Bogotá, Colombia -Edición: 928

 Fecha: Viernes 20-03-2026

 

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COLUMNISTA

 

 

 

¿ES LA NATURALEZA LO MÁS CERCANO A LA PERFECCIÓN?

 

 

POR: IVAN ROBERTO PULIDO G
INGENIERO AGRONOMO – U. TOLIMA

 

Hay ideas que no se dicen en voz alta, no porque sean falsas, sino porque incomodan., durante siglos hemos aprendido a separar la ciencia por un lado, la fe por otro y la política en terreno distinto, cada una con su lenguaje, certezas y límites.

 

Pero hay una pregunta sencilla casi ingenua, que atraviesa todas las fronteras, ¿habrá algo más perfecto que la naturaleza?, no como afirmación contra nadie, no como desafío a la fe ni a la ciencia, sino, simplemente una inquietud de alguien que observa y analiza.

 

La naturaleza no discute, no impone, no necesita convencernos, simplemente… funciona, el aire encuentra su equilibrio sin ser visto, el agua circula sin descanso, los ciclos se repiten con tal precisión que ningún sistema humano ha logrado replicar. Y en medio de ese orden silencioso, ocurre algo extraordinario, a través de la fotosíntesis, el dióxido de carbono invisible, disperso, casi olvidado, se convierte en vida.

Un árbol no “toma” del suelo lo que es, se construye, en gran medida, a partir del aire, así, sin ruido, sin error, sin desperdicio, la naturaleza realiza su obra más profunda, transforma lo invisible en existencia.


Tal vez por eso, afirmar que la naturaleza es perfecta puede incomodar, no porque sea una idea radical, sino porque nos invita a hacernos preguntas esenciales, ¿qué entendemos por perfección?,¿dónde la estamos buscando?, ¿por qué no la reconocemos donde siempre ha estado?, no es la idea reemplazar creencias, ni contradecir lo que otros consideran verdad,
 

 

 

se trata, quizás, de algo más sencillo y más profundo, ampliar la mirada.

 

De permitirnos ver que, en ese orden silencioso que sostiene la vida, hay una coherencia que no exige ser defendida, sino comprendida y tal vez, en ese acto humilde de observar, comience también una nueva forma de entender nuestro lugar en el mundo.

 

Para algunos, la perfección es obra de un creador, para otros, el resultado de leyes naturales, pero la posibilidad más integradora, es que la perfección no esté fuera de la naturaleza…, sino manifestándose a través de ella.

 

Mientras se discuten teorías sobre el origen de la vida desde el Big Bang hasta explicaciones más complejas como la abiogénesis hemos descuidado algo mucho más urgente, el claro proceso que hoy la sostiene, el carbono del aire se convierte en biomasa, la biomasa en alimento y el alimento en vida.

 

No obstante, como sociedad, pareciera caminamos en sentido contrario a aquello que nos sostiene, allí donde la naturaleza teje equilibrio, nosotros interrumpimos, donde ella regenera, nosotros agotamos; donde ella construye en silencio, nosotros fragmentamos con torpeza. No es un juicio, es una constatación suave pero persistente, hemos aprendido a transformar el mundo, pero aún estamos aprendiendo a comprenderlo, y es en ese punto donde la reflexión deja de ser únicamente filosófica y adquiere un sentido más profundo, casi, inevitablemente político, si la naturaleza tiene la capacidad de transformar el aire en vida, entonces la pregunta ya no es de origen, sino de propósito, ¿por qué nuestros sistemas no están diseñados para acompañar ese mismo proceso?

 

Tal vez la respuesta no radica en un error, sino en una desconexión profunda, durante demasiado tiempo hemos separado aquello que, en esencia, nunca debió dividirse, la economía de la biología y la producción de los ciclos que sostienen la vida. Y, sin embargo, a pesar de esa distancia que hemos creado, la naturaleza continúa
 

 

 

ofreciéndonos su guía silenciosa, esperando, paciente, a ser comprendida.

 

Un sistema agroforestal bien concebido no impone, escucha, No irrumpe, armoniza. Se instala en el territorio como quien comprende un lenguaje antiguo, y en lugar de alterar su ritmo, aprende a respirar con él.

Allí, el carbono deja de ser ausencia y se vuelve tejido; el suelo, herido por el tiempo, comienza a reconstruirse en silencio; el agua retoma su cauce interior, y la vida en sus múltiples formas, vuelve a entrelazarse, paciente y generosa, con el bienestar humano.

No se trata de una postura ideológica, es, quizás, una forma de escuchar cómo funciona el mundo cuando se le permite ser, tal vez, entonces, el desarrollo no deba medirse por lo que extraemos, sino por lo que somos capaces de regenerar, tal vez la riqueza no consista en acumular, sino en sostener aquello que hace posible la vida.

Y tal vez el verdadero liderazgo de una sociedad, no radique únicamente en su capacidad de crecer, sino en su capacidad de armonizar, no es necesario entrar en debates que separan, no es necesario contradecir para comprender, pero sí es necesario hoy más que nunca, atreverse a mirar con otros ojos.

Si la naturaleza ha sido capaz de sostener la vida con una precisión silenciosa, con un equilibrio que perdura, con una coherencia que no necesita ser explicada… ¿no sería sensato aprender de ella antes que intentar corregirla?


No afirmo tener respuestas definitivas, ni pretendo redefinir aquello en lo que otros creen, solo propongo reflexión de que la naturaleza no es únicamente un recurso, ni un escenario, ni un telón de fondo, sino, tal vez, la expresión más clara de orden, de coherencia… y de aquello que algunos reconocen como perfección.

Transformar el aire en vida, ahí, en ese gesto silencioso y constante, podría estar la clave de un nuevo entendimiento del desarrollo, y si eso es así, entonces el mayor desafío de nuestro tiempo no es dominar la naturaleza, sino estar a la altura para comprenderla.

 

 

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