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COLUMNISTA |
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Contratiempo
Un hombre grande, en todos los sentidos de la palabra, escritor, ensayista, crítico, poeta, académico, con 74 años sobre la torva tierra, se ha despedido. Cesando las quejumbres corporales que le agobiaban.
Era de esos seres que representaban a Bogotá frente los aedos provincianos recién llegados, con ese aire de suficiencia socarrona y galante, en su puesto de director de los siete pisos de la librería Buchholz, serrallo bibliofílico donde acudían intelectuales y poetas a proveerse de novedades y antigüedades, algunos de ellos sin disponer de pecunia.
Nunca me robé un libro, debo confesarlo sin moralismos, lo que debió ser percibido por el perspicaz librero. En vista de mi inopia evidente Cobo me llamó y sin que el cajero se diera cuenta me regaló uno de los libros más bellos que conservo y es El pobre de Asís, de Kazantzakis. Con cuya lectura paradójicamente superé mis penurias.
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Y cuando llegaba con la bolsa llena a decirle que me vendiera el mejor libro que hubiera leído por esos días, me respondía: “Yo ya ni leo”. Escribió sesudos ensayos sobre el movimiento nadaísta en los que nos exaltaba y luego nos condenaba, como tal vez merecíamos.
Pero el momento grandioso y por el que lo sigo adorando fue en el año 80 cuando me concedió, con los otros prestigiosos jurados Mario Rivero y Darío Jaramillo Agudelo, el Premio Nacional de Poesía de la editorial Oveja Negra y la revista Golpe de Dados.
En los últimos tiempos nos la pasamos
polemizando, azuzados por los programas televisivos de Margarita
Vidal, porque a él no le había gustado que ganara el “premio
chavista de poesía” de la Fundación Rómulo Gallegos. Le contesté
que sí era un premio “chavista”, pero no por Chávez, sino por
los “chavos” que comportaba. Le hice reír.
Y aquí tenemos a su excelso gerente suplicándole a Juan Gustavo Cobo Borda que lo guíe para saber qué puede él hacer “antes de entrar en prensa en nuestros talleres la novela titulada “Que viva la
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música” ya que su contenido desafía, según el señor Canal, todos los valores de nuestra sociedad y es “una apología de las costumbres y vicios que actualmente tratan de erradicarse por todos los medios”.
La Santa Inquisición vivita y coleando en el año de 1977. Juan Gustavo Cobo Borda leyó la carta y haciendo caso omiso de su estupidez publicó la novela del escritor Andrés Caicedo. “The rest is history”, como se dice por estos lares. Gracias a Juan Gustavo, María del Carmen Huerta sigue bailando entre páginas y más páginas y en muchísimos idiomas. Gracias a Juan Gustavo la música no murió en las garras censoras. El siemprecensurado Andrés Caicedo pudo ver publicado su “librito”.
Así lo llamaba él en nuestras conversaciones
telefónicas: “Esta vez sí va a salir publicado mi librito,
Rosarito. Juan Gustavo está empeñado en publicarlo. Juan Gustavo
de verdad cree en mí”. De verdad verdad Juan Gustavo creyó, y
esa creencia le dio al escritor el deseo de continuar
escribiendo, de continuar editando su “librito”, de continuar
por un tiempo más. Juan Gustavo Cobo Borda: estés donde estés,
estás con los miles de libros que leíste y editaste y
escribiste. Estás por lo tanto con la hermosa Libertad. Te
abrazo siempre. Cada vez que mis manos tocan el papel impreso.
Cada vez que leo. Cada vez. Rosario Caicedo”.
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