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Poesía Nadaísta

Por: Jotamario Arbeláez
Jotamario Arbeláez es el seudónimo del poeta colombiano José
Mario Arbeláez Ramos (Cali, 1940), integrante del nadaísmo cuyo
fundador fue el poeta Gonzalo Arango. Su poesía y su prosa se
caracterizan por el humor negro, el erotismo, el desenfado, la
irreverencia social y antimoralista con un lenguaje directo,
voluntariamente prosaico y contundente.
El desmesurado sonrie
Todos los perros que conozco me han mordido en
lugares por donde nunca he pasado
Uno solo de los ángeles del cielo me ha molido
más los riñones que toda la policía de
la tierra
Carezco de los mínimos papeles de identidad que permiten que la
sangre corra como debe
y me da pena del amigo que delante de su novia me regala
la camisa
Pero cuando por la mañana tocan a la ventana de mi décimo piso
es el pájaro de vidrio que reposa en el huevo de mi
cabeza el chambelán que libera la
falleba para que el sector cúbico de
mi vida en habitación se transforme en
la cuadrafónica sensación de un picado oleaje de alas
alas privadas del timonel del hueso
pero dignas de abanicar mi ventilador apagado
Se me dice que tendré que hacer el amor a gatas
a tontas y a ciegas
Por cada yoni que me cuenta Zoroastro
el diccionario de la otra vida me va tachando cada página |
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Antepasados
Mis antepasados entraron a sangre y fuego en América conquistando
y arrasando
Mis antepasados se defendieron con los dientes de esta invasión de bárbaros
Mis antepasados buscaban el oro para cuadrar las arcas de sus monarcas y saciar
sus
propias sedes
Mis antepasados ocultaron el oro de sus ritos al sol bajo tierra y bajo las
aguas
Mis antepasados nos robaron la tierra
Mis antepasados no pudieron recuperarla
Cómo siento en el alma no haber estado en el cuerpo de mis antepasados
¿De parte de cuál de mis antepasados me pondré contra cuáles?
Poema de Invierno
Llovió toda mi infancia.
Las mujeres altas de la familia
aleteaban entre los alambres
descolgando la ropa. Y achicando
hacia el patio el agua que oleaba a los cuartos.
Aparábamos las goteras del techo
colocando platones y bacinillas
que vaciábamos al sifón cuando desbordaban.
Andábamos descalzos remangados los pantalones, los zapatos de todos amparados en
la repisa.
Madre volaba con un plástico hacia la sala
para cubrir la enciclopedia.
Atravesaba los tejados la luz de los rayos.
A la sombra del palo de agua
colocaba mi abuela un cabo de vela
y sus rezos no dejaban que se apagara.
Se iba la luz toda la noche.
Tuve la dicha de un impermeable de hule
que me cosió mi padre
para poder ir a la escuela
sin mojar los cuadernos.
Acababa zapatos con sólo ponérmelos.
Un día salió el sol.
Ya mi padre había muerto.
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Manos
Me gusta más la izquierda,
la del reloj, la de la argolla de oro.
La otra mano es más blanca
y más directa. Como que está más cerca de sus actos.
Me he fijado en las líneas de la suerte
y en cada una el trazo es diferente.
Por lo poco que sé de quiromancia
adivino que es frágil, enfermiza,
con un tic de maldad.
En lo que toca
deja huellas de polen. O de polvo
para ser menos líricos.
Para ser más concisos, periodísticos.
Describiré sus manos dedo a dedo
pero en otra ocasión.
Saloon
Al primer whisky doble y astillando la copa contra los espejos
murmuró el Señor Gato
Buenos días viejo mundo hoy le serrucharán la cabeza
no doy un puño de maní por su vida
Y los que escuchaban detrás de los mostradores asentían moviendo la torre
Y el asesino hizo su aparición bamboleando las puertas del bar y gritando
Espero Señor Gato que ya habrá rezado sus oraciones
Puede usted disparar al aire de mis pulmones que de todas maneras estoy
dispuesto a expirar esta noche
El hombre que servía los licores no pudo reprimir una lágrima
El asesino del Señor Gato no tenía entraña en su sitio |
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