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Columnista |
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LUIS
CABALLERO Y ANTONIO PÉREZ
Por Jotamario Arbeláez
Pero a lo que se me ha invitado es a presentar una exposición y a despedir otra, en la despampanante Galería Pérez Rojas, y sólo por la referencia de este segundo apellido me llegó a la memoria el general despojado. Hace unos días tuve la fortuna de ingresar a este templo del arte, y parte del templo de Jesucristo en quien ahora confío más que en ningún político, a contemplar, con la devoción que implican las galerías más devotas de la belleza del mundo, una monumental muestra de 79 obras de Luis Caballero, cultor de la belleza del masculino género joven, a la manera de los genios
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renacentistas. Fogosas imágenes con sugestivas y eróticas distorsiones donde se eleva el deseo a lo sacro, en a la vez impía y piadosa colección de la también artista imbatible Beatriz González, tan amiga del alma del pintor de la mano diestra maestra que le escribió desde París un rimero de cartas que acaban de ser publicadas en preciosa edición por la Universidad Tadeo Lozano con el título Pobre de mí, no soy sino un triste pintor. Y en realidad esos mensajes son el canto de la quejumbre desde el corazón de uno de los más grandes artistas del pincel de la historia reciente y de la pasada, y comprueba que para el ser dotado de genio es muchas veces más inspiradora
la pena que la ventura. Hoy está muerto, y con lo que vale su obra, si ello tuviera un precio terrestre, se pagaría sobradamente una suscripción de felicidad en la eternidad
Me fue una sorpresa, un encanto y un privilegio el relacionarme con Domingo Pérez, hermano de Mario y Aura, hijos dilectos del maestro Antonio Pérez, quienes ahora están al comando de esta nave planetaria de la pintura. Y me invita Domingo a que exprese algunas palabras acerca de las obras por descolgar y recién colgadas, de dos artistas para mí amados. Tuve la gracia de conocer en París a Luis, elaborador de cuerpos titánicos con sus trazos y su destreza, esos que él pretendía que fueran “especies de íconos religiosos, cargados de vida y de misterio”, y a través de su obra y de la melancolía de las cartas que le escribe a Beatriz González, se me convirtió en un ser de leyenda y veneración.
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Ya
instalado en esta mi tierra por la poesía prometida tuve también la fortuna de
conocer por esta calle al maestro Antonio Pérez, quien me decía al saludarme:
Poeta, cuando feche sus escritos o hable de este lugar, no diga simplemente
Villa ni diga Leyva, diga siempre Villa de Leyva. Por eso lo venero. Se me
ocurrió decirle que debajo de cada escrito rumbo al periódico o a la imprenta
ahora escribo MaraVilla de Leyva, La montaña mágica, que así se llama mi casa, y
la fecha. Me lo aprobó palmeándome el omoplato. Y ahora estoy en su casa,
contemplando su obra que es su presencia. Porque el artista no se va cuando ha
dejado recreado el mundo en el que ha vivido. En ese sentido, el maestro Pérez
con sus obras, donde deja hoja por hoja y ladrillo por ladrillo con una
precisión que deslumbra plasmado nuestro paisaje -y digo nuestro porque en él
estoy ahora aposentado con mi esposa y con mis dos perros-, es un refundador o
recreador de la que debió soñar su inicial fundador don Hernán Suárez de
Villalobos, quien el 15 de junio de 1572 bautizó la villa como Santa María de
Leyva, por orden del Presidente de la Real Audiencia Andrés Venero de Leyva,
quien en ella viniera a regodearse.
Suspendo mi perorata y los dejo en la contemplación de la obra del maestro Pérez, donde cobran vida las piedras coloniales y los caserones ruinosos y melancólicos, y donde resplandece la vejez de las cosas bajo el sol esplendente, que traza su pincel prodigioso cargado de la nostalgia de lo que fue.
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