Bogotá, Colombia -Edición: 732

 Fecha: Viernes 13-12-2024

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\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL

 

El abismo como aliado

 

En nuestra existencia cotidiana, rara vez somos conscientes de los pasos que nos acercan al abismo. Ese espacio, muchas veces temido, guarda una dualidad intrigante: puede consumirnos o elevarnos. Aceptarlo no implica sucumbir, sino forjar una amistad transformadora que, lejos de ser negativa, abre la puerta a una sensibilidad distinta. Desde artistas que han creado obras inmortales hasta individuos que encuentran en la introspección un camino hacia la autenticidad, la relación con el abismo puede redefinir nuestra humanidad.

 

La juventud actual parece enfrentarse a un desafío singular: ha permitido que el abismo tome el control de su existencia. En lugar de abrazar la riqueza que este encuentro puede ofrecer, muchas veces se elige la insensibilidad como escudo. Las emociones se diluyen, y el odio hacia el mundo, esa negación de la pertenencia, se convierte en el reflejo de una inestabilidad existencial que reduce la vida a una simple inercia. Este fenómeno no es solo una tragedia individual, sino una herida colectiva: una sociedad que vive por inercia es incapaz de soñar, crear y progresar.

 

En el ámbito colectivo, el impacto es devastador. Cuando una sociedad deja de generar nuevas ideas, cuando se contenta con replicar lo conocido, muere lentamente. Los ismos —ese dominio de ideologías rígidas y polarizantes— sofocan cualquier posibilidad de innovación. Sin creatividad, sin amor por lo que podría ser, sin la angustia que impulsa el cambio, una sociedad se condena a perecer en su propia monotonía.

 

Sin embargo, la solución está al alcance. La creatividad es la fuerza que puede devolvernos a la vida. Explorar mundos diferentes, ya sea a través de la música, la escritura, o cualquier forma de arte, es una vía para revitalizar tanto al individuo como al colectivo. Estas expresiones nos recuerdan que el abismo no es un fin, sino un punto de partida. Es un espacio donde las emociones, incluso las más dolorosas, se convierten en semillas de algo más grande: un desarrollo humano que trasciende.

Es momento de replantear nuestra relación con el abismo. No como un enemigo al que se deba temer, sino como un aliado que nos invita a construir un futuro diferente. Aceptarlo significa abrazar nuestra humanidad con todas sus contradicciones, generando un renacimiento tanto personal como social. En este proceso, redescubrimos los colores del mundo, el sentido de pertenencia y la capacidad de crear un nuevo destino.

 

 

 

De la equidad a la autonomía una línea a seguir

Por: Zahur Klemath Zapata

zapatazahurk@gmail.com  

 

Por naturaleza genética no todos somos iguales, cada uno de nosotros hacemos parte de una información que se puede leer como igual, pero difiere en su esencia. Simplemente somos seres humanos que estamos aquí una temporada circunstancial.

 

En esta cadena evolutiva en que vivimos hay unos que gobiernan a la gran multitud y ellos tienen el privilegio de diseñar la ruta a seguir. Solo ellos entienden su propio lenguaje porque el resto vive de lo que el establecimiento les da para que subsistan. Esta es una de las razones por lo que ellos están en posesión de lo existente.

La equidad está ahí como parte de ese balance que los sostiene y la sociedad la acepta porque no conoce y no puede dirimir lo que realmente está pasando a su alrededor. Lo más complicado en este devenir de las cosas es que todos vivimos unidos sin preguntarnos que nos diferencia los unos de los otros. Creemos que somos iguales, y es verdad en cuanto a seres humanos, pero en esencia cada uno de nosotros está ubicado en esa cadena evolutiva como un eslabón que hace presencia en la vida cotidiana de la sociedad.

 

Por eso explotan a la gran multitud porque ella no se interroga sobre su condición frente a quienes manejan el establecimiento. Se aceptan las órdenes, leyes y mandatos como si fueran emanados de mano divina, pero simplemente son dictadas por leguleyos que presumen de hacedores porque se les ha dado el poder al ser elegidos en unas elecciones democráticas o han tomado por asalto el poder.

La autonomía es el poder que cada ciudadano tiene sobre sí y su entorno y lo hace actuar libre e independiente frente a los mandatos de quienes ostentan y ordenan al individuo a actuar bajo su mandato reprimiendo el derecho de la autonomía.

Por esta razón las guerras existen porque detrás del poder hay un psicópata que presume ser el guía o el abanderado de un pensamiento sublime y arrastra una multitud que no sabe de su autonomía porque ellos están en condiciones inferiores mentalmente a quienes comandan la acción a seguir.

Tener autoridad no significa ser el más hábil o mayor capacitado, es tener la habilidad de convencer a los seres humanos que carecen de autonomía o están en niveles más bajos en la cadena evolutiva y que actúan como mascotas de aquellos que poseen la habilidad de la manipulación. Por eso el mundo funciona como tal y pueblos enteros son gobernados por personajes que se sienten investidos por poderes que solo ellos creen que todos tienen y que los receptores lo ven como una verdad.

 

En estos tiempos la democracia es la palanca que mueve las bases de la anti-autonomía para que aflore el poder de los
 

 

 

elegidos y subyugue a los pueblos que los han elegido. Así apoderarse del establecimiento mientras los que son autónomos huyen por temor a ser subyugados. Este temor es simplemente un estado de preservación frente a una confrontación fatal que se daría si esa fuerza autónoma decide asumir su responsabilidad.

 

ME ALCANZÓ EL PASADO
Crónica #1024

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

Audio: https://youtu.be/BingTrgoNNk

 

Cuando llegué a la Universidad del Valle en 1966 a estudiar Letras, el decano de la Facultad de Filosofía, Letras e Historia era mi inolvidable maestro Oscar Gerardo Ramos, quien la había fundado dos años antes contando con el patrocinio de las fundaciones norteamericanas, en especial de la Rockefeller.

Estudiar allí resultó ser un lujo que solo el paso de los años vino a ser constatado. No solamente por lo que aprendí, cuanto por lo que pudo servirme de trampolín para mi vida literaria y para gestar un liderazgo del que no he podido desprenderme ni llegando a los 80.

Pero es que por esos días se juntaron allí muchos factores. El esquema fundacional de la Facultad estaba copiado de la estructura de escuelas similares norteamericanas aunque el eje fundamental de la enseñanza se daba sobre la cultura francesa y norteamericana, minimizando la amplitud tradicional que se daba a la literatura española.

Pero el honor, el impulso y la sapiencia lo otorgaban la excelsitud de los profesores que nos tocaron. Eran de nivel de doctorado y nos los trajeron como maestros de pregrado.

Tuvimos entonces a un Walter Langford, el experto en literatura mexicana. A un John Newabuer, el discípulo de Luckás. A Jorge Zalamea, de nuestras escalinatas. Al famoso historiador chileno Retamal. Al francés Jean Bucher, traído desde La Sorbona. Y de esa magnitud y nivel los demás que nos ayudaron a ser lo que somos.

Muchos de mis compañeros terminaron iluminando el horizonte de la literatura nacional como inmensos catedráticos y escritores: Carmiña Navia, Eduardo Serrano, Harold Alvarado Tenorio, Amparo Urdinola.

A todos ellos, y en recuerdo a esos sapientísimos profesores ya desaparecidos, la Universidad del Valle celebró elegante ceremonia para honrarnos al cumplir 60 años.

Inhabilitado como estoy de asistir a tantos eventos prefiero asirme a la añoranza de los imborrables años y esperar que la historia enmarque lo orgulloso que me siento de la Facultad donde me gradué. Sin duda me alcanzó el pasado.

El Porce, diciembre 13 del 2024

 

 

 

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