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Bogotá, Colombia -Edición: 617 Fecha: Miércoles 20-03-2024 |
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COLUMNISTA |
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Contratiempo
Por: Jotamario Arbeláez
Desde hace ya varios años y sin saber por qué, viviendo en el campo, como si fuera un cadillo se me pegó el tema de la muerte en mis escritos para la prensa. Pero no como síntoma de desaparición inminente, sino como ejercicio lúdico de composición estilística con un tema ajeno a mi pluma. Y de tanto torear a la muerte ésta se me hizo presente por los periódicos mientras yo, en la Clínica Marly roncaba como un bendito reponiéndome de unos trombos. Esta información equívoca generada sin malicia en una reunión de poetas en casa de mi dilecto Fernando Herrera dio la vuelta al mundo y generó multitud de llorosos mensajes de despedida, como horas después de vivas, cuando se pregonó la también noticiosa resurrección.
Pasados quince meses se sigue hablando del asunto. Tanto que el
editor de no ficción de Editorial Planeta, Diego Garzón, me
llama para contratarme la historia del suceso, y con ella,
algunos de mis escritos acerca de la vejez, el deterioro, el
viaje final. El artículo anterior, Adiós a Dios, fue interpretado como un exceso de pesimismo y desasosiego, y eso que era todo un rezo converso hacia el Señor de los cielos y de la tierra implorándole por la vida en trance de mi amigo el poeta Eduardo Escobar, señor del idioma, de mi amada legendaria la Maga
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Atlanta y la mía propia, “por si las moscas”. |
Otros de mis amigos nadaístas están igualmente padeciendo el cuerpo, en estado mucho menos crítico pues deambulan por las calles pateando piedras bajo el solazo, san Pedro y san Pablo Alcántara y Gallinazo, ya que de tanto escandalizar beatas terminamos mereciendo la beatitud, Santones Álvaro Medina, Rafael Vega Jácome, Armando Romero, Patricia Ariza y hasta mi hermano Jan Arb. No sé cómo andará Dukardo Hinestrosa, en Los Ángeles, con sus 91. Para ellos alcance la caricia de la sanadora mano divina.
El cuerpo médico, a partir de los doctores Camilo Pachón y Elena Mora, me trata a cuerpo de rey desacompasado. Las amables, sensibles y comprensivas enfermeras mariposean por el cuarto alrededor de mi cuerpo todavía sólido, midiendo mis signos vitales. Y salen como un coro de ángeles milagrosos con sus impolutos delantales y cofias.
Llevo siete años coqueteándole literal y literariamente a la muerte y he llegado a la conclusión de que la muerte no me hace caso. Sobreviví a la muerte ficticia y ahora a la muerte física. Por algo será. Me acompaña la medalla devocional de Nuestra Señora de las Gracias que me deslizó mi hija Salomé en el bolsillo de la piyama. Y para completar comulgué de manos de un sacerdote que pasó con una hostia sobrante, Que me supo a gloria.
Epílogo: Hace tres días llamé al hospital donde recayó mi llave de la vida. Hola Eduardo, le dije. Y él: Hoy no me publicaron el artículo, no sé por qué. Pues porque apenas es domingo, le dije. Y ayer martes no apareció Contravía. En la que no había fallado por 40 años. Terminando esta frase me avisa su hija Raquel que Eduardito acaba de fallecer. Ese articulo que no alcanzó a escribir fue su artículo mortis.
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