistas y
existencialistas, y escribía en las oficinas de mis amigos
poemas incipientes con una desmerecedora chuzografía. Me había sumergido en la facción nadaísta, movimiento anarcopoético que prohibía trabajar a sus afiliados, pero con el compañero Alfredo Sánchez aceptamos hacer el suplemento literario Esquirla en el periódico El Crisol que dirigían el político liberal don Rafael Isidro Rodríguez y doña
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Elvia su esposa, y subsidiábamos la bohemia con los avisos que nos daban Pedro y Tulio Ossa, dueños de los almacenes de telas en la carrera octava donde Alfredo hacía de contador y donde me levanté mi primera hembra, ya de 28 pero bastante linda, casada y separada y generosa anfitriona, Diany Guzmán, quien ya debe tener 90 pero con quien me gustaría de nuevo tomarme un café.
El magazine duró muchos años con el mismo director después de que yo abandonara Cali en 1970 y se convirtió en una legendaria publicación latinoamericana de vanguardia donde se conocieron los poetas beatniks, los dadaístas, los nadaístas y el Marqués de Sade y los Jodorowsky.
Con mi
dieciochesca figura opté por ser camaján de barriada, jugador de ajedrez con la
zurda en la Academia García, practicante de boxeo en la villa olímpica, actor de
teatro en el TEC de Enrique Buenaventura, bailarín de rock and roll en las
discotecas de la zona de tolerancia y colaborados escandalizante con mis
proclamas lirica en El País y Occidente por cortesía de Raúl Echavarría
Barrientos y José Pardo Llada.
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que el jefe de personal César Santafé me enganchara en la Croydon, fábrica de botas y llantas donde permanecí hasta ver que una máquina de donde acababa de retirarme rebanaba los dedos de las dos manos de mi reemplazo y salí corriendo. Me quedaría imposible continuar mi ya definido destino de poeta escribiendo con los muñones.
Para no dejarme viendo un chispero Jaime Jaramillo Escobar, otro contertulio del movimiento me enganchó en la Administración de Hacienda, en el Palacio Nacional, donde laboraba por cortesía de su gerente don Honorio Giraldo, padre del también nadaísta Diego León, ese sí sodomita y a mucho honor. Se trataba de revisar las tarjetas que emitía un computador del tamaño de una sala con la información de quienes evadían los impuestos para multarlos. Me pareció que era demasiada sapería y no duré mucho tiempo.
Como
me mantenía en la Librería Nacional leyendo de gorra y conquistando muchachas,
don Jesús Ordóñez, su fundador, me ofreció dirigir una galería de arte que mandó
construir en el sótano y donde pudimos realizar nuestros primeros Festivales de
Vanguardia, y ser a la vez su jefe de relaciones públicas con un sueldazo,
logrando así conjurar para siempre las goteras del techo de la casa de las
agujas.
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