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                                                                                                                                 Bogotá, Colombia -   Edición: 01 - Fecha: Viernes  03-04-2020

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OSAMA BIN LADEN PODRIA “VOLVER” CONVERTIDO EN CIENTOS DE BOMBAS

 

 

 

justificación, “rienda suelta” al afán de lucro de Estados Unidos y sus aliados? Al Osama “histórico”, una de las tantas “herramientas recurrentes”, personaje “hecho” por la dinámica misma del imperialismo, sólo le restaba la fama por “adjudicación implícita” y más tarde, debido a su actitud de recoger el guante, admitir el hecho, aceptando el honor de convertirse en símbolo contra la opresión “yankee”.


Pasaron diez años de diatribas, amenazas mutuas. Bin Laden declaró blanco de ataques a la suma de lo norteamericano; el imperio, con éxito relativo, buscó, en su constante afán de tergiversar, falsificar, confundir a la opinión pública, de mezclarlo en el universo de conspiradores contra el falso arquetipo de libertad pregonado de norte a sur hasta el cansancio.


Ni los chacales más feroces de Estados Unidos, pudieron dar con otro paradero que no fuera un rumor más. En una clara demostración hipotética de que el dinero todo lo puede, vence cualquier tipo de resistencia ética, moral; de lo fútil de no someterse a las imposiciones de los “amos”, la noticia de la muerte de Osama, tras tirotearse con marines en una mansión de Pakistán, cruzó el planeta de punta a punta. No hubo fotografías, ni filmaciones del eventual cadáver, tal como llegan a la memoria las de Ernesto “Che” Guevara en La Higuera, Bolivia, repasadas en cientos de ediciones posteriores. Lo único, la presunta instantánea del rostro, la cual no pasa de parecer la magnífica orquestación digital de algún experto usuario del célebre programa “photoshop”. De tratarse de una noticia falsa, de haber sido muerto, pero sin pruebas que así demuestren, el alcance de la figura de Bin Laden como caudillo militar antisistema, podría dispararse hasta alcanzar matices de leyenda, de mito impulsor de numerosos tipos de resistencia global. Las películas, desde aquellas donde se lo muestra en plenitud, hasta las más recientes, las cuales lo muestran disminuido por distintas enfermedades o el rigor de la lucha, exaltan esta postura.


Consolidado el “orden nuevo”, predeterminado el “estado rector” del planeta y con la designación de “enemigos oficiales”, como esboza el liberalismo más genuino en todos los órdenes, lo demás es “dejar hacer, dejar pasar”. Las autoridades, la población civil de Estados Unidos, estallaron en macabro júbilo con la noticia de la “baja” del “máximo terrorista” de todos los tiempos. Los familiares de las víctimas, al igual que las de los antiguos campos de exterminio nazi, fueron utilizados con matemática precisión en su lógico pesar. El resultado de una sociedad construida sobre la cultura de una fraudulenta superioridad, la agresión, el saqueo, el consumismo, la degradación, el revanchismo, los antivalores clásicos devenidos de la flexibilización ética, postrera al impacto de las distintas crisis económicas; la mentalidad colonial instaurada por gobiernos de países satélites como México, Perú, Chile y Colombia, sobre sus pueblos, que subestima las potencialidades propias, situándolos en un podio inmerecido, se puso de manifiesto en las calles. El jolgorio inhumano de salir a festejar la tragedia de lo que, al fin y al cabo, es el acto de matar un hombre a balazos, deja claro el estándar de patético, del daño verdaderamente diabólico gestado al interior de las conciencias por el liderazgo de Estados Unidos. Potencias aliadas y naciones dependientes, como la Colombia de Juan Manuel Santos, a tono con la imitación gutural de las políticas estadounidenses, no podía permanecer al margen de este festejo decadente, sucio y no exento de reproches. Para comprobarlo, faltó la existencia de la foto de un cuerpo deformado por la metralla, pálido, de aspecto repugnante, para ser proyectada las veinticuatro horas del día, en los dos canales oficiales...


Por supuesto, es inevitable, de esperarse, la contra reacción. De ser verídica la muerte de Osama Bin Laden, los resultados de la lucha antiterrorista podrían ser similares a los de tratar de detener las tormentas de arena, como las de la tierra natal del jefe fundamentalista. La sombra del talibán podría volver multiplicada en cientos de bombas por todas partes. Quizás, los nuevos conatos de resistencia, no provengan de un nuevo caudillo del mundo árabe, sino de organizaciones u hombres de mayor simpleza, inculcados en la máxima de que el poder del dinero, de las armas, es el único camino viable para lograr la inmediatez de cambios drásticos. Aunque cada cual debe responder por sus hechos, los habitantes del mundo deberían poner cuidado en los principios éticos de quienes se erigen en sus líderes. Los resultados están presentes para quien desee verlos. Es cuestión de voluntad de cambio. Nada, ni nadie, por más poder de fuego que tenga, tiene la capacidad de matar tan rápido a tantas personas para impedirlo.

  
 

 

Por Carlos Alberto Ricchetti


Pocos minutos después de anunciada la noticia de la caída de Osama Bin Laden, los alrededores de la Casa Blanca fueron llenándose de gente, que, portando banderas, festejaron a viva voz el suceso. La jornada, semejaba una parodia en miniatura del anuncio de la culminación de la Segunda Mundial. Costaba creer que el simple hecho de que un ser humano deje de existir, por mal conocido que fuese, ameritaba tamaña algarabía. Para colmo, la delgada línea entre los métodos talibanes y los del gobierno norteamericano, se confunden en un mar de sensaciones ambiguas, donde las bombas en el Word Trade Center, aparecen junto a la de los torturados de Guantánamo, mientras cada soldado muerto en Afganistán e Irak, no es suficiente para justificar ni uno sólo de los hechos denigrantes, sufridos por los prisioneros en la cárcel de Abu Ghraib a manos de esas “víctimas de la lucha por la libertad”. Sería oportuno añadir el asunto del bloqueo a Cuba, pero ese tema demandaría detalles más exclusivos, aunque no tantos, al extremo de no tener demasiado claro cuál es el auténtico terrorista...

Nada peor que la muerte del número uno de Al Qaeda. Su presunta eliminación, podría condicionar un efecto contrario al de extinguir el llamado “terrorismo”. Es factible que la voz solitaria, austera, clamando maldiciones en el desierto, como una suerte de Juan el Bautista multimillonario y fanático, se multiplique con la velocidad de las tormentas de arena del lugar donde llegó al mundo. Los miles de ojos seguidores del carismático líder de Al Qaeda, con el índice apuntando un “Kalashnikov” de fantasía al cielo azul, no se darán por vencidos. Borrar un símbolo insurgente, no implica apagar el paulatino ascenso del inconformismo hacia el sistema, o los modelos económicos en vigencia. El credo religioso talibán, poseedor de una interpretación propia de las enseñanzas del profeta Mahoma, no da margen para dicha clase de subestimaciones.


Bien en el estilo norteamericano, Barack Obama pareció materializarse desde la izquierda, camino al atril presidencial situado a la derecha. No parecía el siniestro presentador de la película “Frankenstein”, de Tod Browning. Sí, imitar la vedette de la novela “La Peste”, de Albert Camus, dando un show entre y para las ratas, luego de una cruenta epidemia. Con sereno sesgo, Obama auguró que tarde o temprano, a los enemigos de su país se los halla y elimina. La estadounidensidad conforme; el crédito, los réditos políticos en alza; las felicitaciones del sanguinario e impune George W. Bush (h), quien algún tiempo atrás tartamudeaba, o prefería darse media vuelta antes de hacer referencia al primer presidente de ancestros africanos. Todos felices en el “Gran País del Norte”, amasado, como bien lo describen las formas básicas de su bandera, con barras de sangre que atraviesan, cual filosos surcos, el blanco color de la paz, bajo las estrellas de un dolor indescriptible, al flirtear con la noche más oscura.


De poco serviría reivindicar la obra, la persona de Osama. No por simpatías, ni para realizar bromas morbosas, relacionadas con las víctimas de los atentados del once de septiembre de dos mil uno, las cuales atraerían animadversiones en el escenario de una “democrática opresión”, donde pretenden imponerse a la humanidad criterios de acuerdo al interés de los poderosos, además de generar falsa conciencia sobre quienes son amigos o enemigos mortales.

 

Aunque durante la invasión de la Unión Soviética a Afganistán, los mujahidines manifestaron estar dispuestos a morir, antes de dejar que “hombres

 

 

 

sin Dios” se adueñen de su tierra, para Osama, la cuestión podría haber pasado más por impedir la irrupción de formas opuestas a una economía derivada de una férrea separación de castas.


Bin Laden, en todo caso, era un “viejo amigo de la casa”. Co protagonista del colapso soviético, el entonces joven saudí, de origen burgués, ya era el portador de una educación privilegiada. Se graduó como arquitecto, administrador de empresas y experto en religiones, faceta que determinaría su vida para siempre, al igual que si estuviera escrita de antemano, tal cual versa El Sagrado Corán. De allí, que se entienda su vertical lineamiento contra el comunismo estalinista, ni hayan podido hallársele nunca pruebas de simpatía hacia el denominado “socialismo del Siglo XXI”, como lo demostraron Muammar Al Kadhafi y Mahmud Ahmadineyad. Lo incompatible de Osama con posturas anticapitalistas, excede las presuntas teorías de asociar su nombre al de los jefes de estado latinoamericanos, opuestos al neoliberalismo económico, de la manera que pretende hacerlo ver Estados Unidos.


Parco al hablar, conciso en sus señalamientos, austero, dueño de costumbres típicas de los nómades beduinos, los escenarios montañosos fueron la constante de apariciones súbitas. Con las manos enquistadas en un gesto oratorio, amable, a veces dejando entrever los asomos de una sonrisa mística, supo o lo convirtieron en factor intimidante, además de saber seducir a sus acólitos, muy a pesar de imponer cierto punto de vista religioso, que, a los parámetros de occidente, halla en el retraso medieval a todos los niveles, el ejercicio de la pureza necesaria para llegar al Altísimo.


Si Bin Laden traducía en hechos su filosofía ortodoxa, debe entenderse que, aunque sabía leer, escribir, no lo hacía fuera de los contenidos de una particular interpretación de la fe musulmana. Ello lo declaraba enemigo de tocar, ejecutar toda clase de música, hasta del hecho de avalar el rígido trato de la mayoría de los países musulmanes hacia la mujer. Del mismo modo que Estados Unidos o las principales potencias quieren imponer el “american way of life” a la humanidad, él pretendía hacer lo mismo a nivel ideológico, pero a la inversa, hechos que de por sí implican una cirugía cultural inaplicable e inadmisible.


Fuertes rumores señalaron presuntos negocios entre la familia de Osama y Bush. Pero un día como cualquier otro, los norteamericanos reaccionaron ante la invasión de Kuwait, el cual estaba suministrándole petróleo debajo de los precios internacionales. Sadam Hussein, por más que haya aducido –y con razón- que Kuwait forma parte integral de la soberanía iraquí, independientemente de sus crímenes comprobados, de haber sido el “hombre del imperio” contra el Ayatollah Jomeini, había perdido el “favor” oficial. Igual, aunque a otro nivel, ocurrió con Bin Laden. Fiel a profundas convicciones –de otra manera no se explica su renuncia a las conveniencias, al interés pecuniario evidente tras los últimos veinte años de sed por el petróleo- fue obligado a exiliarse al estar en contra de la utilización de su patria, como cabecera de invasión.


Dicen que la red terrorista Al Qaeda consistió en un suspicaz invento de la Central de Inteligencia Americana (CIA). Lo cierto es que no importaba demasiado mientras Bin Laden “se encontraba del lado correcto”. De idéntica forma en la que no se puede convivir con fieras sin ser mordido, llegó el momento donde el árbol, plantado por los “campeones de la libertad”, dio una fruta inesperada. Llegó el baldazo de agua fría con el ataque a las torres gemelas. ¿Autoatentado de Bush,   de   las   multinacionales,   para   dar

 

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