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EDITORIAL
Cambiante
La educación es la esencia del
ser de cada uno, es la presencia del yo en presente, en
interacción comunitaria de trabajo, lenguaje y poder, ese poder
forjar la condición del bienestar en el horario que demandan las
labores cotidianas en los espacio-tiempo en el que habitan los
cuerpos y las mentes. Un estar en paz consigo mismo y con la
naturaleza y su entorno, los lugares, las localidades en las que
fluye la cultura humana en el ciclo de vida y muerte en el
cambiante ámbito climático.
La educación consiste en que el yo entienda y comprenda que
pertenece como individuo sentí-pensante a la especie binaria
humana, que a su vez pertenece al planeta tierra en el que es
fecunda la vida, y que en razón a la vida, su causa y los
efectos, el principio fundamental de la educación es el mandato
superior: el mandamiento de amar al prójimo como se ama a uno
mismo en comunión, en común unión, con respeto por la diferencia
y los distintos.
La educación es sentir la mente en sincronía con la función
vital de los órganos del cuerpo carnal en los espacios-tiempos.
El cuerpo-mente en movimiento, porque el tiempo cronológico no
se detiene. Porque tampoco se detiene el tiempo climático y
ambiental. La educación es saber que se es uno con el universo y
sentirse sano, respirando el aire de la atmosfera que inhala y
exhala el árbol de los pulmones oxigenando a los holobiontes
humanos con todos sus microorganismos asociados.
La sabiduría que, es el objeto de la educación, indica que la
humanidad viró, que giró hacia la restauración que garantice la
inocuidad de las cadenas productivas humanas desarrolladas desde
el periodo neolítico hasta el presente, con la finalidad de
modular el viaje en el tiempo de los espacios de la naturaleza
al interior de los ambientes construidos por el ser humano. Así
se garantiza la diversidad biológica de culturas, plantas y
animales en los biomas y ecosistemas sometidos al impacto de la
variable climática en el corto plazo.
Se ha de estar alerta, enfocado en la prevención del riesgo que
sucede a cada instante y advertir los riegos de los desastres
naturales y las calamidades humanas, para lo cual se necesita
que mediante la educación se piensen, se creen, ingenien y se
desarrollen productos físicos y mentales que garanticen la
supervivencia, el “vivir súper”, de las personas y por ende, la
supervivencia de la especie, porque la sabiduría es saber hacer
las cosas, haciéndolas exactas y perfectas, adaptables a la
función sustentable y sostenible en la biogeografía de los
territorios.
La educación enseña a las personas para que actúen en la
planeación participativa de su entorno natural, doméstico y
cultural, porque el yo es un ser social y su realidad es
comunitaria. Esa realidad es comunión, común unión humana de
amor. El salto revolucionario de la educación está en el yo, el
yo es el cambio, en el que la educación enseña el arte de estar
adaptado para el cambio, porque si el mundo natural cambia, la
humanidad cambia, y así como la naturaleza cambia, pues el ser
impulsivo del yo también cambia y se adapta.
El cambio es la constante y un actuar permanente para mudar la
piel, las ideas, los hábitats, las personas, las cosas, los
animales, las plantas y los trajes con el paso del tiempo. La
educación no es costosa pero sí que cuesta tener sabiduría para
saber hacer las cosas.
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Sin el mercado
negro Colombia estaría en la miseria

Por: Zahur
Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com
Los economistas viven en una realidad que solo
existe en cifras que se mueven en la bolsa de valores y en los
datos que suministran las agencias gubernamentales. La realidad
es que hay otra economía que se mueve paralela y que no juega en
la ruleta rusa económica.
Los gobiernos mueven su economía bajo la potestad
de los políticos de turno que manejan los países. Hoy por hoy no
hay nada tangible que realmente respalde los valores de las
monedas, simplemente es una cotización basada en la demanda y en
el flujo de negociaciones que se mueven en el mercado bursátil y
en el mercado doméstico.
Bajo esta primicia se mueve un caudal de dinero por las líneas
de Internet donde no hay nada físico o tangible a la hora de las
transacciones. Solo hay un respaldo de buena fe en los grandes
bancos y en quien los maneja, hasta que se descubre la no
existencia de respaldo económico y es cuando colapsa el banco o
la institución y los dueños de las cuentas quedan sin nada y sin
poder reclamar un centavo.
Ya esta experiencia la hemos visto muchas veces,
cuando la burbuja explota y todos se quedan sin nada.
Hace algunos años unos bancos de EE.UU. Comenzaron a cobrar por
el retiro de dinero de las ATH y la gente se molestó por este
abuso bancario y en cosa de horas cerraron las cuentas bancarias
más de medio millón de personas y esto comenzó a generar un
desencaje bancario porque seguía aumentando el retiro de dinero
y el banco comenzaba a no tener liquidez para responder la
demanda del retiro de tanto dinero.
Esta es una de las formas que el dinero real aparece y no a
través de traslado por Internet.
Todo esto es en el mundo real del dinero. Uno va al banco y
retira hasta cierto monto sin problemas, después de diez mil
dólares ya hay preguntas e inclusive para viajar con esa
cantidad.
Pero en el mundo subterráneo es otra cosa. El dinero no se mueve
como en la bolsa, pero está ahí para apoyar con su silencio tres
trillones de dólares que circulan bajo el respaldo de esos
dineros.
El caso de Colombia es particular, el dinero subterráneo es el
que mantiene a flote toda la economía porque el dinero que el
erario recibe se gasta en burocracia y en todas las operaciones
que hace el gobierno.
La gente del común mueve la economía nacional con el dinero que
ingresa por el envío que ellos hacen a sus familiares para que
paguen un sinnúmero de gastos y que no se reportan a la DIAN.
Sin ese dinero y el dinero subterráneo Colombia no tendría con
qué sostener la burocracia que el establecimiento mantiene.
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Me gustaría ahondar en este asunto y mostrar cómo
una economía paralela hace que el país viva en mejores
condiciones que lo que el gobierno ofrece.
QUÉ
LEE GARDEAZÁBAL

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Perfume de Cadmia
Memorias del profesor Fabio Martínez
Editó Pigmalión
Audio:
https://youtu.be/SCeThMg860w
Quien oiga dictar una cátedra al profesor caleño
Fabio Martínez no se imagina que detrás de esa cordialidad
generosa conque envuelve sus palabras en tono disminuido, hay un
acumulado de vivencias, desde sobrecogedoras hasta
insignificantes.
Sobre todas ellas y añorando el olor de los
árboles de cadmia que perfumaban las calles del Cali de su
infancia, el profesor Martínez ha escrito su autobiografía, que
aunque modestamente llame Memorias son un repaso del trasegar
que él ha tenido.
Por eso lo ve uno criándose en una casa con 7 tías bailarinas y
sin hermanos. O actuando como músico ambulante en el Metro de
París cuando se fue de limosna a Europa a obtener finalmente uno
de los tantos grados académicos que ostenta.
Pero como todo ese recorrido es el de un profesor común y
corriente, así haya publicado casi una docena de libros y
dictado conferencias en muchos países, la prosa conque tan
suavemente va uniendo los distintos cuadros de su vida. arma un
collage más en blanco y negro que en el color que deben haber
tenido esos momentos.
Por eso se lee con tanta facilidad aunque puede llevar a
extremos injustos en su calificación puesto que no hay una sola
página en donde el aplaudido profesor de Univalle o el
columnista de El Tiempo use la envidia o la venganza al repasar
lo vivido.
No importa que en otras se cree Ulises y hasta caiga en el
recato de pasar superficialmente y sin detallarlas, sus
vivencias con las varias mujeres que le ayudaron a hacer su
camino, a veces tortuoso.
En cambio, recuerda siempre con cariño a los gatos que han
dormido a su lado y no se vuelve héroe por haber militado en el
trotskismo o haber aguantado el frío canandiense mientras
obtenía el doctorado.
Leerlo entonces es encontrarse con el generoso maestro y amigo
que resbala en las trampas de la lujuriosa vida del mundillo
literario pero no toma rencores ni mucho menos desquites.
Un libro que refleja a su autor y a su tiempo pero construye con
su vida no una catedral gótica, sino una iglesita tan cariñosa
como la de la colina de San Antonio, a donde llevan todas las
calles de ese primigenio barrio caleño en que lo criaron las
Martínez mientras le enseñaban a bailar, a ser músico y sobre
todo a resistir.
El Porce, enero 19 del 2025
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