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Madre de La Siempreviva

Por: Jotamario Arbeláez
Cuando estéis terminando de olvidar la pesadilla
del Palacio de Justicia, acordadme de recordárosla.

No me refiero solamente a las acciones militares de los autores
de las dos tomas, que terminó en la muerte por achicharramiento
de 95 seres humanos contando 34 conspiradores, sino a la
conversión en fantasmas de 12 sobrevivientes de la cafetería.
De ninguno de ellos se encontró resto alguno que permitiera
identificarlo. Quiero apoyarme en Miguel Torres, director del
Teatro El Local, quien ha puesto La siempreviva sobre las tablas
de su patio.
La tragedia de una familia en una casa de inquilinato, a pocas
cuadras de lo que fuera el más desprotegido búnker del mundo.
Con base en averiguaciones adelantadas por su grupo escénico y
testimonios de los deudos del personal de esfumados de la
cafetería, se sirvió Miguelito de las licencias que el arte
teatral permite, para remontarnos a la historia de esos
patéticos 6 y 7 de noviembre de hace diez años.
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Viven en el inquilinato pignorado al compraventero del cuarto de
atrás, la madre con su hijo aprendiz de calavera y una hija estudiante en
vísperas de graduarse a la que asedia un profesor leguleyo, y en un cuarto
interior un mesero de cocteles con aires machistas y aspiranzas de mimo,
enmozado con una suculenta morocha.
Sus encuentros se suceden en el patio, donde arranca la vida llena de menudos
conflictos de la gente con mínimas esperanzas. Hasta que se sucede la broma
macabra de la niña que consigue un puesto temporal en la cafetería; el día que
debe cobrar se opera la toma. Queda claro que la sacaron del Palacio a la Casa
del Florero, porque un soldado diligente llama a la casa, donde su madre e
inquilinos oyen las noticias espeluznantes transmitidas por Gossaín.
No se trata del caso de Clara Helena Enciso, la célebre triste
desaparecida que apareció.
Tampoco de Irma Franco, identificada por los rehenes rescatados en la Casa del
Florero y colocada tan aparte que terminó refundida. Aunque de ella se toma el
episodio del soldado que llama a su casa.
La pita de la madeja del drama se orienta hacia Cristina del Pilar Guarín
Cortés, de 26 años, licenciada en Historia y Geografía en la Pedagógica.
Con pedazos de tragedia, Torres hizo el rompecabezas.

No se habla, a través de los personajes ni merced a maniobras de dirección, de
derecho de gentes, de estrategias de lesa inhumanidad ni de tierra arrasada; no
se adjudican responsabilidades al Presidente |
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de la República, al Ministro de Defensa ni al comandante
del Ejército; no se condena el demencial arrebato de Almarales, Otero, Jacquin y
los chicos malos; no se lamenta la suerte nefasta de los 12 magistrados de la
Corte; ni se comenta la frase del teniente coronel consignada en el libro Noche
de lobos por Ramón Jimeno de que los empleados de la cafetería eran todos del
M-19 y se nos fueron y optaron por la espesura, que se traduce en aquel grafito
oprobioso de que los desaparecidos están en el monte .
Sólo que la madre enloquece de dolor y de búsqueda como las
madres y esposas de todos los desaparecidos.
Es una madre más de la Plaza de Mayo, que sale en las mañanas con la foto de su
hija, y no termina por desistir en su búsqueda.
No transige en firmar el reclamo de indemnización por 50 millones (“Eso no me
devolverá a mi hija”) que le proponen el leguleyo y su hijo.
Siente a su muchachita caminar por el patio: reanudan su diálogo y le enjuaga la
cabellera sangrante en el lavadero.

Porque no se sabe qué sea lo peor de un desaparecido: si el sentirse que está
vivo cuando está muerto, o el pensarse que está muerto cuando aún está vivo.
Ninguna madre del mundo, a nombre de ningún principio de insurgencia o
contrainsurgencia, se merece un dolor tan grande.
Así es, Miguel Torres, como lo plasma la soberbia interpretación de su elenco.
15 de mayo de 1995
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