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COLUMNISTA |
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El Niño Dios son los papás
Por: Jotamario Arbeláez
Hasta los ocho
años de mi ya larga existencia en esta reencarnación en el Siglo
XX, porque en la encarnación anterior morí precisamente de ocho,
creí devoto en las enseñanzas de la iglesia católica y en las
Tres personas de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo, Espíritu
Santo, como se me venía inculcando en la escuela de San Nicolás,
y en la iglesia de San Nicolás el cura párroco Lamberto Muermann.
Asistía a las procesiones de Semana Santa con el corazón
dolorido por las caídas en el camino del Calvario y sólo
aspiraba a crecer un tantito para hacerme digno de cargar sobre
mis hombros alguno de los pasos del Viacrucis. Escuchaba casi
que con lágrimas en los ojos los sermones de las Siete Palabras,
en los que sólo me incomodaba la condenación a los liberales
nueveabrileños, a los cuales pertenecerían mi papá y de mi
padrino. Asistía lleno de júbilo los Domingos de Resurrección al
Templo resplandeciente, donde me encontraba con la imagen
enhiesta de Cristo recién resucitado y recién bañado estrenando
túnica blanca.
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Antonio, un sitio donde hacía un frío infernal, llegaba al
extremo camándula en mano de entonar el Santo Rosario, al que me correspondían
piadosos mamá y los hermanos, por entonces Stella de
6, Graciela de 5 y Toño de 3, después de lo cual dormíamos como benditos. Había
oído hablar de los misioneros que incurrían en territorios de infieles a
catequizarlos o a morir en el intento, y me sentía a ello predestinado. Cuando
mamá me ponía el escapulario para salir a la calle con la estampa de paño de la
Virgen sobre mi pecho me sentía invencible, algo así como Sansón o el Capitán
Maravilla, pero me lo quitaba por respeto y lo colgaba de la rama de un árbol
cuando me tocaba enfrentarme a los puños con algún incrédulo que me daba qué
tundas.
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falló, y de paso me dejaba como ñapa alguna prenda de vestir de las que le gustaban a mi mamá, una camisa de rombos, unos tenis, unos tirantes.
Mi vida y mi pensamiento cambiaron el 24 de diciembre del 48 por la tardecita, cuando me encontré en el parque San Nicolás con Víctor Mario Martínez ‘Palillo’ y ‘Vitatutas’ Ramírez, y les comenté orondo que acababa de escribirle al Niño Jesús mi carta de peticiones. No tengo alientos para describir la risotada de ‘Palillo’ y su grito estruendoso de que “El niño dios son los papás, gran pendejo”. Vitatutas pesaroso asintió levemente con la cabeza. “Eso del niño dios es un cuento chino”, concluyó el hereje. Sentí que el mundo se hundía bajo mis pies. Si el Niño Dios no existía tampoco existiría el Dios Padre ni la Paloma. Y quedábamos en poder del Demonio, el dios de este mundo, como se le decía en la parroquia. No sabía si llorar o darle en la cabeza a ‘Palillo’. Vitatutas trató de explicarme que el Niño Dios proveía a los papás de billete para los regalitos de este mundo que se encontraban en el mercado, mientras él velaba por guardarles cupo en el Cielo ¡Pamplinas!
Llegué a casa como
si acabara de perder la mitad de mi alma en un alambrado. Vi que papá acomodaba
seis paquetitos al pie del pino raquítico. Le increpé: “Papá, no te lo perdono,
me has engañado toda la vida. El Niño Dios eres tú, luego Dios no existe”.
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