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Bogotá, Colombia -Edición: 619 Fecha: Domingo 24-03-2024 |
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COLUMNISTA |
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Epitafios retumbantes
Por: Jotamario Arbeláez
Toda la verraca vida escribiendo para al final no tener alientos
ni para elaborar un buen epitafio. Similar por lo menos al de
Groucho Marx, que me parece el culmen de la elegancia: “Señora,
perdóneme que no me levante”. Durante mis horas de ocio, que
desde que me alejé de la vagancia suelen ser todas, me dedicó a
escrutar temas que me ayuden a pasar por este valle de lágrimas
de cocodrilo llamado tierra. Entre ellos verbigracias al cielo
los epitafios de gentes famosas, que gracias a su ingenio
lograron sobrevivirse. |
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poetas del grupo que fueran abandonando la ropa.
De casualidad, en el océano de borradores de mi escritorio, en una de mis
carpetas encontré éstos:
Gonzalo Arango: “Para quejarme tendría que estar vivo”. Amílcar
Osorio: “El nadaísta que no nadó”. Elmo Valencia: “Nunca trabajé. Y qué trabajo
me costó morir”. Jaime Jaramillo Escobar. “Se cansó de esperarme la eternidad”.
Humberto Navarro: “Descansen en paz”. Alberto Escobar: “Yo aquí no quepo”.
Alfredo Sánchez: “Sólo quedan mis esquirlas”. Dina Merlini: “Ya vuelvo”. Darío
Lemos: “Lemos Hurtado a la vida un hijo”. Alberto Rodríguez, el nadaísta de
Cartago: “Aquí los espero”. Kat: “Hasta aquí llego Kat, buscando yerba”.
Quienes nos dedicamos al arte y la literatura, así como los científicos, lo hacemos para no morir del todo. Para dejar nuestra huella si no en un museo o en
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una biblioteca por lo menos en Facebook. Siempre recuerdo el cabezazo de Tzara, del que se apropió Andre Breton: “Es inconcebible que un hombre deje huella de su paso por el mundo”. Precisamente por esa frase se les recuerda.
Muchos lectores me escriben que deje de joder con la muerte, de la que vengo hablando reiterativamente en mis poemas y colaboraciones de prensa. Pero resulta que me cansé de pelear con los vivos, con los muy vivos, y de denunciar sus avivatadas. Y ya casi tampoco hablo del sexo, pues me siento con la lengua multada. Y lo que tenía que decir de los viajes y de los familiares ya lo dejé consignado. El tema de la muerte es de nueva data en mis escrituras, y lo he asumido de una manera francamente jocosa. Como para hacer morir de risa a la calavera.
Tres de mis principales compañeros nadaístas de Medellín, Gonzalo Arango, Amílcar Osorio y Darío Lemos murieron de 45 años. Y mis dos de Cali, Elmo Valencia y Jaime Jaramillo Escobar los doblaron hasta 90. Yo voy ya por 82, a todo vapor por no decir que a toda mecha o a todo timbal. Cada día de mi vida lo he paladeado y exprimido el precioso jugo. No puedo negar que me fue bien en el tour.
Como dije al
principio que me siento un poco cansado y poco inspirado para ponerme a cranear
un nuevo epitafio, me tomo la libertad de plagiar la frase de un presidente de
la república para permanecer en el solio: “Aquí estoy y aquí me quedo”. Ojalá
repujado en mármol. Igualmente él había plagiado mi frase aquella de que: “¿Qué
necesidad hay de legalizar la marihuana si la marihuana es “legal?”. Tenía uno
precioso de vieja data, pero me lo tumbó mi mujer: “Amor tajado. Se pulcro”.
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