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COLUMNISTA |
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EL FANGO FLORIDO
Por: Jotamario Arbeláez
La primera novela
que devoré con delectación fue Flor de fango, de Vargas Vila,
escritor colombiano en el autoexilio que posara de genio con la
razonable jactancia de que vivía como un rey de lo que escribía,
en Roma, Barcelona y París —tanto es así que García Márquez,
cuando apañó su lluvia de oro, declaró que era el Vargas Vila de
su generación—. Tal ostentación de talento, más su panfletismo
inclemente amén de las gotas de amargo morbo que deslizaba en
sus tramas, me captaron para la literatura cuando hube que
escoger alguna actividad que no exigiera mayor esfuerzo (eso
creía yo por entonces), de modo que me decidí por imitarlo en
alguna de sus facetas, y me fui por la peor, que fue
considerarme el verraco de Guacas, en vez de hacer primero las
gracias para merecerlo.
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se encuentran en cierto peligro, porque exigen educación y
reflexión considerables.” Para ver de logrármelas, los demás genios de mi equipo
me podaron de cuchufletas, revistieron de compostura, me hicieron zambullirme
hasta tocar fondo en Joyce, Proust y Kafka, en Miller, Durrell y Nabokov, con lo
que quedé repulido para embarcarme con etiqueta propia entre la fauna del arca
de Noé de los literatos, que me desembarcó en los muelles de la torre de Babel
donde estaban los extranjeros, con quienes me entendí a punta de señas. De
suerte que pude no llegar a ser un gran escritor pero me vendí como tal,
siguiendo los pasos embotados de Charles Bukowski, a quien me le pegué para no
perder la desfachatez expresiva, y aun así me compraron, y aunque no he escrito
todavía mi obra suprema, ya me adelantaron las regalías que no tuve empacho en
comerme en cucas. Que en este caso no fueron propiamente las caleñas galletas
negras, pero sí objetos de recreo de lo lindo. No olvidé nunca sin embargo el fango de donde salía. Ni la arcilla de la que como mortal provenía, allende la historia de manos del alfarero. Ni las embarradas que cometía socialmente por carecer de esas maneras que cuando logré aprenderlas no tuve como aplicarlas. Es un decir, porque ahora manejo tres tenedores y tres cuchillos.
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En la infancia del
río Cali me hundía hasta las rodillas en busca de feos y lamosos
corronchos que comía con los dedos.
“En el fango del mundo se ve / cada huella como un corazón / corazones pequeños de niños pequeños / corazones grandes de botas quizás / Son las huellas del hombre que busca su tierra / y el niño que busca el amor de mamá”.
Foto: Salvador Arbeláez
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