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OSAMA BIN LADEN PODRIA “VOLVER” CONVERTIDO EN CIENTOS DE BOMBAS
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justificación, “rienda suelta” al afán de lucro de Estados Unidos y
sus aliados? Al Osama “histórico”, una de las tantas “herramientas
recurrentes”, personaje “hecho” por la dinámica misma del
imperialismo, sólo le restaba la fama por “adjudicación implícita” y
más tarde, debido a su actitud de recoger el guante, admitir el
hecho, aceptando el honor de convertirse en símbolo contra la
opresión “yankee”.
Pasaron diez años de diatribas, amenazas mutuas. Bin Laden declaró
blanco de ataques a la suma de lo norteamericano; el imperio, con
éxito relativo, buscó, en su constante afán de tergiversar,
falsificar, confundir a la opinión pública, de mezclarlo en el
universo de conspiradores contra el falso arquetipo de libertad
pregonado de norte a sur hasta el cansancio.
Ni los chacales más feroces de Estados Unidos, pudieron dar con otro
paradero que no fuera un rumor más. En una clara demostración
hipotética de que el dinero todo lo puede, vence cualquier tipo de
resistencia ética, moral; de lo fútil de no someterse a las
imposiciones de los “amos”, la noticia de la muerte de Osama, tras
tirotearse con marines en una mansión de Pakistán, cruzó el planeta
de punta a punta. No hubo fotografías, ni filmaciones del eventual
cadáver, tal como llegan a la memoria las de Ernesto “Che” Guevara
en La Higuera, Bolivia, repasadas en cientos de ediciones
posteriores. Lo único, la presunta instantánea del rostro, la cual
no pasa de parecer la magnífica orquestación digital de algún
experto usuario del célebre programa “photoshop”. De tratarse de una
noticia falsa, de haber sido muerto, pero sin pruebas que así
demuestren, el alcance de la figura de Bin Laden como caudillo
militar antisistema, podría dispararse hasta alcanzar matices de
leyenda, de mito impulsor de numerosos tipos de resistencia global.
Las películas, desde aquellas donde se lo muestra en plenitud, hasta
las más recientes, las cuales lo muestran disminuido por distintas
enfermedades o el rigor de la lucha, exaltan esta postura.
Consolidado el “orden nuevo”, predeterminado el “estado rector” del
planeta y con la designación de “enemigos oficiales”, como esboza el
liberalismo más genuino en todos los órdenes, lo demás es “dejar
hacer, dejar pasar”. Las autoridades, la población civil de Estados
Unidos, estallaron en macabro júbilo con la noticia de la “baja” del
“máximo terrorista” de todos los tiempos. Los familiares de las
víctimas, al igual que las de los antiguos campos de exterminio
nazi, fueron utilizados con matemática precisión en su lógico pesar.
El resultado de una sociedad construida sobre la cultura de una
fraudulenta superioridad, la agresión, el saqueo, el consumismo, la
degradación, el revanchismo, los antivalores clásicos devenidos de
la flexibilización ética, postrera al impacto de las distintas
crisis económicas; la mentalidad colonial instaurada por gobiernos
de países satélites como México, Perú, Chile y Colombia, sobre sus
pueblos, que subestima las potencialidades propias, situándolos en
un podio inmerecido, se puso de manifiesto en las calles. El
jolgorio inhumano de salir a festejar la tragedia de lo que, al fin
y al cabo, es el acto de matar un hombre a balazos, deja claro el
estándar de patético, del daño verdaderamente diabólico gestado al
interior de las conciencias por el liderazgo de Estados Unidos.
Potencias aliadas y naciones dependientes, como la Colombia de Juan
Manuel Santos, a tono con la imitación gutural de las políticas
estadounidenses, no podía permanecer al margen de este festejo
decadente, sucio y no exento de reproches. Para comprobarlo, faltó
la existencia de la foto de un cuerpo deformado por la metralla,
pálido, de aspecto repugnante, para ser proyectada las veinticuatro
horas del día, en los dos canales oficiales...
Por supuesto, es inevitable, de esperarse, la contra reacción. De
ser verídica la muerte de Osama Bin Laden, los resultados de la
lucha antiterrorista podrían ser similares a los de tratar de
detener las tormentas de arena, como las de la tierra natal del jefe
fundamentalista. La sombra del talibán podría volver multiplicada en
cientos de bombas por todas partes. Quizás, los nuevos conatos de
resistencia, no provengan de un nuevo caudillo del mundo árabe, sino
de organizaciones u hombres de mayor simpleza, inculcados en la
máxima de que el poder del dinero, de las armas, es el único camino
viable para lograr la inmediatez de cambios drásticos. Aunque cada
cual debe responder por sus hechos, los habitantes del mundo
deberían poner cuidado en los principios éticos de quienes se erigen
en sus líderes. Los resultados están presentes para quien desee
verlos. Es cuestión de voluntad de cambio. Nada, ni nadie, por más
poder de fuego que tenga, tiene la capacidad de matar tan rápido a
tantas personas para impedirlo.
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Por
Carlos Alberto Ricchetti
Pocos minutos después de anunciada la noticia de la caída de Osama
Bin Laden, los alrededores de la Casa Blanca fueron llenándose de
gente, que, portando banderas, festejaron a viva voz el suceso. La
jornada, semejaba una parodia en miniatura del anuncio de la
culminación de la Segunda Mundial. Costaba creer que el simple hecho
de que un ser humano deje de existir, por mal conocido que fuese,
ameritaba tamaña algarabía. Para colmo, la delgada línea entre los
métodos talibanes y los del gobierno norteamericano, se confunden en
un mar de sensaciones ambiguas, donde las bombas en el Word Trade
Center, aparecen junto a la de los torturados de Guantánamo,
mientras cada soldado muerto en Afganistán e Irak, no es suficiente
para justificar ni uno sólo de los hechos denigrantes, sufridos por
los prisioneros en la cárcel de Abu Ghraib a manos de esas “víctimas
de la lucha por la libertad”. Sería oportuno añadir el asunto del
bloqueo a Cuba, pero ese tema demandaría detalles más exclusivos,
aunque no tantos, al extremo de no tener demasiado claro cuál es el
auténtico terrorista...
Nada peor que la muerte del número uno de Al Qaeda. Su presunta
eliminación, podría condicionar un efecto contrario al de extinguir
el llamado “terrorismo”. Es factible que la voz solitaria, austera,
clamando maldiciones en el desierto, como una suerte de Juan el
Bautista multimillonario y fanático, se multiplique con la velocidad
de las tormentas de arena del lugar donde llegó al mundo. Los miles
de ojos seguidores del carismático líder de Al Qaeda, con el índice
apuntando un “Kalashnikov” de fantasía al cielo azul, no se darán
por vencidos. Borrar un símbolo insurgente, no implica apagar el
paulatino ascenso del inconformismo hacia el sistema, o los modelos
económicos en vigencia. El credo religioso talibán, poseedor de una
interpretación propia de las enseñanzas del profeta Mahoma, no da
margen para dicha clase de subestimaciones.
Bien en el estilo norteamericano, Barack Obama pareció
materializarse desde la izquierda, camino al atril presidencial
situado a la derecha. No parecía el siniestro presentador de la
película “Frankenstein”, de Tod Browning. Sí, imitar la vedette de
la novela “La Peste”, de Albert Camus, dando un show entre y para
las ratas, luego de una cruenta epidemia. Con sereno sesgo, Obama
auguró que tarde o temprano, a los enemigos de su país se los halla
y elimina. La estadounidensidad conforme; el crédito, los réditos
políticos en alza; las felicitaciones del sanguinario e impune
George W. Bush (h), quien algún tiempo atrás tartamudeaba, o
prefería darse media vuelta antes de hacer referencia al primer
presidente de ancestros africanos. Todos felices en el “Gran País
del Norte”, amasado, como bien lo describen las formas básicas de su
bandera, con barras de sangre que atraviesan, cual filosos surcos,
el blanco color de la paz, bajo las estrellas de un dolor
indescriptible, al flirtear con la noche más oscura.
De
poco serviría reivindicar la obra, la persona de Osama. No por
simpatías, ni para realizar bromas morbosas, relacionadas con las
víctimas de los atentados del once de septiembre de dos mil uno, las
cuales atraerían animadversiones en el escenario de una “democrática
opresión”, donde pretenden imponerse a la humanidad criterios de
acuerdo al interés de los poderosos, además de generar falsa
conciencia sobre quienes son amigos o enemigos mortales.
Aunque
durante la invasión de la Unión Soviética a Afganistán, los
mujahidines manifestaron estar dispuestos a morir, antes de dejar
que “hombres
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sin Dios”
se adueñen de su tierra, para Osama, la cuestión podría haber pasado
más por impedir la irrupción de formas opuestas a una economía
derivada de una férrea separación de castas.
Bin Laden, en todo caso, era un “viejo amigo de la casa”. Co
protagonista del colapso soviético, el entonces joven saudí, de
origen burgués, ya era el portador de una educación privilegiada. Se
graduó como arquitecto, administrador de empresas y experto en
religiones, faceta que determinaría su vida para siempre, al igual
que si estuviera escrita de antemano, tal cual versa El Sagrado
Corán. De allí, que se entienda su vertical lineamiento contra el
comunismo estalinista, ni hayan podido hallársele nunca pruebas de
simpatía hacia el denominado “socialismo del Siglo XXI”, como lo
demostraron Muammar Al Kadhafi y Mahmud Ahmadineyad. Lo incompatible
de Osama con posturas anticapitalistas, excede las presuntas teorías
de asociar su nombre al de los jefes de estado latinoamericanos,
opuestos al neoliberalismo económico, de la manera que pretende
hacerlo ver Estados Unidos.
Parco al hablar, conciso en sus señalamientos, austero, dueño de
costumbres típicas de los nómades beduinos, los escenarios
montañosos fueron la constante de apariciones súbitas. Con las manos
enquistadas en un gesto oratorio, amable, a veces dejando entrever
los asomos de una sonrisa mística, supo o lo convirtieron en factor
intimidante, además de saber seducir a sus acólitos, muy a pesar de
imponer cierto punto de vista religioso, que, a los parámetros de
occidente, halla en el retraso medieval a todos los niveles, el
ejercicio de la pureza necesaria para llegar al Altísimo.
Si
Bin Laden traducía en hechos su filosofía ortodoxa, debe entenderse
que, aunque sabía leer, escribir, no lo hacía fuera de los
contenidos de una particular interpretación de la fe musulmana. Ello
lo declaraba enemigo de tocar, ejecutar toda clase de música, hasta
del hecho de avalar el rígido trato de la mayoría de los países
musulmanes hacia la mujer. Del mismo modo que Estados Unidos o las
principales potencias quieren imponer el “american way of life” a la
humanidad, él pretendía hacer lo mismo a nivel ideológico, pero a la
inversa, hechos que de por sí implican una cirugía cultural
inaplicable e inadmisible.
Fuertes rumores señalaron presuntos negocios entre la familia de
Osama y Bush. Pero un día como cualquier otro, los norteamericanos
reaccionaron ante la invasión de Kuwait, el cual estaba
suministrándole petróleo debajo de los precios internacionales.
Sadam Hussein, por más que haya aducido –y con razón- que Kuwait
forma parte integral de la soberanía iraquí, independientemente de
sus crímenes comprobados, de haber sido el “hombre del imperio”
contra el Ayatollah Jomeini, había perdido el “favor” oficial.
Igual, aunque a otro nivel, ocurrió con Bin Laden. Fiel a profundas
convicciones –de otra manera no se explica su renuncia a las
conveniencias, al interés pecuniario evidente tras los últimos
veinte años de sed por el petróleo- fue obligado a exiliarse al
estar en contra de la utilización de su patria, como cabecera de
invasión.
Dicen que la red terrorista Al Qaeda consistió en un suspicaz
invento de la Central de Inteligencia Americana (CIA). Lo cierto es
que no importaba demasiado mientras Bin Laden “se encontraba del
lado correcto”. De idéntica forma en la que no se puede convivir con
fieras sin ser mordido, llegó el momento donde el árbol, plantado
por los “campeones de la libertad”, dio una fruta inesperada. Llegó
el baldazo de agua fría con el ataque a las torres gemelas. ¿Autoatentado
de Bush, de las multinacionales,
para dar
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