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Profeta sin
profecía

Foto Daniel Mordzinski
Por
Jotamario Arbeláez
Comencé a dudar de la
existencia de Dios cuando el cura párroco de la iglesia de mi barrio
intentó imponerme las manos a son de sacarme el diablo del cuerpo y
en su lugar meterme quién sabe qué,
y cuando le repliqué que qué iría a pensar el Señor de
la corruptela de su ministro
él se dignó responderme que en estas situaciones era
como si Dios no estuviera.
Me llené de tal ira santa, más que por su manosear por
su blasfemar, que le propiné una patada en el culo y salí corriendo.
Ya cuando iba por la calle me gritó desde su balcón una
excusa que después un amigo me dijo que le había dado también el
cura de su pueblo, no sé con qué resultado: “Conmigo no es pecado”,
lo que me indicó que a lo mejor era parte del
vocabulario del seminario.
Me siguió sonando el asunto, en vista de que el prelado
continuó con los mismos hábitos, como si nada hubiera pasado.
A medida que fui creciendo en entendimiento y en
estatura me fui internando en el hábito de la lectura,
sobre todo de las obras que figuraban en el -afortunado
para mí el encontrarlo- Index Librorum Prohibitorum,
emitido por la sacrosanta iglesia de Roma a partir del
Concilio de Trento bajo Pio IV en 1564,
y que sólo vino a suspenderse como consecuencia del
Concilio Vaticano II, bajo el ojo avizor de Pablo VI, en 1966, poco
antes de su visita a Colombia.
Esa lista de condenados fue mi tabla de salvación
literaria, aunque tampoco me caía mal la patrística, pues pasé por
La Ciudad de Dios cuando salí del Paraíso Perdido.
Pero gracias al famoso Index me atiborré con Bocaccio,
Erasmo, Voltaire, Sterne, Rabelais, Pedro Abelardo, Defoe, Sartre,
Sade, André Gide, quienes me fueron acentuando la rabiecita
filosófica y literaria y acerando los colmillos para el mordisco.
Qué risa, a Nietzsche, Marx y Schopenhauer no los
incluyeron por suponer que las mismas náuseas del lector piadoso
impedirían su lectura.
Así que mi primera biblioteca se conformó como un Index Librorum
Amatorum.
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Y cuando me dijeron que la Biblia había sido puesta en
el Index por el Concilio de Toulusse la busqué para devorarla,
sin reparar en que ese concilio se había celebrado en 1229, más de
300 años antes de la proclamación del tal Índice.
Pero a algunos mentirosos hay que creerles.
Me cupo en suerte que mi padrino Picuenigua, esposo de
la tía Adelfa, tuviera en su biblioteca de la sala, al lado de la
colección de Selecciones y de Viento Seco de Daniel Caicedo, novela
de la violencia que nos azotaba,
una Biblia empastada en verde que era la de Casiodoro
de Reina revisada por Cipriano de Valera,
que se consideraba protestante, pues le faltaban algunos libros de
la Vulgata que fueron considerados apócrifos.
Entre ellos Macabeos, Tobías, Judith, Esdras y Baruc,
cuya lectura hube de agenciarme con una prostituta beata.
Y luego tuve la fortuna de recibir de Jaime Jaramillo
Escobar su edición de los verdaderos Evangelios Apócrifos,
que han sido, con los escritos del divino Marqués de Sade, mi
lectura de cabecera por 60 años.
Me emboque sobre todo por los profetas, pues sabía que
de allí nacía la poesía, empezando por Isaías.
Y salté a la poesía sublimada del libro de Job, de los
Salmos, los Proverbios y los Cantares. E hice un alto en Jonás, a
quien el Señor lo puso a profetizar en balde lo que le dictó la
ballena del Espíritu Santo.
Y tiré a la cara y sello si me elegía poeta o profeta y
la moneda cayó parada.
Cuando ya empezaba a barbar me hice amigo de un poeta
que se hacía llamar El Profeta y que me reclutó para su causa por
perder que sería la mía a perpetuidad.
Creó un grupo con carácter de secta donde todos nos
sentíamos “elegidos”.
Profetas pero sin ninguna divinidad que nos respaldara,
falsos profetas con documentos para comprobarlo,
profetas que no decían sus profecías por miedo de que
no se les cumplieran,
profetas de las inclemencias del clima, profetas de
medio tiempo,
profetas que no sabían ni dónde estaban parados aunque
se la pasaban más bien sentados.
Profetas que no videntes, pitonisos, arúspices ni
adivinos.
Los únicos que sabíamos no sólo lo que había pasado y
lo que iba a pasar sino lo que estaba pasando y que había que
corregir.
Y comenzamos con nuestra prédica a través de
manifiestos pestíferos, amenazando con que vendría la destrucción de
los valores que sostenían el mundo civilizado.
No nos hicieron ningún caso pues siempre nos
consideraron unos petardistas muy ingeniosos, mamagallistas, más
bien payasos.
Nos invitaban después de sus carcajadas a un trago o a
un pase de cocaína.
Y hasta allí llegaba nuestro compromiso incumplido con
el Espíritu Santo.
A propósito, traía mis profecías acerca del presente
inmediato pero se me ha acabado el espacio.
Lo haré lo más pronto que pueda, esperando que para entonces
quede quién me lea.
La montaña mágica,
Abril 7-20
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