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El cielo es el límite
Jotamario Arbeláez
Foto Claudia Jaramillo por Salvador Arbeláez

“El cielo es el límite, y no el tejado”. Foto Salvador
Arbeláez
Hasta el borde de los 30 años –y después de haber paladeado
hasta el pozo de las delicias y hasta el foso de los tormentos
ese primer amor que nunca termina porque reencarna en los
romances que vienen–,
me mantuve dándole
patadas al mundo porque tal era la consigna. El mundo había
quedado mal hecho y había que acabárselo de tirar. Para eso
estaban los ladrillos y la palabra, que mejor usados en lugar de
construir destruyen. Y a morir juntos.
Pero cuando
ya se abría el abismo bajo los rotos de mis zapatos recibí el
llamado de ciertas potencias espirituales que me ofrecieron
llevarme de la mano hacia la plenitud en todos los órdenes –de
esto hace ya 50 años–,
con la condición de
que cumpliera ciertas misiones con el verdadero Cristo como
bandera, el Cristo pobre de la teología de la liberación pero a
la vez el Jesucristo Superstar de los acuarianos.
Lo cual no casaba
con nuestro ateísmo de cafetería, el mío y el de mi cofradía de
poetas que nos presentábamos como los profetas del fin.
No estaba para ponerle peros a lo real maravilloso, o al
realismo mágico, o a la realidad encantada, o a la salutación de
los
ángeles. Mi malograda
conciencia era un
saco vacío dispuesto a
ser llenado
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con lo
que fuera, y mejor con lo irracional o lo incoherente.
Si estaba siendo un escogido, así
no viajara a caballo como el de Tarso, mal podría escabullirme por segunda vez,
como lo hice en aquella encarnación anterior cuando fui Jonás.
Si posaba de profeta sin
credenciales, ¿por qué habría de negarme a recibir la licencia? Además si se me
prometía como compensación hacer realidad mis deseos.
Con cierta discreción, modestia y
desinterés, pues no mencioné el dinero constante y altisonante, pedí el poder de
conquistar muchas mujeres, tener muchos libros, conocer muchos países, ingerir
muchas copas y ganar muchos premios.
Mis amigos cercanos se extrañaban
–y sospecho que se burlaban–porque se me estaba corriendo la teja con desvaríos
angélicos y místicos y deístas.
¿Estaría metiendo cannabis Golden?
¿Yagé del Putumayo sin taita? ¿Hongos de La Miel pasados de silocibina o ácido
lisérgico pasado de lisergina?
Pero me veían asistir impecable de
ropa y comportamiento a los empleos publicitarios que se me fueron abriendo.
El principal requerimiento de esta
actividad, que no conocía, era el don creativo verbal, que me venía de la
infancia cuando al no disponer de juguetes me engolosinaba jugando con las
palabras.
Y muy bien, cumplía con los
eslóganes que se me presentaban en sueños, asistía a la agencia donde escribía
mis columnas, dejaba el saco sobre el espaldar de mi silla
y me iba a los supermercados a ver el
comportamiento de las amas de casa ante los productos, y de paso a las
librerías, a los bares y a los cinemas,
con la tolerancia lírica de don Álvaro
Arango el señor gerente de Sancho que me becó de por vida. Beso su mano.
Con lo que ganaba compraba libros y más libros que
leía en la oficina para inspirarme: “Con sólo un Kilométrico de
Papermate Cervantes hubiera escrito todo el Quijote, y sin una sola
mancha”.
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Y me fueron
lloviendo premios de literatura. Y de adehala invitaciones a cercanos y lejanos
países. En cada uno de los cuales leí a sus autores, bebí de sus licores y me
abracé con la guía. Sin olvidar el cumplimiento de mis misiones espirituales
secretas. Dios sea loado.
Como publicitaba a los escarabajos
de Varta que hacían triunfar en el deporte a Colombia, mi gerente me propició
que sacara la cara por el país con la poesía, andaregueando el mundo por largos
meses.
Y me cayeron amores
providenciales, de los que nombro uno, la Maga, de la mano de María de las
Estrellas, su niña de 3 años que se fue convirtiendo en una poetisa genial hasta
que tuvo un accidente que se la llevó a los 13, hace 39,
y el próximo año el brillante
traductor Boris Monneau lanzará sus obras completas en París, su libro de poemas
El Mago en la Mesa y su novela ganadora en el Congreso Mundial de
Brujería de 1975.
Así las cosas, un día llegó a las
puertas de mi departamento creativo Claudia Jaramillo, de 26, con un mensaje
sugestivo escrito en una gigantesca hoja de álamo y La Casa del Ladrón
Desnudo, el libro ganador de María debajo del brazo,
vestida con una túnica negra hasta
los tobillos rosados, una cabellera cobriza hasta el punto sacro y una sonrisa
tímida que hacia juego con el rojo de sus cachetes,
con el embeleco de realizar una entrevista
para la emisora de la Universidad Javeriana, que no hemos podido terminar por el
tira y afloje del cuestionario.
Me salió a pedir de boca la
torcacita. Han pasado 32 años. Nuestra hija Salomé está a punto de dar a luz.
Levantamos casa en las afueras de Villa de Leyva. Yo tengo 80. Ella hoy está
cumpliendo 58.
Gracias les doy a mis maestros San
Nicolás y San Agustín por la bienaventuranza. Y espero haberles cumplido en lo
encomendado. El verdadero Cristo dirá.
La montaña mágica. Marzo 18-2020
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