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COLUMNISTA |
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La domadora en la boca del león
Por: Jotamario Arbeláez
A Tatiana Arango
En los 13 años que
llevaban juntos, Cézar, el dueño del circo, Cézar, el león, y
Elena, la esposa del primero y domadora del segundo, nunca se
había presentado el menor incidente desagradable entre ellos, ni
en las funciones de miércoles a domingo ni en la intimidad de la
vida bajo el cielo carpado. El empresario y su esposa vivían en
una furgoneta vecina de la jaula, y no era extraño en las
medianoches de luna llena escuchar los gemidos lastimeros del
león respondiendo a los gemidos de gozo de la domadora.
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cada vez más ríspido en las carnes de la fiera, y en sus
respuestas pesadas y lentas dejaba ver el león el intenso amor por su dueña.
El león había nacido en Birmania y
la pareja lo recibió cachorro como presente agradecido de los niños de una
escuelita del golfo de Bengala, por donde pasó Sakyamuni. Prácticamente no había
conocido a su madre, aplastada por la pata de un elefante ciego, y se alimentó a
base de unos colosales teteros de leche que Elena le daba con no fingida
ternura, pues la pareja no tenía hijos. Una vez adulto, a partir de los once
meses, el carnívoro félido seguía una dieta balanceada de antílopes tiernos y
cebras nonatas, que Cézar le procuraba de la nómina del circo. En una ceremonia
solemne a la que asistió todo el personal humano e
irracional del circo y el alcalde de Kuwait, y que
consistió en lanzar |
desde el trampolín al león en un cubo de agua, Cézar el empresario bautizó con su nombre a la fiera, que se volvió un reflejo fiel de su amo arrevolverado.
La luna llena pasada fue especialmente sofocante en el Asia. Terminada la función final del sábado, Cézar se tendió con su esposa que olía penetrantemente a mascota, pues estrenaban un nuevo número en el que ella metía la cabeza en la boca del felino y la sacaba con la cabellera húmeda de vaho de saliva. Una pasión extraña inflamó a Cézar esposo, quien tenía por costumbre apañarse la parte del león, y los ramalazos de placer de Elena se expandieron por el circo dormido.
En la función del
domingo, tan pronto Elena incrustó su cabeza en la boca de Cézar, éste hundió
sus colmillos en el marfil de su cuello. Dice la enciclopedia que el león sólo
ataca cuando está herido, y es de suponer que sangraba el ego feroz. El certero
balazo de Cézar en el corazón de su hijo adoptivo no evitó la tragedia, sino que
vino a engrosar con otra muerte el historial de peligro de los triángulos
amorosos. Es falso que el león se haya suicidado, como reza piadosamente el
despacho.
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